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'Elegy', lo ajeno y lo propio

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Isabel Coixet ha realizado con 'Elegy' su primara producción enteramente yanqui, después de haber rodado varias veces en inglés. Era algo esperado. También se trata de un producto de encargo, la adaptación de la novela de Philip Roth, uno de los escritores con más prestigio en los USA, 'El Animal Moribundo', que en un principio no le convencía demasiado. El guión viene firmado por Nicholas Meyer, en otros tiempos director especializado en la Sci-Fi, con films tan entrañables como 'Los Viajeros del Tiempo', y que curiosamente ya había escrito otro guión adaptando una obra de Roth para la infumable 'La Mancha Humana'.

Coixet se reunió con Roth y con los productores y logró algunos cambios considerables en el guión de Meyer, provocando el desacuerdo de éste, y al mismo tiempo, logrando llevar un material ajeno a su propio terreno. Tal vez Coixet se encuentre más cómoda dirigiendo guiones que ella misma ha escrito, y tal vez el no tener el completo control sobre la historia que está narrando, ha provocado que su último trabajo sea bastante irregular, de una extraña belleza por momentos, algo disperso en otros, y sobre todo bastante frío.

SPOILERS

'Elegy' narra una historia de amor, ambientada en la ciudad de Nueva York, entre un profesor y una de sus alumnas. Él es un hombre maduro, inteligente y muy culto; está separado y vive una vida aparentemente perfecta, aunque no deja que nadie se le acerque emocionalmente más de la cuenta. Consuela es una joven mujer, por la que se sentirá atraído de forma brutal, llegando a convertirse en una verdadera obsesión, en la que incluso el fantasma de los celos hará una de las suyas. El primer tercio de película es sencillamente insoportable. Desde el momento en el que Penélope Cruz entra en escena, nada es creíble. Y es que la actriz vuelve a demostrar que cuando sale de las fronteras españolas deja de interpretar y se vuelve soporífera. Su personaje, además, está bastante peor dibujado que el masculino, en el que evidentemente se vuelca todo el film. Por otro lado, Ben Kingsley es un actor inmenso que le queda bastante grande, y con el que no tiene ni la más mínima química, algo esencial para narrar una historia de amor. Un enorme desequilibrio interpretativo entre dos actores que ocupan todas las escenas en la primera mitad de la película, que la hacen difícilmente aguantable. Ni siquiera, el comprobar que Kingsley es un auténtico camaleón, dando vida a uno de sus típicos personajes atormentados, llega para que podamos disfrutar de verdad. Dan igual sus esfuerzos, y más aún cuando podemos entender perfectamente que un hombre de su edad pueda volverse loco con una mujer mucho más joven que él, pero a la viceversa no hay un sólo indicio en el film de que pueda ser posible. El guión dice que ella se enamora de él, y punto.

Curiosamente, todo cambia a mejor, cuando aparecen los conflictos, unos celos infundados, pero terriblemente reales, que llevan al personaje central al borde de la crisis, y el miedo a ser rechazado cuando los demás descubran la, hasta ahora secreta, relación entre ellos dos. El profesor echa a la alumna de su vida, en el fondo es un cobarde, y todo parece acabar. Incluso parece que el film termina, y hay una escena al respecto que bien podría ser un final perfecto: en la pista de squash, él está solo, su mejor amigo ha muerto, y ya no le queda nadie con quien estar. La cámara sigue a la pelota mientras él se queda de pie, como una estatua. Si el film terminase ahí, sería para aplaudir, pero no, la película sigue, en una onda que recuerda demasiado a 'Mi Vida sin Mí', con enfermedad incluida, que si bien alarga la cosa un pelín más de la cuenta, con un giro de guión que casi parece forzado, al menos es mucho mejor que la soporífera parte en la que todo parece un camino de rosas.

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Las historia paralelas a la central (la relación entre los dos personajes principales) dan sentido al film de una forma mucho más convincente. Las conversaciones entre el profesor con su mejor amigo, interpretado por un entregado Dennis Hopper, son reveladores instantes que acercan mucho más al personaje central, y también pueden verse ciertos ecos del cine de Woody Allen. También tenemos la relación del profesor con una amiga amante desde hace 20 años, quizá la única persona que le entiende de verdad y a la que no le hace falta explicar nada, aunque en cierto momento le tenga que mentir, por miedo. La historia con el hijo también tiene su interés, quizá sea un poco más tópico, pero al menos no está resuelta como muchas de estas historias. Patricia Clarkson y Peter Sarsgaard hacen un trabajo encomiable, y sobresalen mucho más que nuestra Pe.

Coixet rueda con firmeza, pero a ratos sin la pasión debida, sin la garra necesaria. Dirige muy bien a los actores, aunque de algunos no pueda arrancar interpretaciones memorables, y demuestra un gusto exquisito a la hora de compaginar ciertas escenas con una música cuidadosamente elegida. Atención al instante en el que Consuela le pide al personaje de Kingsley que le fotografíe, antes de someterse a una operación en la que le extirpen un pecho. Es un momento sublime, de una emoción contenida desgarradora. Una pena que el resto de la película no alcance esas cotas, aunque afortunadamente, Coixet logra salvar del desastre absoluto todo el conjunto. No consigue la maestría como en 'La Vida Secreta de las Palabras', pero el hecho de lograr que un guión ajeno sea cambiado en ciertos puntos para llevarlo a su terreno, es algo que augura que Coixet pueda hacer lo que le plazca en suelo americano. Tiempo al tiempo.

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