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Pesca, trajes de patito de goma y amistad a raudales en ‘Tsuritama’

Pesca, trajes de patito de goma y amistad a raudales en ‘Tsuritama’
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Llevaba tiempo detrás de seguir con las recomendaciones de anime y, a diferencia de los últimos de los que he hablado, hoy quería centrarme en uno no demasiado conocido pero que generó algo de revuelo en la comunidad otaku en su momento. Kenji Nakamura ('Mononoke', 'Trapeze' y 'C') firma esta rareza – en general y también entre su filmografía- de recepción muy polarizada. ‘Tsuritama’ se estrenó en Fuji-TV en la primavera del año pasado y si buscáis comentarios al respecto os costará encontrar medias tintas. Yo, de hecho, me interesé por ella después de leer un artículo que la calificaba de obra maestra del anime actual.

La historia nos lleva a Enoshima, una isla del sur de Tokio donde viven cuatro jóvenes muy diferentes. Bueno, tres. El cuarto es Haru, un efusivo y revoltoso muchachito que aparece en la isla autoproclamándose un alien y emperrado en aprender a pescar. Se empecina también en hacerse amigo de Yuki, un estudiante de secundaria con graves problemas para socializar y comunicarse. Tampoco Natsuki es muy de tener amigos; es irritable y aparenta pasar de todo menos de la pesca, en la que es un maestro premiado. Y, por último, Akira es un indio misterioso con un pato como mascota que siempre les observa desde la distancia.

Buen rollo y personajes con corazón

‘Tsuritama’ es lo que se llama un slice of life; un pedacito de vida, un capítulo en las vidas de sus personajes - en este caso, un capítulo algo marciano. La serie arranca sin una trama principal aparente y se centra en desarrollar a sus personajes y establecer las relaciones entre ellos. Gran parte de los episodios se centran en el aprendizaje de Haru con la pesca, un tramo criticado por sus detractores pero que personalmente encuentro didáctico a la par que esencial en ese planteamiento de las relaciones entre ellos. Yuki y Natsuki son, sobre todo, dos personajes con mucho poso que deja entrever poco a poco con la ayuda de –en ocasiones cargante- Haru.

Es peculiar. Los primeros episodios descolocan por su aparente falta de rumbo, por esa comedia que cae con frecuencia en el humor absurdo y porque cuantos más personajes secundarios aparecen, más confunde. Pero tiene mucha alma y la serie crece a cada episodio. Todos los personajes tienen tanta verdad y todo el empaque da tantísimo buen rollo, que poco a poco te enamoras de sus personajes mientras pasas los episodios con una sonrisa en los labios.

Pasado el ecuador de la serie, que sólo cuenta con 12 episodios, las cosas van tomando forma. No quiero dar demasiadas pistas, pero adelantaré para picaros que hay una vuelta de tuerca cachondísima a la típica trama zombie-postapocalíptica y es cuando la serie establece un objetivo claro para sus protagonistas; un objetivo que en el fondo no deja de ser una excusa para precipitar y forzar la historia de genuina e inspiradora amistad.

Un viaje de vívidos colores

tsuritama

El alma de ‘Tsuritama’ es el 50% de su gran valor. La otra mitad recae en el factor artístico y técnico de la serie, que casi se puede antojar como el sueño surrealista de un niño. El colorido planteamiento de los escenarios de la isla y ese juguetón diseño de los personajes secundarios se combinan con una música pizpireta a juego con el resto de los elementos, dan el empaque final a toda la risueña propuesta. Y no sólo la música es adorable, también el uso del sonido en general.

Podría resumir ‘Tsuritama’ con un solo concepto: ese verano especial en el que conoces a los que serán tus amigos inseparables de aventuras; esos amigos que comprenden por qué eres como eres y están ahí a pesar de todo. Especialmente cuando hay un apocalipsis que pone en peligro vuestras vidas. Si sois de los que os gusta encontrar series que sean un pequeño lugar feliz, añadid ‘Tsuritama’ a vuestra lista de visionados.

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