Las amebas nunca enferman, pero tampoco pueden aprender coreano. En uno de los mejores momentos de 'Tres adioses', Isabel Coixet y Enrico Audenino nos deleitan con una frase fantástica que resume toda una película que se llena de vida en el mismo momento que se espera la muerte, repleta de revelaciones que llegan tarde, amores que desaparecen, nuevas amistades, helados de tres bolas y paseos en bicicleta por una inigualable Roma. Es puro Coixet, para todo lo bueno... y, de manera, indisoluble, para todo lo malo.
Qué lástima, pero adiós
Es difícil no caer en lugares comunes con esta directora, pero es innegable que rueda 'Tres adioses' desde la más pura de las sensibilidades, comprendiendo y apoyando a su personaje protagonista a lo largo de un cambio en su vida que, a la postre, será también el final. Es una película que celebra la nostalgia por un futuro que no existirá, que da esperanza dentro del vacío, que grita al derecho a cambiar cuando los distintos finales de tu vida (tanto el sentimental como el vital) se convierten en los protagonistas.
Coixet, que ya había tratado de la cercanía de la parca en 'Mi vida sin mí' (aún ahora, su mejor obra) con resultados muy distintos, ha rodado en Italia alejada de los exotismos que caracterizan a los directores extranjeros cuando cambian de localidad. En 'Tres adioses' vemos una ciudad encantadora (especialmente el Trastévere), sí, pero enfrascada en su día a día. En las cafeterías, los paseos en bici, las caminatas y las visitas al médico, no siente la necesidad de escaparse por un momento al Coliseo o a la Fontana Di Trevi, dejando a un lado la falsedad del decorado turístico y centrándose en la realidad tangible de una urbe que se mueve junto a sus protagonistas. Al final, la pretendida carta de amor a Roma es más a un estilo de vida irreal que solo puede vivirse en el cine, pero que no por ello es menos gustoso de ver.
Es cierto que la película resulta excesivamente autocomplaciente, y, consciente de esa sutileza que la sobrevuela, cae por momentos en una rutina un tanto desesperante donde sus personajes parecen haber quedado estancados. Por suerte, incluso en esos momentos nos regala fantásticas escenas como el entierro de la paloma y su relación con las dos adolescentes que quedan siempre al margen. Es inevitable, eso sí, que en esta disección vital de su protagonista no sintamos que sobra algo de minutaje. Por fabulosa que sea la historia que nos cuentan y las pequeñas subtramas episódicas con las que la riega, llega un momento donde no da más de sí.
Las cosas de Coixet, ¿son las Coixas?
Es sorprendente cómo, pese al tema tan oscuro que trata 'Tres adioses', es una película tan inesperadamente luminosa, repleta de esperanza y gusto por vivir la vida, con una protagonista que, tras años en una relación en la que se sentía emparedada de manera inconsciente, ha salido al mundo para descubrir quién es, aunque para ello utilice como partenaire la figura en cartón de un famoso coreano. Marta es un personaje fascinante, perfectamente delineado y preciso en su caos emocional, aunque, por momentos, probablemente ella prefiriera ser una ameba que jamás enfermara. La cinta existe exclusivamente por y para disfrutar de esta eclosión de personalidad que se siente profundamente real y viva. Al fin y al cabo, pocas cosas hay más ciertas que la ironía de comerse la vida cuando está llegando a su final.
Estoy bastante seguro de que, si recibiera la noticia de que voy a morir dentro de medio año, pensaría de manera inevitable no solo en cumplir algunos de mis sueños vitales, sino en el recuerdo que voy a dejar en los demás. Marta esparce su reminiscencia, se asegura de estar viva en muchos lugares a la vez, que siga estando ahí, de alguna manera. Más allá del amor, del sexo, de la amistad, de lo fraternal y lo laboral: su final solo es un nuevo principio. 'Tres adioses' no cae en lo lacrimógeno, dentro de su búsqueda de una incognoscible utopía: Alba Rohrwacher sabe otorgar al personaje ese punto de inocente incertidumbre que convierte la ficción en realidad ante los ojos de un espectador que difícilmente podrá apartar la mirada.
Esta no es, ni de lejos, la mejor película de Coixet, y, de hecho, cae en repetirse a sí misma en más de una ocasión. Sin embargo, y especialmente en una sociedad especialmente aséptica (representada en esa hermana especuladora inmobiliaria), es un gusto encontrarse con una película centrada en el ansia de vivir aún al borde del final, de resistir ante la adversidad, de luchar contra el destino manifiesto. Al ver llegar la muerte, hay más vida que nunca. Y quizá, tal como se plantea la directora, es el momento de darnos un sopapo a nosotros mismos antes de que nos lo de la propia vida en sí misma. Los lugares comunes son solo un peaje por el que pasar antes de llegar a una vívida y contradictoria conclusión: la muerte, por qué no, te puede arreglar la vida.
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