'Grupo 7', con el imperio de la droga

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Un grupo de policías formado por Ángel (Mario Casas), Rafael (Antonio de la Torre), Miguel (José Manuel Poga) y Mateo (Joaquín Núñez) desarticula grupos de droga en la Sevilla de los años previos a la Expo del 92. Durante el transcurso de los años, el grupo se corromperá y se convertirá en el principal distribuidor de la misma en el barrio.

Alberto Rodríguez es, indudablemente, un cineasta que ha ido en crecimiento. La apreciable ‘El traje’ (id, 2002) fue un debut pequeño, raramente divertido y la violencia de ‘7 vírgenes’ (id, 2005) tal vez merezca una reconsideración, me incluyo a mi, quien pasó por alto los muchos (y diversos) talentos de Rodríguez para la narración, ei diálogo y la potencia dramática.

‘Grupo 7’ (id, 2012) es, tal vez, la mejor película española estrenada en salas comerciales. Coescrita con su habitual cómplice, Rafael Cobos, la película toma como punto de partida aquellos años sevillanos de lucha contra el imperio de la droga en los que hubo (verdaderas) acusaciones de corrupción. ¡Qué potente es la inteligencia de estos cineastas! Lejos de usar nombres, imaginan un espacio verosímil para aquellos años reales y nos invitan a la reflexión.

No quiero desvelar los entresijos narrativos de esta película, quizá demasiado corta, dado que cubre los cinco años de la expo y la evolución del grupo y cada escena lamentaba que no hubiera un mayor entramado narrativo porque prácticamente todos los personajes tienen una historia muy interesante detrás. Es cierto que la subtrama del policía que ha perdido al hermano y tiene una historia de amor es la más gratuita, pero la potencia actoral es tanta que resulta sencillo perdonar este desliz dramática.

Arrolladoras actuaciones de todo el reparto. No entenderé la manía extendida de actuar con la retórica de los programas de cotilleo y el murmullo de patio de escuela. Mario Casas es un actor, con obvio tirón comercial, más que solvente y su interpretación de hombre cuya tendencia a perder el control se agranda es estupenda, sin excesos.


Antonio de la Torre, pétreo, compone a un personaje inolvidable, y en los secundarios destaca a ese gigante, todavía no descubierto por la mayoría, que es Julián Villagrán, cuya última aparición nos romperá el corazón al mismo tiempo que le vemos desaparecer de plano. Un actor tan potente, capaz de la mímesis más brusca como de los pequeños microgestos que engrandecen la interpretación, hace aquí casi lo imposible con su papel de yonki/soplón.: le concede, en sus escasos espacios dramáticos, una historia y una entidad emocional rarísima.

La fotografía (excelente) es de Alex Catalán y en la banda sonora, del colaborador habitual del director, se cuelan auténticos clásicos del flamenco, como ‘Se me va’ de Bambino. La magnífica obertura de la cinta, en la que Rodríguez usa el escenario sevillano para narrar una persecución en los tejados debe más al brío de Martin Campbell en ‘Casino Royale’ (id, 2006) (con uso generoso de grúas y más planificado) que al estilo hiper-documental de Paul Greengrass.

La capacidad para evocar una Sevilla fértil a la corrupción, la ambigüedad moral y de retratar un problema cuyos actores van cambiando de rol en el escenario ante nuestros ojos es fantástica. ¿Cuál es el verdadero problema del tráfico de drogas? Después de ver esta historia sobre como la ley puede apropiarse no ya un monopolio de la violencia sino también de la distribución, las dudas sembradas son estupendas.

El cierre de la película, simétrico con su inicio, es también fabuloso. Rodríguez dirige con planos cortos, o planos secuencia cámara en mano, pero deja respirar a sus personajes con planos generales, altamente significativos (Espectacular la escena en la que alguien confiesa una pérdida desde un plano general, sin usos musicales o sonoros) y demuestra tener en Cobos un talento sensacional para el diálogo, adaptando, al fin, el género negro, sus problemáticas sociales a unos rasgos locales.: es así como se traza una historia recordable. A mi compañera Beatriz también le pareció interesante y genuina.

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