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'El nombre de la rosa', los crímenes impunes de la Santa Madre Iglesia

'El nombre de la rosa', los crímenes impunes de la Santa Madre Iglesia
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“Sí, es culpable. Culpable de haber malinterpretado, en su juventud, el mensaje de los evangelios. Y es culpable de haber confundido el amor a la pobreza con la ciega destrucción de la riqueza y la propiedad. Pero, mi señor abad, él es inocente de los crímenes que han bañado en sangre esta abadía, porque el hermano Remigio no sabe leer griego, y todo este misterio gira en torno al robo y posesión de un libro escrito en griego y escondido en alguna parte de la biblioteca”

-Fray Guillermo de Baskerville

Si uno vive en perpetuo enganche a las pantallas, como yo mismo, tiende a colocar películas en lo más alto de su escalafón personal, por detalles o rasgos de esas películas. Puede haber otras que no haya visto, que sean mejores, pero hasta que no las vea no moveré el escalafón. Me explico: siempre coloco a ‘Aliens’ en lo más alto en cuanto a relatos de horror+Sci-fi. Cuando vea una mejor, la sucederá en el escalafón. De momento no ha sucedido. Tampoco ha sucedido que ninguna película que yo haya visto, hasta ahora, supere a ‘El nombre de la rosa’ en cuanto a recreación histórica de la oscura época medieval.

Pero no sólo eso. Pocas películas hay más clásicas que esta. Y digo clásico en el sentido estricto: una obra que no cesa de producir nuevos significados. Es decir, una obra que estará viva durante mucho tiempo. Y por la desgraciada razón de que, por lo visto, la Iglesia Católica, esa secta infame, seguirá viva mucho tiempo, cometiendo crímenes impunes, o crímenes ocultados durante décadas, que para el caso viene a ser lo mismo. ‘El nombre de la rosa’ posee, entre otras muchas virtudes, la sana disposición de no mostrar piedad con los poderes fácticos de la Iglesia Católica y Apostólica, mientras nos narra una apasionante aventura de investigación criminal.

En el ‘making of’ de la edición especial en DVD, Annaud contaba cómo Umberto Eco, autor de la novela homónima, esperaba que aquel año fuera el año de la película, igual que hacía pocos meses había sido el año triunfal de una novela extraordinaria, éxito de ventas en todo el mundo, sobre la que los críticos literarios no habían cesado de vertir lógicos y ferovorosos parabienes. Y lo fue, entre otras porque Annaud, que cinco años antes había filmado la inolvidable ‘En busca del fuego’, se dejó literalmente la piel en éste su cuarto largometraje, y es que por aquel entonces Annaud sólo filmaba hazañas que pudieran demostrar su suicida instinto artístico.

Una ambientación magistral

Con los mínimos elementos, pero sin dejar nada al azar, cuidando al máximo los detalles, Annaud se rodea de espléndidos profesionales que aportan una creación individual de indudable peso en el conjunto. Tanto la soberbia y humilde fotografía del gran operador, ya fallecido, Tonino Delli Colli (habitual de Sergio Leone), como el espectacular, pero comedido, diseño de producción del ahora famoso Dante Ferreti (que lleva dos décadas trabajando para Scorsese), y el inteligentísimo diseño de vestuario de la genial Gabriella Pescucci, sin olvidarnos de la extraña y emocionante música de James Horner.

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Este grupo de eminentes artistas, orquestado con mano de hierro por el director, no tiene el menor reparo en mostrar la más oscura época de la edad media en todo su “esplendor”: sentimos en nuestra piel la mugre y la peste de la extrema pobreza (muchas veces provocada por los diezmos salvajes que la Iglesia pedía (robaba) a sus seguidores (esclavos); y también, sobre todo, la jerarquía de clases entre los monjes más poderosos y los más humildes. Pocas veces, o nunca, hemos presenciado una crítica más feroz, pero sutil, y más culta a los estamentos más básicos de la Iglesia, a su hipocresía, su crueldad, su ceguera.

Y Annaud se mueve por este ambiente como pez en el agua, conociendo cada objeto, cada gesto, cada detalle de la escenografía y de la vida de los monjes. Otorgando importancia a cada escenario por separado (la biblioteca, el scriptorium, el patio, las celdas…), filmando con total humildad, sin buscar lo bonito o lo espectacular, indagando en una vida que se nos antoja completamente real, un verdadero viaje en el tiempo. Y no se escatima tampoco en un reparto genial de rostros feos o directamente simiescos, no sólo el de Ron Perlman (que a fin de cuentas, interpreta con genio a un personaje deforme), sino el de casi todos los monjes, excepto algunos particularmente bellos, de belleza casi efébica.

Y frente a todos ellos un superlativo Sean Connery, de belleza más rotundamente viril, serena incluso, que conoció un renacer con esta película, a la que aporta su inmensa humanidad. Guillermo de Baskerville, monje franciscano (quizá la única orden religiosa que merece la pena que haya existido en la cristiandad), ya era una gran creación sobre el papel, pero Connery alcanza otra gran creación en la imagen. Criminalista e investigador, observador de la naturaleza, hombre de mente analítica y creativa a la vez (el prototipo de detective de Edgar Allan Poe), Baskerville sobre todo nos conmueve por su profunda compasión, por su verdad interior.

La luz de la razón frente a las tinieblas del fanatismo

Como no podía ser de otra manera, encuentro perfectamente actual esta historia, más ahora con la avalancha de escándalos acerca de la vergonzosa actuación de la iglesia, no sólo comentiendo crímenes que parece que nadie va a pagar, sino ocultándolos. No sé de qué se sorprende la gente, siempre ha sido igual con ellos. Y en esta abadía, cuyo nombre Adso guarda en prudente silencio, suceden hechos terribles, cuya investigación por parte de Guillermo apunta a la existencia de un libro secreto, y por parte de la Inquisición (o más bien, de Bernardo Gui, interpretado por F. Murray Abraham) apunta al Maligno.

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Como instrumento de control del gobierno, como tentáculo represor del pueblo, la Iglesia y su apéndice más temible, la Inquisición, son mostrados en toda su inimaginable atrocidad, como nunca antes, y creo que nunca después, en la historia del cine. Ante ellos, Guillermo sólo puede aportar las pruebas. Impagable su frase: “apostaría algo más que mi fe a que esas torres contienen más que aire”. Sin embargo, Guillermo es un hombre profundamente espiritual. Como Thoreau, como Bacon, un hombre moderno y libérrimo. Su vanidad intelectual es la llama que desencadenará la dolorosa verdad, para que el pueblo llano, que son los que importan (porque son los que siempre sufren) se tome la justicia por su mano.

Poema acerca de la necesidad de confrontar fe y sensatez, arrepentimiento y orgullo, humildad y dignidad, relato terrible y consolador, que pinta un mundo desolador y gélido en el que, pese a todo, hay lugar, aunque ínfimo, para el amor fraternal, el placer sexual, la risa liberadora (legendario el combate dialéctico entre Guillermo y el Venerable Jorge en la biblioteca, acerca de la risa…), y, sobre todo, de la necesidad de hacer perdurar la cultura, los libros, el arte, la esperanza en un mundo gobernado por seres sensibles y sabios, y no por fanáticos o ambiciosos.

Obra maestra intemporal, que nos concede la oportunidad de redimirnos, pues nos dota de herramientas intelectuales frente a aquellos que manejan la espiritualidad como un negocio, como una artera institución capaz de todo por el poder.

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