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'Los girasoles ciegos', los guionistas cojos y los espectadores muertos

'Los girasoles ciegos', los guionistas cojos y los espectadores muertos
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Durante este 2008, entre todas las figuras cinematográficas que nos han dejado, hemos sentido profundamente la marcha de Rafael Azcona, uno de los mejores escritores que ha tenido nuestro cine, y cuyas contribuciones al mismo en películas como 'El verdugo' o Plácido' (del gran Berlanga) son ya inmortales. 'Los girasoles ciegos' supone la tercera colaboración entre Azcona y José Luis Cuerda después de las exitosas 'El bosque animado' y 'La lengua de las mariposas'.

Pero hay una gran diferencia entre las obras dirigidas por Berlanga, y las dirigidas por Cuerda. Da igual que Azcona hiciera excelentes guiones, o adaptaciones, si luego el director encargado de ponerlo en imágenes, y también guionista, echa por tierra todas las posibilidades del relato, y que convierte la historia de Alberto Méndez en una telemovie barata, aburrida y vulgar.

'Los girasoles ciegos' está ambientada en Ourense en 1940. En el seminario vuelve de la guerra Salvador, un diácono totalmente desorientado y dubitativo por culpa de los horrores que ha tenido que presenciar en la contienda, por lo que su superior le envía a dar clases en un colegio. Allí conocerá a Lorenzo, un inteligente niño, hijo de Elena, mujer a la que Salvador cree, como todos los demás, viuda. Pero Elena esconde a su marido, perseguido por sus ideas políticas, en casa. Son tiempos difíciles para todos, y para redondearlo, Salvador se obsesiona con Elena.

El film tarda mucho en arrancar, y tras una presentación del personaje de Salvador, salta al de Elena y todo lo que le rodea, sin ningún tipo de transición coherente, haciendo que la historia avance, o eso parece, a trompicones, rebotando de unos personajes a otro al libre albedrío. Personajes, excepto uno, que en ningún momento resultan interesantes, ya sea por lo mal perfilados que están, sin la más mínima profundidad, porque los actores que les dan vida no ponen el suficiente empeño en dotarlos de una verdadera dimensión, o porque a estas alturas, estamos ya todos un poco hartos de la Guerra Civil española, de un bando, del otro, y de la madre que los parió a todos. ¿Cuándo aprenderemos que volver a ciertos temas resulta extremadamente cansino sólo por el hecho de contar lo de siempre? Si al menos, en el film latiese la mano punzante de Azcona, pues otro gallo cantaría, pero como Cuerda también ha metido mano en el guión, pues nada de nada. Sólo en una determinada escena puede vislumbrarse algo de garra, de pasión, de sentimiento. SPOILER. Ricardo (Cámara) visualizando la muerte de su yerno, y a continuación tapando su propia imagen reflejada en un espejo, rechazándose a sí mismo, a una parte de su ser, ésa que, como escritor (detalle éste que nunca queda claro ni en la película ni en el libro), le permite ver más allá de donde los demás no son capaces. FIN SPOILER. Una insólita y cuidada secuencia que sobresale por encima del resto, de una mediocridad absoluta.

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Los actores no ayudan demasiado a salvar el despropósito. Maribel Verdú, actriz que mejora con los años, empieza a cansar con su imagen de mujer sufridora. Raúl Arévalo, que ya había coincidido con la Verdú en una de las mejores películas españolas del año pasado ('Siete mesas de billar francés') coincide aquí en una de las peores del 2008; su imagen de diácono desorientado produce más risa que otra cosa, y por lo tanto nos es imposible creernos su papel. Ver a una figura de la Iglesia de los 40 cantando el cara al sol, o explicando cómo Eva dio de comer a Adán el fruto prohibido, y que por eso tenemos nuez (algo que un servidor recuerda de cuando era niño precisamente en el mismo lugar donde ocurren los hechos) es una imagen que provoca carcajada vista hoy día. Cuerda, y un espantoso guión, no logran plasmar cuánto de importante era eso en aquellos tiempos, tiempos oscuros para la mayor parte de la población española, dañada por la ignorancia y las consecuencias de una guerra de la que la Iglesia se sirvió para sus propios fines.

Sólo Javier Cámara aporta algo de dignidad al producto. Su Ricardo, perseguido por tener ideas consideradas peligrosas, es todo un muestrario de lo que Cámara es capaz de hacer con un personaje con el que parece sentirse muy a gusto. La tristeza y el cansancio por estar escondido tanto tiempo, por no poder gritar a los cuatro vientos su libertad de pensamiento, son marcas en su apagado rostro. Su "me cago en Dios", expresión inimaginable de soltar en público en aquella época, suena como toda una declaración de principios y al mismo tiempo como un último intento de chillar su rabia contra todo lo que está pasando. Una pena que Cámara se encuentre más solo que su propio personaje, encerrado en una película tópica, vacía y falta de verdaderas ideas.

'Los girasoles ciegos' es una muestra más del adocenamiento de nuestro cine en los últimos años. Una pésima adaptación, con unos personajes y situaciones que nos resultan tan primitivos y lejanos como poco creíbles, y hasta ridículos. Ni siquiera me divertí viendo algunas de las calles de Ourense, que me vio nacer, ésas que hacen de su bella parte vieja un grupo de rincones llenos de secretos callados, como lo que pretende la película. Además, las escenas de exteriores están mal filmadas, y con un pobre sentido del ritmo. Hablan de Goyas para esta película. Sí, se los merece. A película bochornosa, premios bochornosos.

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