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'Kedi: Gatos de Estambul', una hermosa carta de amor felina
Críticas

'Kedi: Gatos de Estambul', una hermosa carta de amor felina

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En el año 2004, una excavación en un cementerio del periodo prehistórico del Neolítico localizado en Chipre reveló una tumba en la que yacían los esqueletos, tumbados uno junto al otro, de un ser humano y un gato. Esta estampa, con una antigüedad estimada de 9.500 años, se ha catalogado como la primera seña de interacción entre hombres y felinos de la historia de la humanidad.

A juzgar por las evidencias, podríamos decir que los gatos siempre han estado ahí; y nuestra relación con ellos, pese a ser algo confusa en sus orígenes, ha ido evolucionando a lo largo del tiempo. Desde las primeros indicios de domesticación en la China de hace más de cincuenta siglos, nuestros amigos cuadrúpedos han sido desde animales sagrados en el antiguo Egipto hasta criaturas perseguidas y asociadas a la brujería durante la Edad Media. Una evolución más allá de lo estrictamente biológico que ha trascendido hasta la actualidad.

Ahora, en plena ebullición del culto al gato, evidenciada por unas redes sociales en las que la publicación de material audiovisual protagonizado por estos bellos seres es sinónimo de éxito y visitas, la realizadora Ceyda Torun debuta con 'Kedi: Gatos de Estambul': una hermosa y adorable oda al Felis silvestris catus, y a los pacientes y entregados humanos que conviven —y convivimos— con ellos día a día.

Una hermosa relación simbiótica narrada en imágenes

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Pese a que los mininos sean los protagonistas indiscutibles de 'Kedi' —no podría ser de otro modo a juzgar por las auténticas bellezas que pasean a cuatro patas por sus fotogramas—, este documental esconde más que un puñado de instantáneas para hacernos suspirar y proferir sonidos fruto de la ternura en sus fugaces y hermosos 80 minutos de metraje.

Torun ahonda en la espontánea relación simbiótica entre gatos y personas —en la que una de las dos partes parece mucho más volcada que la otra— para hacer un retrato del ser humano, de sus carencias, y de cómo encuentra soporte tanto emocional como espiritual en estas mascotas de espíritu libre que deambulan sin rumbo, pero siempre con un objetivo, por las calles de Estambul.

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La ciudad turca, en la que se dice que viven alrededor de 150.000 gatos "callejeros" —nótese el entrecomillado, ya que, pese a su autonomía, suelen vivir bajo el cuidado y el mimo de sus vecinos bípedos–, se alza como un personaje más de 'Kedi'. Sus calles, edificios y diversos escenarios esconden historias personales capaces de estrujarnos el corazón, y de hacernos creer que aún hay esperanza y bondad en un planeta cada vez más aborrecible.

Gente de escasos recursos que comparte lo poco que tiene con sus compañeros bigotudos, antiguos adictos a sustancias que han encontrado en ellos redención y salvación, o personas en una mala racha a los que la suerte ha sonreído gracias a la participación inesperada de una criatura asociada a la suerte e incluso a Dios, son alguno de los motivos que convierten a 'Kedi' en un auténtico manifiesto a favor de la vida y los animales que, además, alimenta el aura mística que siempre ha girado en torno a la figura del gato.

Hombres, gatos y un corazón inmenso

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La directora de 'Kedi' se apoya en dos pilares fundamentales para articular su relato. Por un lado cuenta con los diversos e interesantes testimonios de sus protagónicos parlantes —siempre positivos frente a los felinos—, mientras que, por otra parte, y siempre intercalada con una cadencia de montaje envidiable y fluida, nos presenta a varios gatos en su día a día; cada uno con sus diferentes personalidades, manías, filias y fobias.

De este modo, en menos de hora y media llegamos a conocer y enamorarnos de Sari, una madre que cuida de sus cuatro crías recogiendo comida a lo largo de la ciudad; Psikopat, una gata malhumorada que atemoriza al barrio, pero que no sabe decir que no a una buena rascada en el lomo; Alan Parçasi, un cazador de ratas que ayuda a los dueños de un restaurante en agradecimiento por sus cuidados; o Duman, un señorito de gustos refinados, educado y amante del jamón ahumado.

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Estos, entre varios otros que deberíais descubrir por vosotros mismos, son las encantadoras excusas con nombre propio que te mantienen con los ojos clavados en la pantalla y las pupilas dilatadas al máximo desde el principio hasta el fin de 'Kedi'. Unos maestros de ceremonia que, si ya de por si son una auténtica preciosidad, lucen aún más arrebatadores gracias a la estimable factura técnica del largometraje.

La selección de planos de seguimiento a ras de suelo, las subjetivas gatunas, la fotografía aérea, y la impresionante utilización de la arquitectura y decorados urbanos de Estambul son tan sólo un magnífico broche de oro que envuelve una película con un corazón tan grande como el logro alcanzado con unas cuantas cámaras, unas lentes, un presupuesto reducido y una adoración incondicional hacia unos animales inigualables. Más que un documental, 'Kedi' es una auténtica carta de amor felina.

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