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Daniel Day-Lewis, posiblemente el mejor actor vivo

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Hablando recientemente de Ed Harris, algunos lectores sugirieron que siguiéramos con el tema y extendiésemos el interés hacia otros actores secundarios de gran talento, tales como William Hurt o Gary Oldman. Pero de momento tendrán que esperar, porque después de Harris me ha entrado un deseo irresistible de dedicarle unas líneas al que para mí es el mejor intérprete de la actualidad.

Es un intérprete que sólo ha intervenido en cuatro películas en esta década, si incluimos ‘Nine’, de Rob Marshall, que está en fase de postproducción y que se estrenará a finales de año. Tampoco en los noventa hizo muchas, tan solo cinco. Pero eso es lo de menos, como se puede comprender, cuando nos hallamos ante un artista que es una fuerza de la naturaleza, capaz de transformarse por completo para ofrecer un ilimitado abanico de registros y variaciones psicológicas. Si hay que hablar de un actor antes que de ningún otro, creo que es de este.

De entre las muchas alegrías que nos ha dado, yo me quedo con tres. Bueno, en realidad son cuatro, pero una de ellas podría desdoblarse en dos. Me refiero a ese díptico sobrecogedor que forman sus Bill, el carnicero/Daniel Plainview, de la fascinante ‘Gangs of New York’ y la insuperable ‘There Will Be Blood’ (por favor, no me hagan escribir su chapucero título español…), respectivamente. Sendas creaciones complementarias se pueden colocar en paralelo, a pesar de que también tienen muchas diferencias. Pero es un rasgo más de la genialidad de Day-Lewis ser capaz de esculpir dos personajes tan cercanos, sin perder nunca el tono de ninguno de los dos.

Separadas por cinco años de diferencia, ambas interpretaciones son de dos de los villanos más abyectos del cine reciente. En ambas, a Day-Lewis algunos le acusaron de una sobreactuación evidente. Como si las mejores interpretaciones fueran aquellas en las que la contención y la sobriedad se adueñaran del trabajo del actor. Cuando, en realidad, una sobreactuación sólo lo es, y estoy seguro de esto, cuando la interpretación y la puesta en escena remarcan excesivamente una idea o un estado anímico, y no es el caso. En ambos personajes Day-Lewis juega a bailar en el borde del abismo, a punto de despeñarse. Y lo asombroso es que nunca se cae.

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Estos dos psicópatas son el opuesto a los dos tipos a los que dio vida y que forman el resto del ramillete de interpretaciones asombrosas a las que me refería. Son Gerry Conlon y Christy Brown, de dos películas que protagonizó para Jim Sheridan, ‘En el nombre del padre’ y ‘Mi pie izquierdo’. Por la segunda de ellas ganó su primer Oscar, y en ella da una lección de cómo abordar un tema socialmente muy comprometido sin empujar a la lágrima fácil ni la manipulación sentimental, sino a la conmoción más sincera y compasiva del espectador.

Ese tipo de papeles, de disminuido físico o psíquico, son los que tantos Oscar han dado a intérpretes en las últimas décadas, pero el de Day-Lewis es muy superior a todos ellos. Y, de todas formas, yo prefiero siempre a su otro ángel caído, el perdedor Gerry Conlon, otro personaje basado en una historia real al que él dota de una verdad, una belleza y una dignidad indescriptibles. Estoy por pensar que su interpretación como falso terrorista inocente de los delitos por los que se le acusa es la mejor de la década pasada.

Y lo es por la forma, sencillísima y eléctrica, conque se apropia de un personaje mucho más joven de lo que él era en aquella época, y le da vida por tres décadas de historia en el relato. Causa escalofríos observarle como un adolecente desgarbado, melenudo y atolondrado. Y luego como un mártir desengañado y furibundo. Y finalmente como un hijo redimido atosigado por el recuerdo de un padre extraordinario. Y nunca pierde el control del personaje, nunca parece patinar o vacilar. Day-Lewis debió llevarse el Oscar en 1993, y no la facilona interpretación del todopoderoso Tom Hanks en ‘Philadelphia’. Pero ya llevamos varios posts seguidos hablando de esa memez que son los Oscar…

Por supuesto que también tiene otras interpretaciones maravillosas, como su Newland Archer en la hermosa ‘La edad de la inocencia’, un ejemplo de contención de la que tantos críticos parecen no querer salir. Si finalmente se lleva a cabo el rodaje de ‘Silence’, de Martin Scorsese, conformará un tríptico con las antes mencionadas, que seguramente pasará con letras de oro a la leyenda de la cinematografía mundial.

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