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'La pasión de Cristo', la mayor tontería jamás filmada

'La pasión de Cristo', la mayor tontería jamás filmada
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“Judas…traicionas al Hijo del Hombre con un beso”

-Jesucristo

Jesús, como Drácula, como Sherlock Holmes, ha conocido muchos títulos cinematográficos, algunos más afortunados que otros. De vez en cuando, algún cineasta pretende hacer la aproximación definitiva al mito en cuestión, y es en esos casos cuando más podemos echarnos a temblar. Es muy probable que los autocomplacidos que afirman hacer la mejor versión de todos los tiempos, no se den cuenta de que nos ponen a todos en guardia con declaraciones tan grandilocuentes. Acaba de ocurrir con la nueva aventura de ‘Robin Hood’ y ocurrió hace seis años con la tercera película de Mel Gibson.

Volviéndola a ver (pobre de mí) me reafirmo en mi desprecio hacia un filme tan burdo. Recuerdo aquella agradable superproducción de George Stevens, ‘La historia más grande jamás contada’, con Max Von Sydow haciendo de Cristo. La película de Gibson, sin duda, podría subtitularse “La mayor tontería jamás filmada”.

Interpretar a Cristo es un verdadero marrón, pues caer en el ridículo es tremendamente fácil. En realidad creo que la mejor interpretación fue aquella de ‘Ben-Hur’ (un desconocido Claude Heater) en la que no se le veía el rostro. Pero le han dado vida gente tan dispar como Jeffrey Hunter (nunca tan interesante y magnético como en ‘Centauros del desierto’), Ted Neely, Willem Dafoe, Enrique Irazoqui, el propio Von Sydow y, por supuesto, James Caviezel. De todos ellos, quizá sea Caviezel el más fervientemente católico, lo que no es necesariamente algo positivo. Ya había interpretado Caviezel al místico Witt de la sublime ‘La delgada línea roja’, y al mismísimo Edmundo Dantés en la estimable ‘El conde de Montecristo’ de Kevin Reynolds.

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De modo que tenía algo de experiencia en lo tocante a mártires de toda índole. De aspecto, es un Cristo bastante potable, pero como todo en esta película, no es más que cáscara, superficie, una sombra sin alma, una postal, un espejismo. Cuentan que Gibson obligaba a todo el equipo a celebrar una misa antes de cada jornada de rodaje. Y no hay duda de que el primer problema de este filme es que está hecho por fanáticos y, quizá, para fanáticos.

Carnicería sin objeto

La estrategia de Gibson era la de contar las últimas doce horas de la vida de Cristo, de la forma más cruda y realista posible. Gibson, un director particularmente dotado para la aventura, no posee, sin embargo, vuelo artístico suficiente para narrar esas doce horas sin caer, como hace, en uno de los más abyectos ejercicios de sadismo y carnicería que se recuerdan. Era consciente, seguramente, de que esto es lo más interesante que puede ofrecer. Y el fracaso es rotundo. Pocas veces se ha asistido a un ejemplo más claro de incapacidad y oportunismo.

Dirán los puristas, los católicos y los sádicos que, a fin de cuentas, el calvario de Cristo fue tal cual. Y es cierto. Y dirán que Gibson lo ha hecho más realista que nadie, lo cual es, bajo mi punto de vista, falso. Respecto a lo primero, es importante constatar que el catolicismo jamás habría conocido tanto éxito si no hubieran crucificado a Jesús, y esta película no hubiera conocido tanto éxito si no hubieran prometido un espectáculo sangriento hiperrealista. Es decir, el morbo como reclamo publicitario. ¿Qué diferencia hay con ‘Irreversible’, por ejemplo? Yo creo que ninguna.

Me parece correcto mostrar el sufrimiento de Cristo de una manera cruda, pero en un relato sobre Cristo, el horror y el dolor deben ir de la mano de la dignidad, del respeto por el espectador, y de la compasión. Y de eso aquí no hay ni rastro. A Gibson le importa muy poco Jesús, lo que le interesa es indagar en técnicas de maquillaje que muestren un despellejamiento realista. Los breves episodios legendarios de Jesús (la última cena, la salvación de María Magdalena) parecen anuncios publicitarios, de lo falsos y epidérmicos que resultan.

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Básicamente es una grabación pornográfica, donde lo que importan son los momentos de morbo, y todo lo demás es una excusa que lo rodea. Fotografíada espléndidamente por Caleb Deschanel (en Panavisión 2.40:1, con una sensacional paleta de colores), y con brillante música de John Debney (compositor, curiosamente, de ‘Como Dios’ o ‘El fin de los días’), que combina raíces arameas con sonoridades modernas, ‘La pasión de Cristo’ no es más que un tosco cine-espectáculo, sin el menor ritmo, que es la característica fundamental de los grandes cineastas. Es decir, la masacre de Cristo no es más que un batiburrillo de escenas sin musicalidad interna, sin la mínima fluidez en sus tensiones.

Y en cuanto a lo segundo, su realismo, Gibson vuelve a cometer los mismos errores que tantos otros cineastas y pintores cometieron antes que él, pues Cristo no cargó con la cruz entera, “sólo” con el travesaño, y no le clavaron las palmas de las manos, sino las muñecas (y trepanando unidas las tibias de las piernas), que es la única manera de sostener un cuerpo colgado en una cruz. Otras decisiones, como la figura del diablo o la imagen final de la resurrección, desmienten tanto la unidad temporal como ese supuesto realismo histórico. Pero poco importa, porque el astuto Gibson consigue lo que quiere: llamar la atención.

Gibson se redimió, al menos para quien esto suscribe, con la emocionante ‘Apocalypto’, pero sigo sin entender las alabanzas de algunos (y en cabeza, los peces gordos de la Iglesia Católica, siempre dispuestos a ensalzar cualquier espectáculo sangriento, pues para su negocio va muy bien eso de justificar la violencia y el sufrimiento) hacia esta deleznable película, que nada aporta al espectador, más que un calvario insufrible de dos horas de mal cine.

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