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'Harry Potter y las reliquias de la muerte: parte I', la magia vuelve a la saga

'Harry Potter y las reliquias de la muerte: parte I', la magia vuelve a la saga
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Lo que son las cosas. Justo cuando uno pierde la esperanza, o quizá precisamente por ello, el cine te da sorpresas. Durante buena parte del (extenso) metraje de ‘Harry Potter y las reliquias de la muerte: parte I’ (‘Harry Potter and the Deadly Hallows’, David Yates, 2010) me restregaba yo los ojos de incredulidad (los momentos en que no maldecía en silencio a los cientos de fans de la saga que abarrotaban la vetusta sala de cine en la que me metí, que reían cada chiste y suspiraban a cada gesto) porque un milagro estaba sucediendo en la pantalla: estaba viendo una buena, una gran película de aventuras por momentos. No las tenía yo todas conmigo, la verdad, pues el director es el mismo de las bastante mediocres y aburridas quinta y sexta parte, y no pensaba que fuera posible que de repente le viniera la inspiración y se pusiera a filmar con brío y potencia. Y, sin embargo, me equivocaba.

La saga empezó con dos películas dirigidas por el mercenario Chris Columbus, se dignificó con la maravillosa tercera parte de Cuarón, y luego fue bajando poco a poco. De la más que digna cuarta parte, pasamos a las mencionadas quinta y sexta. La anterior a esta, que era quizá uno de los mejores libros de Rowling, fue masacrada para hacer esa sosería de ‘El misterio del príncipe’, que dejaba fuera lo más interesante de la historia original. Entré hoy en la sala cruzando los dedos, soñando con aventura de la buena: tensa, oscura, a ratos desesperada, violenta, cruenta, feroz. Y encontré todas y cada una de esas cosas e incluso más. Que el mito del mago adolescente volvía a robustecerse ante mis ojos, que el cuento maravilloso de la Rowling volvía a ser creíble, y que la fábula me arrastraba como se supone que tiene que hacerlo, si complejos y sin fallos. No sé si es un producto del azar, y no importa: disfruté como hacía tiempo que no lo hacía con una película de aventuras.

Todo comienza con muy buenos presagios. La larga secuencia en la mansión de los Malfoy, con los mortífagos reunidos, es magnífica. Ya se percibe que se lo han tomado en serio de una vez. Sin música y sin exageraciones, sentimos flotar en el aire una tensión y una malevolencia realmente notables. Por una vez, la cámara de Yates se sitúa siempre donde debe, y lo cuenta todo sin prisas. Creía yo que sería un espejismo que pronto se desvanecería, pero nada de eso. Salvo algunas caídas leves de ritmo, la tensión y la cadencia se mantienen durante los casi ciento cincuenta minutos que dura el espectáculo. Yates, excepto en la malograda secuencia de persecución del bosque, se muestra firme en todo momento, e incluso imaginativo visualmente. También es cierto que la historia es bastante buena, pero ya lo era en la sexta novela, que fue masacrada en el guión de Steve Kloves. Aquí se mantienen más fieles a la novela, y salen ganando, sin duda.

Tres amigos buscando a la muerte

Creo que hacía mucho que la profunda y en cierto modo compleja amistad entre Harry, Ron y Hermione no estaba retratada y enriquecida con tantos matices, y tan hermosos. La razón fundamental es que cada uno de ellos está increíblemente bien definido, y llega a emocionarte su verdad anímica y el modo diferente en cada uno de ellos tiene de enfrentarse a sus miedos. Esto se suma, claro, a que en el guión están muy bien trenzadas sus actitudes y motivaciones, de modo que conforman una suerte de relevo contínuo en el que cada cual va obteniendo sus momentos de lucimiento, pero también sus momentos de miseria. Dado que no hay la menor imagen de Hogwarts, y que nos encontramos en un verdadero relato de itinerario, como una ‘road movie’ desesperada, era fundamental que cuidaran hasta el más mínimo detalle el juego de réplicas, situaciones e incertidumbres del grupo, y así lo han hecho. Sumado a que Radcliffe, Watson y Grint están dirigidos con gran solidez, y siempre resultan creíbles.

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En el apartado de los villanos, esperamos que en la segunda parte de esta historia, el gran Alan Rickman brille todo lo que ha brillado durante la saga entera, porque aquí tiene una muy breve, pero inolvidable aparición, y en la recta final de la historia del niño mago tiene una importancia capital. Pero ya se encarga Ralph Fiennes, ese gran actor, de hacernos pasar miedo como el fascinante y luctuoso Voldemort, y sus apariciones son siempre brillantes y perturbadoras. Por su parte Helena Bonham Carter hace su mejor aparición como Bellatrix Lestrange, y otras nuevas adquisiciones como Guy Henry sorprenden por representar un casting muy ajustado, sin fallas. Por supuesto que tenemos un poco de moralina por aquí y un poco de sentimentalismo por allá, pero son gotas muy pequeñas en comparación con el torrente de tenebrismo y melancolía que invade el filme.

El diseñador de producción de la película es, como en todas las demás, el británico Stuart Craig, pero algo cambia. La dirección de fotografía de las dos anteriores había corrido a cargo de Slawomir Idziak y de Bruno Delbonnel, a mi juicio dos buenos operadores que no supieron extraer convenientemente el universo de esta saga. Sin embargo aquí, y en la segunda parte de esta película, es responsabilidad de uno de los mejores operadores del mundo, el portugués Eduardo Serra, que hace un trabajo poco menos que soberbio, sin duda entre los dos mejores de la saga. Su sutilidad a la hora de transmitir los sentimientos de los actores, su labor con las luces, su exquisito gusto en los exteriores, se notan, y de qué manera. Habiendo siendo el operador de maravillas fotográficas como ‘El protegido’ (‘Unbreakable’, Shyamalan, 2000), ‘La joven de la perla’ (‘Girl with a Pearl Earring’, Webber, 2001) o ‘El marido de la peluquera’ (‘Le mari de la coiffeuse’, Leconte, 1990), aquí vuelve a demostrar su genio.

Lo mismo que uno de los músicos más en forma de la actualidad, el francés Alexandre Desplat, que no para de encadenar grandes proyectos, y que aquí vuelve a dar muestras de su gran personalidad estética y de su capacidad para la épica y la evocación, en una partitura sensacional, que entronca a la perfección con el espíritu creado hace diez años por John Williams. No hay respiro y la esencia folletinesca, en el más alto sentido de la expresión, regresa a la saga, con gran fuerza, activando la expectativa para la definitiva película en un final extenuante, desolador, que nos da muchas esperanzas de que la octava película sea, esta vez sí, una gran película de aventuras, en la que las aventuras del niño (ahora adolescente) mago conozcan un más que digno final. Lo sabremos en julio del año que viene.

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