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'El sexto sentido', el cine como catarsis emocional

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El año 1999 fue un año de cine interesante por varias razones, entre las que podemos incluir el regreso de directores míticos como George Lucas o Stanley Kubrick (que firmaría su última obra), la consagración internacional de Pedro Almodóvar, o la aparición de un cineasta cuyas dos películas previas habían pasado sin pena ni gloria, que se ganaba un buen sueldo como guionista (‘Stuart Little’) y que con su tercer largometraje iba a sacudir los cines de medio mundo, contra todo pronóstico, creando un fenómeno sociológico como hacía tiempo que nadie había visto. Y algo más: un mito del cine, del cual Bruce Willis dijo que era el mejor guión que había leído jamás.

Once años después de su nacimiento, con su máximo responsable a punto de estrenar en España su película número nueve como director, escribir sobre ‘El sexto sentido’ es como escribir sobre ‘Perdición’ (‘Double Indemnity’, Wilder, 1944), ‘Casablanca’ (Curtiz, 1943), ‘Jennie’ (‘Portrait of Jennie’, Dieterle, 1948) o ‘Los siete samuráis’ (‘Shichinin no samurai’, Kurosawa, 1954). Es decir, no es una empresa sencilla, porque ya se ha dicho todo, o prácticamente todo, sobre ella, dada su condición de mito, de película imperecedera. Sin embargo sigo pensando que M. Night Shyamalan, pese a su grado de celebridad, o quizá precisamente por ella, sigue siendo un director bastante incomprendido, reducido por sus exégetas a una colección de lugares comunes, de los que escapa una obra tan resbaladiza, apasionante y vivificadora como ésta.

¿Cómo aunar, en una misma imagen, el espíritu de suspense cotidiano de un Roman Polanski, la estilizada atmósfera de un Alfred Hitchcock, el sentido de la maravilla y de lo universal de un Steven Spielberg o la entrega al terror más infinito de ‘La profecía’ (‘The Omen’, Donner, 1976) o ‘El exorcista’ (Friedkin, 1973), sin crear un pastiche visual y temático, muy al contrario, con voz y mirada propias, en un ejercicio de autoría sin precedentes, al menos nítidos? La respuesta la dio en parte Bruce Willis: un guión de hierro. Pero también unos personajes magníficamente sugeridos en papel y admirablemente desarrollados en la pantalla, que son la verdadera viga maestra del relato que nos quieren contar.

Comunicarse para vencer al miedo

“Alguna magia es real”

- Cole

No nos engañemos, ‘El sexto sentido’ se convirtió en una de las películas más taquilleras de la historia, no por sus calidades estéticas, sino por sus escalofriantes momentos de terror, un género que se encuentra entre los más venerados por el espectador palomitero, seguramente porque existen muy pocos títulos verdaderamente destacados. De forma irónica, volviéndola a ver, llaman la atención su enorme contención y su elegancia, y su estilo profundamente personal y anti-comercial, sólo traicionado por esos momentos de terror (sólo dos o tres secuencias) en los que quizá sobra ese manido recurso al “susto” antes que al “miedo”. Me refiero a esos golpes de sonido de la banda sonora que te harían saltar del asiento sin necesidad de ver la imagen. Shyamalan tiene talento para mucho más, y lo demuestra en secuencias como la de la furiosa, y suicida, ama de casa.

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Puede parecer un cliché, pero no me cabe duda de que las raíces hindúes de Shyamalan influyen, y de qué manera, en su tratamiento de la percepción de la vida y de la muerte por parte de sus personajes. Según sus propias palabras, exorcizaba su propio miedo a morir, y qué forma más hermosa de hacerlo, porque termina siendo un sencillo punto de partida, a partir del cual tienen lugar notables ramificaciones: la angustiosa soledad de la infancia, la dificultad de ser madre soltera, la frustración de perder el matrimonio por causa del trabajo. Eso para empezar, pero hay más lecturas, de gran profundidad y calado emocional. La más importante de todas ellas la necesidad de comunicación entre familiares, entre amigos y entre extraños.

En la comunicación está la clave del fin de la angustia de Cole (extraordinario, alucinante Haley Joel Osment), llave de su libertad sugerida por su psicólogo/amigo el doctor Malcolm Crowe (fantástico Bruce Willis, en un registro suyo casi inédito), no solamente respecto a los fantasmas que le acosan con sus terribles historias, también y sobre todo con su madre (magnífica Toni Collette, una actriz fenomenal que ahora triunfa en televisión con ‘United States of Tara’), con la que sufre una complicada y tensa relación. Y para finalizar consigo mismo, pues deja de sentirse un pirado y encuentra una motivación para seguir adelante. Cole Sear es uno de los personajes infantiles más inolvidables de la historia del cine.

Como sucederá en sus futuras películas, Shyamalan parece contar sólo el principio de una historia, el arranque, cuyo final el espectador no verá. Tanto la existencia de Cole, como la de David Dunn en ‘El protegido’ (‘Unbreakable’, 2000), la del reverendo Graham en ‘Señales’ (‘Signs’, 2002), todos los habitantes del poblado de ‘El bosque’ (‘The Village’, 2004) o el Cleveland de ‘La joven del agua’ (‘Lady in the Water’, 2006) viven una vida paralizada por el miedo, la frustración o la angustia, y el final de la película supondrá un superar esos avatares, empezar una nueva existencia, resucitar. Eso sí, será en off. Las criaturas de Shyamalan siguen su camino una vez liberados.

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Rasgos de estilo y conclusión

Shyamalan filma con ascética sencillez, sin la menor caída en el divismo y sin darse facilidades. Con la magnífica complicidad del operador Tak Fujimoto (responsable de la luz de, entre otras, ‘El silencio de los corderos’), Shyamalan es capaz de elaborar gradaciones de suspense con la facilidad de quien respira, al menos en apariencia. La sensacional partitura de James Newton Howard (con quien le unirá una relación sólida y duradera, en la mejor tradición Hitchcock/Herrmann) termina por redondear su sentido visual, complementándolo con uno sonoro, sin fisuras.

Relato compasivo con el dolor y la tragedia humanas, noble y de gran ingenio, su asombroso final sigue siendo uno de los más recordados de la historia del cine americano. En realidad un doble final, o un doble comienzo, para ambos protagonistas. Porque, en el fondo, esto es la bella historia de una amistad, la de Cole y Malcolm, dos amigos que vivirán una fugaz amistad, que tanto aportará a los dos para recomenzar su existencia, por mucho que la de uno de ellos se encuentre lejos de este mundo. Lágrimas y miedo, unidos por un jovencísimo maestro, para una catarsis emocional agotadora y luminosa.

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