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Bruce Willis y la sonrisa pícara

Bruce Willis y la sonrisa pícara
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Con algunos actores pasa lo que con las películas de acción: son minusvalorados por no formar parte de una cierta concepción elitista del cine. El elitismo de por sí no es malo (yo mismo puedo ser un gran elitista) salvo cuando ignora a películas o a actores maravillosos que no pretenden ser algo que no sean. Por otra parte, el cine americano es pródigo en intérpretes de gran carisma que jamás necesitaron ser Laurence Olivier. Intérpretes que con una sonrisa, una mirada, la forma en que fumaban o conducían el coche, ya se ganaban la simpatía del espectador. Steve McQueen, Lee Marvin, Burt Lancaster, Jeff Bridges, Russell Crowe...entre algunos otros. Y creo que Bruce Willis pertenece a esa estirpe: es carisma puro, y también es un gran actor, no siempre considerado como tal, pese a que en su carrera existen no menos de cinco trabajos realmente formidables, y a la indudable valentía que ha demostrado en algunos proyectos de dudoso potencial taquillero.

Por supuesto que Willis siempre será John McClane, además de otros papeles excelentes de acción, pero también es un magnífico actor de comedia, tanto en papeles gamberros como más complejos, y ha ido desarrollando, casi desde el principio, una carrera como actor secundario de lujo, en la que ha sabido crecer y ganar en matices, al mismo tiempo que su rostro iba cambiando y endureciéndose. No lo sé con seguridad, pero sería divertido averiguar si en verdad Willis es, y desde luego es muy posible, uno de los actores que más palizas y más golpes ha recibido en la historia del cine. Está ya acostumbrado a que su cuerpo se vea progresivamente dañado en muchas de sus aventuras, pero siempre sabe componer su sonrisa pícara, sin perder el rictus de dolor. Hay muy pocos actores de acción que hagan creíble un deterioro físico. Willis parece disfrutar con ello, como un niño con juguete nuevo, sabiéndose ya uno de los actores más famosos del mundo. Pero a él nadie le ha regalado nada, se lo ha ganado a base de currárselo.

Nació en Idar-Oberstein, Alemania Occidental,ya que su madre era alemana y su padre un soldado del ejército estadounidense. Sin embargo se crió en Nueva Jersey (una vez se divorciaron sus padres), y fue un niño y un adolescente muy inseguro, que llegó a sufrir severos problemas de tartamudez. Es muy interesante tratándose de un muchacho que quería ser actor y que acabaría siendo un hombre de acción. A menudo se ha negado a hablar de aquella dolorosa etapa. Trabajó un tiempo de guardia de seguridad, y comenzó a tocar la armónica en los bares en los que se emborrachaba. Trabajó durante un tiempo casi de cualquier cosa para no morirse de hambre (hasta de investigador privado), hasta que se dio cuenta de que los elogios que recibió por su interpretación en ‘La gata sobre el tejado de Zinc’ en una representación en su universidad no habían sido un azar, y que su verdadera vocación era esa. De tal modo que probó suerte en el off-Broadway, donde triunfó, y después en televisión, medio en el que alcanzaría una enorme fama gracias a su papel de David Addison en ‘Luz de luna’ (‘Moonlighting’, 1985-89), que le abriría las puertas del cine.

Una carrera apasionante aunque con altibajos

Su primer papel importante fue en la floja comedia, aunque con buenos momentos aislados, ‘Cita a ciegas’ (‘Blind Date’, 1987), dirigida por el recientemente fallecido Blake Edwards, en la que compartía protagonismo con la estrella de los ochenta (y ultimamente buena actriz) Kim Basinger. Pero un año después tendría la gran suerte de que le ofrecieran un excelente guión, el de ‘Jungla de cristal’ (‘Die Hard’, 1988), y de que lo dirigiera un cineasta en plenitud, John McTiernan. Había nacido una estrella, como suele decirse, en una interpretación soberbia que poco o nada tiene que ver con el superpoli que encarnara un año antes Mel Gibson. John McClane es creíble haga lo que haga, saltando de un edificio atado a una manguera, o con el cuerpo hecho papilla enfrentándose a mercenarios adiestrados, algo mucho más difícil de lo que parece. Entre esta película, y su inevitable secuela, Willis participó en la interesante ‘Recuerdos de guerra’ (‘In Country’, Norman Jewison, 1989) y poniendo la voz del bebé en la floja comedia ‘Mira quién habla’ (‘Look Who’s Talking’, Amy Heckerling, 1989).

