Publicidad

'Lobo', excepcional guión, pobre puesta en escena

7 comentarios

Publicidad

Publicidad

Lo que yo daría por escribir un guión como el que escribió hace ya muchos años Jim Harrison, un novelista y poeta de raza, y que se titulo ‘Wolf’ en Estados Unidos y ‘Lobo’ en España (en uno de esos raros casos en que los distribuidores respetan el título original. Harrison es un autor de historias muy masculinas y muy potentes, que además siempre está en contacto con la naturaleza a través de sus historias, y que con su poesía y su trabajo literario en general ha sido reconocido con el debido prestigio.

En los créditos de la película comparte autoría con Wesley Strick, escritor mucho más flojo que él (basta ver su trayectoria), y que en realidad sólo fue responsable de algunos retoques, pues Harrison escribió el guión en solitario, fundamentalmente. Mucho más grave fue que el proyecto cayera en manos del anodino Mike Nichols, que en ningún momento estuvo a la altura del libreto que tenía entre manos. A veces no basta con un guión maravilloso para que todo llegue a buen puerto, lo que echa por tierra esa teoría de los puristas de que la clave de una buena película es guión, guión y guión.

Cuenta, Harrison, que mientras escribía el guión sentía que el pelo le crecía por lugares insospechados, y que los sentidos se le agudizaban. No es para menos. Su trabajo posee el ingenio y el talento de los maestros del cine fantástico, y es plausible que, metiéndose de cabeza en esta historia tan fascinante, comenzara a auto sugestionarse y a sentir que lo que escribía era posible y probable. Desde luego, mientras se ve la película, si uno se olvida un poco de cómo está formalizada por Nichols, se tiene la sensación de que el autor del guión ha logrado esa rara alquimia consistente en suspender toda incredulidad y hacerte creer que cualquier cosa puede ocurrir.

Un proyecto lleno de posibilidades…

Will Randall, editor jefe de una casa editorial, ve cómo su gris existencia sufre un cambio repentino y asombroso cuando un lobo le muerde en mitad de una carretera nevada. A partir de entonces le acompañaremos en una historia que, por un lado, es una fábula romántica y oscura de gran calado y, por otro, una exacta metáfora del feroz (nunca mejor dicho) mundo empresarial norteamericano, en el que hay que morder antes de ser mordido, y que exige marcar bien el territorio con tu meada sino quieres que te devoren por la espalda. Es admirable de qué modo Harrison estructura ambas ramificaciones de su historia, sin perder jamás el hilo ni desatender a ninguna de ellas.

Además, a esto hay que añadir unos diálogos magníficos, que dejan bien claro que su autor es escritor de gran calibre, y una mitología, unas reglas internas, muy trabajadas. Como en mi escena preferida, aquella en la que Will acude a ver a un místico que le explica algunas cosas sobre su nueva condición. Este momento, para mí, es el corazón auténtico de la película, su razón de ser y su centro vital, por su bello diálogo y el sorpresivo final de una secuencia que se merecía mucho más de lo que finalmente ha quedado en pantalla.

Y un director equivocado

Nichols filma este momento trascendental, crucial, como si fuera un telefilme de sobremesa, o peor, como si no le importara en absoluto lo que está contando, lo que es muy grave. A él el la fantasía y la imaginación le dan lo mismo, nada excita su corazón. Y su torpeza es tal que este encuentro parece casi una comedia, porque el tono se le va completamente en la elección del actor que da vida al místico, y su modo de dirigirlo. Y no es el único momento en que Nichols parece no saber que el cine ha evolucionado, que estamos muy lejos de aquellos años (mal llamados del cine clásico) en que el director se limitaba a encuadrar más o menos bien a sus actores.

Cuando Laura Alden (interpretado por una muy atractiva Michelle Pffeifer, y muy bien su papel además) descubre que todo lo que le ha contado Will es cierto, a pesar de que no mucho antes no creía una palabra sobre hombres-lobo, y se asusta al encontrarse de nuevo con Will (que ya sabe que ella sabe…), y en ese momento el guionista, con una delicadeza y una sensibilidad abrumadoras, escribe ese bello momento: “...quizá haya finales felices incluso para los que no creen en ellos”, Nichols filma un momento que tendría que haber sido conmovedor, mítico, con una falta de tensión, de ritmo y de fuerza recalcitrantes. ¿Por qué eligieron a este grandísimo director de actores, que debutó de manera tan sensacional con ‘El graduado’ para luego dormirse en los laureles del divismo?

Y lo de grandísimo director de actores es tan cierto que al final es el único aliciente de todas sus películas. Aquí consigue, salvo algunos errores como el ya comentado, aunar a sus actores de manera ejemplar, sacando lo mejor de ellos sin manierismos ni trucos raros. Y el reparto responde muy bien (sobre todo los fenomenales secundarios, James Spader, Kate Nelligan, Richard Jenkins). Sin embargo Nichols se ve incapaz de imprimir energía y ritmo a su historia, de hacernos vivirla a tope, de dar una atmósfera, de ofrecer buenos momentos técnicos (la caza del antílope da grima).

Cuando se tiene a un reparto tan bueno, cuando la música es del genio Morricone (muy bella en sí misma, pero desgajada de la película), cuando el operador es un tipo tan maravilloso y de trayectoria tan fascinante como Giuseppe Rotunno, y sobre todo cuando se tiene un guión tan genial, y aún así la película no enamora, sólo puede ser culpa del dire. Una lástima. No es una mala película, ni mucho menos. Un poco sí que nos crece el pelo a todos. Pero tendríamos que haber salido aullando por la ventana en ese final.

Temas

Publicidad

Comentarios cerrados

Publicidad

Publicidad

Inicio
Compartir