La sociedad española cada vez está más polarizada e incluso la política se ha convertido más en una disputa que recuerda a ser de un equipo de fútbol y que te importe un pimiento todo lo malo que pueda hacer esa institución. Esto es algo que se nota a todos los niveles y que 'Salvador', la nueva serie española de Netflix, busca abordar para contarnos la historia de un padre con una hija que forma parte de un grupo neonazi.
'Salvador' también es una serie en la que cohabitan dos realidades aparentemente opuestas entre así. Por un lado, detrás de las cámaras está Daniel Calparsoro, quien hace tiempo que parece más interesado en dotar de vigor visual a sus obras que en cualquier otro aspecto. Por otro, su creador es Aitor Gabilondo, quien hace unos años nos impresionó con 'Patria', donde se incidía en cómo la acción de ETA distanciaba a dos grandes amigas.
Luces y sombras de 'Salvador'
El resultado de ese cruce es que 'Salvador' es una serie que busca la sobredosis de adrenalina desde un primer episodio llamado a poner todas las cartas encima de la mesa. Aquí no hay espacio para tiempos muertos que inviten a que sus personajes realmente reflexionen sobre lo que está pasando, pues en su lugar se apuesta por un enfoque visceral para atrapar la atención del espectador y ya no volver a soltarla.
Eso también lleva a que la violencia física forme parte esencial del ADN de 'Salvador', donde la avalancha de situaciones que se suceden en su primer capítulo son las bases para todo lo que vendrá después. El padre interpretado por un estupendo Luis Tosar se ve tan sobrepasado por todo como un público que observa atónito lo que va pasando delante de sus ojos.
Es justo en ese primer episodio donde ese despliegue técnico de Calparsoro, que tan pronto echa mano de un travelling circular como de una toma aérea para que destaque aún más que todo transcurre en Madrid, consigue que la historia que propone Gabilondo sea aún más absorbente siempre que da rienda suelta a la acción. Y raro es que pasen varios minutos sin que suceda algo que se lo permita.
A eso hay que añadirle los intentos de Gabilondo por dar algo más de profundidad a los personajes y evitar que sean meros arquetipos al servicio de la historia. Obviamente, Tosar es el que tiene más tiempo y material a su disposición para componer un personaje que va un poco dando palos de cielo con la única esperanza de conseguir el objetivo que tiene en mente.
El resto de personajes sí que resultan algo más esquemáticos tanto en planteamiento como en ejecución, lo cual desluce un poco el resultado final. Eso si, el trabajo del intérprete puede matizar eso, ya que tanto Leonor Watling como Claudia Salas hacen un buen trabajo, pero hay varios casos en los que todo queda reducido a una idea y se vuelve sobre la misma idea de forma recurrente.
Todo esto se hace más patente a medida que van avanzando sus 8 episodios y lleva a que su apartado emocional tienda más a lo exagerado que a lo verosímil. También hay algunas soluciones de guion un tanto torpes, pero al menos Gabilondo aquí ofrece un trabajo mucho más satisfactorio que en 'El silencio', su anterior colaboración con Netflix.
Lo que queda es una serie muy basada en instintos primarios, donde lo visceral prima por encima de la razón -y en la que lo sutil no está ni lo espera-. Y no es difícil dejarse llevar, sobre todo en su potentísimo arranque, pero llega un punto en el que su punto más reflexivo se diluye, resultando tan evidente en sus intenciones que es mejor saborear la sobredosis de adrenalina que va a darte.
En Espinof | Las mejores películas de Netflix en 2025
En Espinof | Las mejores series de Netflix en 2025
Ver 0 comentarios