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Por supuesto que ‘La jungla 2: Alerta roja’ (‘Die Hard 2: Die Harder’, Renny Harlin, 1990) no es tan impresionante como la primera, pero se ve más que bien y Willis está excelente una vez más. El papel le va como un guante, y se apropia de él con una naturalidad aplastante. Convertido en una superestrella internacional, sus siguientes elecciones fueron una completa equivocación, un desastre en taquilla y un varapalo tras otro de la crítica. Tanto ‘La hoguera de las vanidades’ (‘The Bonfire of Vanities’, Brian De Palma, 1990), sobre el original de Tom Wolfe, ‘Pensamientos mortales’ (‘Mortal Thoughs’, Alan Rudolph, 1991), en la que compartía pantalla con su mujer Demi Moore, la mediocre ‘El gran halcón’ (‘Hudson Hawk’, Michael Lehman, 1991) y la olvidable ‘Billy Bathgate’ (id, Robert Benton, 1991), en la que su papel secundario era de lo mejor de la película. En el Hollywood de aquellos años, daba igual que poco antes triunfara como John McClane, pues valías lo que vale tu último trabajo, y Bruce Willis lo aprendió a base de errores.

Pero la irregularidad será la norma en su trayectoria, de modo que es mejor hablar de sus aciertos, que no son pocos, y pasar por alto sus equivocaciones, que de alguna forma le permitían una estabilidad muy necesaria para seguir buscando buenos papeles. A la divertida ‘El último Boy Scout’ (‘The Last Boy Scout’, Tony Scott, 1991), con la que recuperó algo de prestigio perdido, le siguió uno de sus mejores papeles, el de marido pringado, feo e impresionable en la gamberra ‘La muerte os sienta tan bien’ (‘Death Becomes Her’, Robert Zemeckis, 1992). Y si ‘El color de la noche’ (‘Color of Night’, Richard Rush, 1994) fue una equivocación, no lo fue su gran trabajo en la tremebunda ‘Pulp Fiction’ (id, Quentin Tarantino, 1994), ni su estupendo secundario de la entrañable ‘Ni un pelo de tonto’ (‘Nobody’s Fool’, Robert Benton, 1994). Pero 1995 sí sería un año estupendo para él, pues tendría dos papeles protagonistas en sendas películas fabulosas: la obra maestra de Terry Gilliam ‘Doce monos’ (‘Twelve Monkeys’) y la brillante ‘Jungla de cristal: la venganza’ (‘Die Hard: With a Vengeance’, John McTiernan), que son, además, dos de sus papeles más complejos, pues en la primera hace poco menos que de tarado sin el menor carisma, y en la segunda casi efectúa una parodia de sí mismo.

No paró de trabajar hasta el final de la década, pero no se puede decir que ninguno de los siguientes trabajos, ni los proyectos, fueran valiosos (la espantosa ‘El quinto elemento’ o la estúpida ‘Armaggedon’...). Su carrera parecía en punto muerto, pero justo cuando terminaba la década le llegó uno de esos papeles caídos del cielo: el del psicólogo infantil Malcolm Crowe para la inolvidable ‘El sexto sentido’ (‘The Sixth Sense’, M. Night Shyamalan, 1999). En esta ocasión cambiaba completamente de registro, para una interpretación sensacional: trágica, misteriosa, dolorosa, sensible, valiente, sin el menor tic de actor en busca de lucimiento personal. Una gozada. Y repetiría con Shyamalan para otro papel muy difícil, el de la hermosa ‘El protegido’ (‘Unbreakable’, 2000), que carece de toda pretensión comercial. Pero en la pasada década su estrella ha descendido incontestablemente, a pesar de breves papeles, realmente buenos, en la ingeniosa ‘El caso Slevin’ (‘Lucky Number Slevin’, Paul McGuigan, 2006) o en la flojita ‘Frank Miller’s Sin City, Ciudad del pecado’ (‘Sin City’, Robert Rodríguez y Frank Miller, 2005). También regresó a McClane en la divertidísima, y algo infravalorada, cuarta parte de la saga.

A sus cincuenta y cinco años, cincuenta y seis en marzo, esperamos que su carrera conozca un nuevo empuje. No para de trabajar, y eso es bueno. Como músico parece que todavía tiene mucho que aprender, pero quizá como actor le llegue una nueva plenitud en su madurez, y pueda optar a proyectos interesantes, y pueda seguir demostrando lo buen actor, y lo grande, que siempre ha sido.

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