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'Los mercenarios (The Expendables)', cine malo, con encanto

'Los mercenarios (The Expendables)', cine malo, con encanto
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No soy perfecto, pero debiste esperarme. Porque yo lo valgo.

(Lee “Christmas”)

‘Los mercenarios’ (The Expendables)’ es justo lo que cabía esperar de ella. Ni más ni menos, para bien y para mal. Es un producto honesto, sin grandes pretensiones, eso no se puede negar. Los protagonistas sólo están ahí para partirse la cara y soltar chascarrillos, es aroma ochentero mezclado con formas y recursos actuales (una mala mezcla), es una mirada nostálgica al cine de acción que se hacía antes. Por todo ello, pretender encontrarse con otra cosa es absurdo (el tráiler tampoco engañaba a nadie). Ahora bien, ensalzar esta película porque no aspira a más, es también una equivocación. Un lector hizo hace poco una comparación muy elocuente: es como comprar jamón barato y luego quejarse de que es de mala calidad. Nos ponemos de acuerdo, lo que ha filmado Sylvester Stallone es de mala calidad.

Comparada con joyas del género, como ‘Terminator’ (1982), ‘A Better Tomorrow’ (1986), ‘Depredador’ (‘Predator, 1987), ‘La jungla de cristal’ (‘Die Hard’, 1988), ‘Heat’ (1992 1995), ‘Ronin’ (1998) o ‘El caso Bourne’ (‘The Bourne Identity’, 2002), es evidente que ‘Los mercenarios’ no queda en buen lugar. Es tosca, simplona y atropellada, sus persecuciones marean y se abusa de planos cortos y rápidos, pero aun así, el film tiene su encanto. Quiero decir, creo que Stallone conoce perfectamente sus limitaciones, hasta dónde puede llegar, así que prefiere apostar por la nostalgia, el impacto, la diversión ligera y el humor, además, claro, por el potente reclamo de haber reunido a un elenco espectacular, dentro del género de acción, para desplegar una hiperbólica aventura más propia de otros tiempos. Es un poco como reencontrarse con un viejo amigo.

Escrita por Stallone y Dave Callaham, a partir de una historia de este último, ‘Los mercenarios’ nos presenta a un equipo de élite liderado por Barney Ross (Sly), que trabaja en la oscuridad y está especializado en las misiones más peligrosas, esas que nadie más quiere emprender. Tras resolver un caso de secuestro, al comando de Barney le ofrecen un encargo suicida, viajar a una pequeña isla del Caribe para derrocar a un dictador, protegido por todo un ejército. En realidad, como pronto descubren los mercenarios, el objetivo principal no es tumbar al gobernante, sino dar caza a un ex-agente de la CIA, el verdadero dueño de la isla, que está detrás de un lucrativo negocio de tráfico de droga.

Un “dream team” del cine de acción

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Es indudable que el gran acierto de esta producción está en el reparto. Incluso cuando no se consiguieron a todos los deseados (es ya famosa la negativa de Jean-Claude Van Damme, según éste porque el guión era malo, y según Stallone porque no quería perder contra Jet Li), el elenco reunido es lo suficientemente atractivo como para estar atento a lo que sucede en la pantalla, a la espera de la próxima escena de acción o la próxima frase chulesca. Que hay muchísimas, como mandan los cánones. Aparte de la que he citado al principio de este texto, mi favorita, o la que suelta Stallone en su duelo final con el villano (no la reproduzco por si alguien no ha visto aún la película), destacan las referencias literarias (“Una hija que se rebela contra su padre, maldito Shakespeare”), a la oscuridad del ser humano (“mi mente era negra… como Drácula”) o a las aficiones peligrosas (“Dibujos… ¡así se empieza!”).

Es muy hábil además Stallone asignando los papeles y el tiempo justo a cada uno para lucirse; evidentemente, él es el protagonista, pero es generoso y hace algo digno de elogio que es humanizar a su personaje, que necesite la ayuda de sus compañeros para salir adelante (le salvan el cuello, literalmente). No es nada raro que le acompañe casi toda la película Jason Statham, uno de los actores más carismáticos del cine de acción actual, perfecto para dar golpes y para ganarse al respetable con un par de líneas. Jet Li sorprende con un papel que le ridiculiza bastante (lo que indica que tiene un gran sentido del humor), Mickey Rourke está viviendo un gran momento y borda su pequeño papel, Eric Roberts está impecable como el típico malo de este tipo de historias, Dolph Lundgren está fantástico en el poco tiempo que le dejan, y los demás (Randy Couture, Terry Crews, Steve Austin) no desentonan; con Van Damme, Steven Seagal y otros rostros muy populares quizá habría sido más divertido, pero tampoco había verdadero espacio para más.

He leído en alguna revista (no quiero acordarme del nombre) que lo peor de ‘Los mercenarios’ es que no tiene ningún gran momento para el recuerdo. No estoy nada de acuerdo con esa valoración; lo peor del film es la escasa fortuna de Stallone para narrar las secuencias de acción, especialmente la persecución en coche en la que intervienen Li, Lundgren y él mismo (el final de esa secuencia, sin embargo, en el almacén, es estupendo). Pero es que además no la comparto porque sí creo que hay momentos memorables que diferencian a esta película del resto. Hay bastantes, de hecho. Personalmente me quedo con el monólogo de Rourke frente al espejo, el ajuste de cuentas de Statham (dan ganas de aplaudir), el duelo de puntería llevado al extremo (al final) y sobre todo con esa escena ya mítica en la iglesia, que comparten Stallone, Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis. Si no es mucho pedir, a ver si en la secuela en vez de hablar se lían a tiros y hostias. Sólo faltó eso. Bueno, y una “expendable woman”, para compensar un poco.

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2,5

  • Otra crítica en Blogdecine:

‘Los mercenarios’, Stallone añorando los ochenta

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