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'La Gran Belleza', el pasado

'La Gran Belleza', el pasado
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Hay que recordar los versos de Salvador Espriu en la Cançó de la vinguda de la tarda.: "Una a una / en els meus ulls ordeno / les vides conegudes" (o bien, una a una / en mis ojos ordeno / las vidas conocidas). Jep Gambardella (Toni Servilio) hace lo mismo en la Roma de 'La Gran Belleza' (La grande bellezza, 2013), una sensacional película con la que Paolo Sorrentino ha hecho del pasado año uno más hermoso e inesperado.

A esta Roma no le faltan fariseos, estafadores, pretenciosos, pedantes, celebridades de medio pelo, decepcionantes, meapilas, impotentes, promesas rotas, como la de una gran carrera literaria que conduce la vida del propio héroe. Es una Roma decididamente fea, pero cuanta exuberancia e inexplicable hermosura quiere su director que veamos en ella.

Argumental y temáticamente, la búsqueda del diálogo con el Federico Fellini de 'La dolce vita' (id, 1960) parece obvia, pero Sorrentino no está interesado en un diálogo en el que salir victorioso sino, también, en el respetuoso comentario del alumno que asumirá, en un gesto de osadía mayor que el de la competición, como cómplice al maestro.

Atrás queda la melancolía fugaz del Marcello Mastroianni que busca la vida en una noche llena de gloria fulgurante, pero gloria al fin y al cabo. El rostro, extrañamente cómico y terriblemente conmovedor, de un sobrenatural Toni Servilio nos guía en el asco más absoluto: ¡hay algún personaje de esta fábula que no sea, como mínimo, cuestionable o parte de una farándula a la que el más común y sobrio de los mortales no querría ni acercarse más de media hora! Desde el comienzo, en áticos disfrazados de corazón de la ciudad misma, estamos en medio del desfile y bajo la mirada de todo un experto en esta clase de carnavales.

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Sorrentino necesita tener a un héroe en retirada, claramente, y dar al paseo último un carácter grotescamente triunfal. Pero que sea un héroe en retirada, no significa que no vaya a sacar tiempo para dar algún que otro rapapolvo o para mirar con sorna sus limitaciones y, como buen ego extendido e insaciable, la de los demás.

Pero ¡ah si la vida fuera tan fácil como el ejercicio, más o menos sencillo, de juez presuntuoso llegado el momento en el que no hay demasiado para apostar (o para ganar todas las confianzas) en el espacio lleno de sombra e incertidumbre al que colocamos el letrerito de futuro! Qué sencilla sería la vida sin el pasado, sin la memoria. O qué vana, también.

Porque eso se desprende de Jep, que del más contundente ejercicio de crítica y la mirada más (sutilemente) melancólica a los que lucharon, es capaz de dar rienda suelta al recuerdo pequeño, alterado y seguramente precioso de su primer amor, de un gran amor. ¿Sencillez lo que se evoca? ¿O mirada sencilla, más bien?

A esta Roma, poblada de una noche eterna de bailarines espectrales y zombificados, hay que venir preparado para los voluptuosos travellings de Paolo Sorrentino y la hermosura cromática que provee la gracia y el talento de Luca Bigazzi. La música, incluyendo composiciones de Lele Marchitelli, hace el resto.

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Por supuesto, a diferencia de quienes creen todavía que lo que necesitamos es (solamente) cinismo y presuntas verdades, Sorrentino no se basta ni conforma con un tablero de muñecos deformes y concede aristas a su peculiar y espléndidamente fracasado personaje central, porque ni el mundo, aún estúpido, incomprensible y canalla, es tan facilón, ni la vida, con sus exigencias y sus memorias y sus olvidos, tan recapitulable.

Por esta razón, en apariencia abstracta, esta película está cargada de sabiduría y, por si nadie lo ha adivinado, es una obra maestra

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