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'Ladrones', guapos, ricos y chulos

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‘Ladrones’ (‘Takers’, John Luessenhop, 2010) fue número uno en la taquilla estadounidense en el momento de su estreno, algo totalmente incomprensible tras ver el film, de una baja calidad que asusta. Pero es algo lógico con los gustos del actual público palomitero, que gusta de tragarse un film cuya acción se desintegra en segundos gracias al montaje caótico tan dañino en estos tiempos en los que el cine de evasión está bajo mínimos, salvo contadas excepciones. También hay que añadir que su reparto está lleno de caras conocidas, ya sea dentro del cine o la televisión. Y por otro lado la fascinación que han despertado siempre las películas de atracos a bancos, furgones, heladerías, puestos de perritos o lo que sea.

Desde los tempranos tiempos de Don Siegel, con sus thrillers en los años 40 hasta los techno thrillers de Michael Mann, el público siempre se ha sentido atraído por este tipo de historias que despiertan nuestro interés por lo prohibido. ¿Quién no ha deseado ser alguna vez uno de esos atracadores que poseen un plan perfecto y roban un montón de dinero con el que después viven a todo lujo? Si echamos un vistazo a una película como ‘Ocean´s Eleven’ (id, Steven Soderbergh, 2001), ¿quién es el bonito que no desearía tener el estilo de vida de sus personajes centrales, outsiders al margen de la ley? Lamentablemente, el trabajo de Luessenhup no es como el de Soderbergh, ni de lejos.

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El argumento de ‘Ladrones’ —el original ‘Takers’, algo así como interesados, era, como casi siempre, mucho más acertado, ya que no hace referencia únicamente a la banda de atracadores— es menos que eso, en realidad es un esquema de sobra conocido por todos. Un grupo de apuestos tipos viven a base de cometer atracos muy sofisticados de los que sacan dinero para pegarse la vida padre. Los preparan con mucha antelación para que nada salga mal y distancias los golpes para reducir las posibilidades de captura. Un día reciben la inesperada visita de un antiguo compañero que ha pasado tiempo en la cárcel por un atraco que no salió del todo bien —no son tan infalibles— y les propone un nuevo trabajo por el que conseguirán mucho más dinero que en otros. El problema es que deberán prepararlo y efectuarlo en apenas unos días.

Pero estamos en el cine, ese lugar maravilloso donde todas las cosas increíbles y soñadas pueden hacerse realidad en un abrir y cerrar de ojos. No obstante en el caso que nos ocupa la suspensión de incredulidad carece de sentido, y no funciona la supuesta complicidad que el espectador ha de tener ante ciertas historias y personajes. Nada más empezar la película, se nos muestra el modus operandi del grupo en un atraco filmado con la misma rapidez con la que lo ejecutan los atracadores, que se convertirán en los protagonistas del relato. La inclusión de un elemento externo al plan, un helicóptero —que bien podría no haber aterrizado donde lo hace—, es jugar con el espectador de forma poco lícita. Y cuando terminan el golpe viene la escena clave, por descriptora, en la que dejan el helicóptero, que estalla a sus espaldas mientras el uso de la cámara lenta enfatiza la secuencia. Una sobrada y de las gordas, sin entrar siquiera en que argumentalmente es una estupidez.

A partir de ese memorable instante el film sigue el patrón más archiconocido del género, sin deparar la más mínima sorpresa en su desarrollo. Y eso no debería importar demasiado si al menos se hubiese realizado con un mínimo de dignidad, que vestir una película con caras bonitas, montaje a lo Tony Scott o Michael Bay, y fotografía que recuerda a la de los films de Michael Mann, no llega. Que Paul Walker y Hayden Christensen sigan sin ofrecer algo nuevo no sorprende a nadie, el primero es un buen cuerpo y el segundo, que tuvo el honor de ablandar en demasía al personaje que más tarde se convertiría en Darth Vader, es aún peor actor que el primero aunque demuestre más olfato a la hora de elegir proyectos. Que ambos hayan coincidido aquí parece una broma cruel. Por no hablar de que el personaje de Christensen sea en sus ratos libres un pianista de jazz, elección muy respetable pero nada creíble. Y es que algo falla, cuando en una película llena de escenas de acción uno no se cree detalles tan nimios como ése, pero que deberían servir para vestir al personaje, para darle un mínimo de personalidad.

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Precisamente eso ocurre con todos los personajes de ‘Ladrones’. Al igual que su argumento/esquema, aquéllos resultan clichés de clichés, estereotipos de tópicos, sin una arista, sin un matiz que los diferencie, algo que muy acertadamente no ocurre en los grandes films de acción —‘Jungla de cristal’ (‘Die Hard’, John McTiernan, 1988) es el ejemplo más claro de ello—. Resulta particularmente penoso ver a dos actores de la talla de Idris Elba —Stringer Bell forever— y Matt Dillon metidos en la piel de dos personajes que nunca terminan de despegar, de ofrecer algo. Además, en el guión, escrito por cuatro guionistas, se incide sin resultado alguno en problemas personales tan rayados como una hermana alcohólica y un compañero corrupto, resueltos ambos de un plumazo dando la sensación de que estaban para rellenar metros de película.

Hablar de la presencia de Zoe Saldana en su reparto sería perder el tiempo, pues la actriz de ‘Avatar’ (id, James Cameron, 2009) es aquí un mero adorno, cuyo destino produce el punto de inflexión más risible de la película, filmado además por una cámara que desenfoca la situación, con la intención tal vez de resultar dramático. Continuamente se referencia el cine de John Woo, y hasta hay apuntes Tarantinianos, como en ese ilógico clímax que da paso a un final repentino. Y da igual que las secuencias sean de acción o tranquilas, Luessenhop maneja la cámara como si fuera epiléptico. Al menos nos deja una curiosa escena de acción, la de los dos furgones blindados, en la que parece que la película se anima. Pero es todo un espejismo.

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