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'Apocalypto', carne y sangre

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Hablando recientemente de ‘La pasión de Cristo’, tercera y deleznable película de Gibson (después de un estimable debut, ‘El hombre sin rostro’, y de una facilona pero admirable épica, ‘Braveheart’), los lectores dejaron sus ideas acerca de la violencia, una violencia que yo dije que era un sadismo sin objeto. Creo que ‘Apocalypto’ es aún más violenta que aquélla, es decir, es aún más gráfica y más salvaje, pero en esta ocasión va acompañada de una compasión y una comprensión por el dolor ajeno que no se hallaban ni por asomo en la narración de las últimas doce horas de Jesús.

Y lamentando lo que lamento (ya lo saben muchos de los que nos leen) que la oferta anual de películas de aventuras sea tan pobre, por adolecer la mayoría de ellas de escasez abrumadora de ingenio o coraje o dureza, no puedo dejar de admirar una propuesta tan vigorosa, salvajista, enérgica, poderosa, como el cuarto largometraje de este realizador, que me redime con su trabajo, pues es incontestable su talento para la peripecia física más intensa y veraz.

Violencia y energía, por tanto, sin perder jamás el rumbo y muy apegado a un personaje protagonista, el cazador de los bosques llamado Garra de Jaguar, interpretado con gran convicción por Rudy Youngblood, el cual sufrirá un viaje de ida y vuelta inolvidable al corazón de un imperio despiadado del que no conocía la existencia, y menos aún que él era parte del mismo. Gibson y su co-guionista, Farhad Safina, plantean una historia lineal, una historia-río, sencilla y despojada de todo trasfondo moral, con la civilización maya como excusa para una carrera por la vida en la que la carne y la sangre, el sudor, el horror, la fraternidad se darán la mano sin la menor caída de ritmo.

Vivir sin miedo

Hay algo perturbador en el fondo de esta historia, pero también existe otro algo tremendamente purificador y liberador. Tras un comienzo brillante, en el que somos testigos de la caza mayor de un grupo de cazadores expertos, pertenecientes a un poblado de los bosques, Garra de Jaguar se cruza con los miembros supervivientes de otro pueblo arrasado. Su padre, más que alarmarse, procura inculcar en su hijo la ausencia de todo miedo, pues según él: “es una enfermedad que repta hasta devorarte por dentro”. Con este precepto como base, podemos advertir que ante las dos horas de supervivencia atroz que le esperan, ha de enfrentarse, sufrir, y después controlar ese miedo.

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La secuencia en la que los guerreros invasores arrasan el poblado es antológica. Pocas veces se ha visto tanta energía y tanta crueldad en una película, pero en ningún momento Gibson pierde de vista el dolor y la verdad anímica de las víctimas. Es decir, es un retrato certero de la miserable condición humana, no un panfleto sádico como su anterior película. Y ese camino que se marca desde un principio, no lo abandona en toda la película, que es un crescendo hacia la locura y el espanto de la barbarie. Poco importa aquí la supuesta fidelidad (o ausencia de ella): abrimos los ojos, estupefactos, pues somos arrastrados junto al resto de prisioneros a esa orgía sacrificial que nos repele y nos fascina al mismo tiempo.

Gibson logra, además, dibujar algunos personajes con pocos pero certeros trazos. Así, el brutal jefe de los guerreros, interpretado por ese gran actor que es Raoul Trujillo (que tuvo un papel fundamental en ‘El nuevo mundo’, y también apareció en ‘True Blood’ o ‘The Unit’), o cualquiera de su grupo, pero sobre todo el grimoso guerrero interpretado por Rodolfo Palacios, que será la némesis de Garra de Jaguar, se nos pegan a la retina para no olvidarlos jamás. A menudo, leyendo novelas gráficas de aventuras, se echa en falta esta ferocidad en cine, y es una buena noticia que por una vez haga acto de presencia en una pantalla.

Es todo tan convincente que incluso la tan polémica coincidencia del eclipse parece casi predestinada, y la aceptamos como una inevitable prolongación del relato. De hecho, es lo necesario para que el crescendo continúe, y llegue a su clímax en una frenética carrera por la vida sin el menor desfallecimiento de ritmo, con más momentos antológicos como el divertimento en los juegos, el encuentro con la cría del jaguar, el salto de la cascada. Garra de Jaguar se enfrentará a sus miedos y saldrá victorioso. ¿No es esto una representación brutal de la lucha por la libertad del individuo frente a la tiranía de los gobiernos, y de la plenitud espiritual de las pequeñas sociedades frente al fanatismo de los poderosos?

Gibson se reivindica como un poderoso y humilde contador de historias, después de la ampulosidad y la incapacidad de ‘La pasión de Cristo’, con esta sencilla y humanista, aunque salvaje, aventura, espléndidamente fotografiada por Dean Semler, quien aprovecha al máximo los escenarios naturales y el uso de la cámara Génesis Panavisión.

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