'Macbeth': Una tenebrosa y muy fiel adaptación de Joel Coen para Apple TV+ con fugas hacia el horror de vanguardia marca A24
Críticas

'Macbeth': Una tenebrosa y muy fiel adaptación de Joel Coen para Apple TV+ con fugas hacia el horror de vanguardia marca A24

El director Joel Coen trabaja por primera vez en solitario en ‘Macbeth’ (The Tragedy of Macbeth, 2021), una adaptación de la obra de Shakespeare con una lente fantástica y un enfoque casi surrealista, inspirándose en otras adaptaciones de la obra mientras crea una versión propia que lleva su marca en cada fotograma, conectando con su tradicional visión de los personajes abocados a la perdición de la que ha hecho gala su filmografía.

Quizá por eso, el retorno de Coen al formato blanco y negro tenga que ver con la sensibilidad noir de la historia: planes oscuros, traiciones y la decisiones que llevan a la calamidad que han marcado los destinos de sus personajes desde su primera película y que en esta ocasión evoca, no por casualidad, al claroscuro consciente de ‘El hombre que nunca estuvo allí’ ( The Man Who Wasn't There, 2001) justo cuando se cumplen 20 años de su estreno, en la que ya aparecía Frances McDormand.

El terror en las adaptaciones de Macbeth

‘MacBeth’ ha conocido muchas versiones cinematográficas, una de ellas reciente y con una producción expansiva que trasladaba correctamente la obra al panorama de mercado actual, por ello llama la atención que solo cinco años después Apple y A24 vuelvan a representar el texto. Es una obra que se ha traducido notablemente al cine, empezando por la versión de Orson Welles en 1948, quien utilizó un presupuesto de serie B para convertirla en un noir de terror gótico prácticamente expresionista. Sets sencillos y teatrales, que transmitían el mismo tipo de sensibilidad de obras como ‘Häxan’ (1922) o el 'Fausto'(1926) de Murnau .

El propio Welles la definió como "un cruce perfecto entre ‘Cumbres Borrascosas’ y ‘La novia de Frankenstein’" y, en efecto, su glorioso uso de la luz y la atmósfera recordaba a las primeras películas de la Universal aún marcadas por las formas del viejo continente. Por su parte, Akira Kurosawa tradujo ‘MacBeth’ en una historia de fantasmas y samuráis con influencia del Kaidan Eiga en su ‘Trono de Sangre’ (Kumonosu-jô, 1957). Y luego vino Polanski con su implacable versión de los 70 que reconocía el potencial de terror de la pieza, que se revela tanto en su descripción de lugares turbios y brumosos como en su violencia gráfica, impactante y sangrienta.

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Lo cierto es que estas versiones son algo más que una aportación no oficial dentro del género, sino que encajan adecuadamente en la naturaleza del original de Shakespeare. De hecho, el texto se considera uno de los puntos de origen literarios de la representación del paisaje británico por cómo conecta el misterio de los bosques y la superstición. Los páramos como cunas de lo desconocido y un mal sobrenatural que influye en acciones humanas que pueden no existir realmente es lo que últimamente relacionamos con la famosa etiqueta folk horror.

Un gótico teatral con la marca A24

A menudo, cuando se trata Shakespeare en el cine se tiende a tratar con un ángulo solemne y de importancia en donde los detalles del horror parece que no encajan, sin embargo, la violencia desatada y el impacto tienen más que ver a cómo el populista confirmado Shakespeare pretendía que su obra funcionara entre el público. Por ello, Joel Coen decide impregnarse de parte del prestigio que rodea a la sola mención del autor pero sin dejar de conectar con la adaptación de Welles en un despliegue teatral de claroscuros tenebrosos con ecos a la visión de las obras de Poe de la Universal en los años 30.

Todos los aspectos de la producción funcionan al unísono al combinar la sensibilidad escénica y la visión para la gran para ejecutar una visión minimalista de la obra escocesa. Hay una iluminación reflejada a través del elaborado diseño de producción de Stefan Dechant que recuerda a las arquitecturas de ‘Satanás’ (The Black Cat, 1934). El constante juego de claroscuros de luces y sombras, se combina con mate paintings manifiestos de un cielo inmóvil, y hay construcciones que hacen a los personajes partícipes de un tableau vivant en escenarios anacrónicos y hasta construcciones deliberadamente góticas que recuerdan a ‘Abadía en el robledal’ (1809) de Caspar David Friedrich.

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Estos aspectos se ven reforzados por los ángulos de las cámaras locos y el encuadre estrecho en formato cuadrado del director de fotografía Bruno Delbonnel, que no resultan extraños en estos tiempos en los que películas como ‘El caballero verde’ (The Green Knight, 2021) utilizan la misma opción. Tiene algunos puntos en común esta ‘MacBeth’ con la obra de David Lowery, en su aproximación artística al cine de época, pero aquí no hay tanto plano frontal y pictórico como una verdadera intención teatral que recuerda a esas primeras traslaciones al cine de obras famosas en Broadway. También encaja en las aproximaciones de autor al género de A24 y su representación de las brujas es puro horror de vanguardia marca de la casa.

Casi una antología de Edgar Allan Poe

Las brujas se conectan con el viento que sopla por las chimeneas, que despiertan la maldad insidiosa dentro de Macbeth como un virus latente, hasta que es consumido por su propia ambición, y aquí son representadas como cuervos humanos, una anciana extraña con movimientos de ave triplicada que aparece en forma animal a modo de presagio, añadiendo al combo de imaginería digna de adaptación de Edgar Allan Poe: hay elementos de ‘El cuervo’, de ‘El corazón delator’ y las apariciones finales de Frances McDormand no distan mucho de una ‘Morella’ o Lady Madeline de ‘La caída de la Casa Usher’.

‘Macbeth’ tiene grandes interpretaciones, empezando por un gran Denzel Washington, en su tercer Shakespeare. Algunos no tardarán en quejarse del color de piel del actor y su adecuación al personaje, así que pueden ir también a poner su hoja de reclamaciones a la versión teatral de 1948 de Orson Welles, que en plena época de segregación, estaba protagonizada exclusivamente por afroamericanos. También destacan Frances McDormand o Brendan Gleeson, que dan matices a la apuesta por la literalidad en el verso, funcionando como pieza de cámara experimental, casi como una versión televisiva de la BBC en los años 60-70 de una obra de Beckett.

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Con más énfasis en el texto original de Shakespeare y el oxígeno para los actores, el ‘Macbeth’ de 2021 no alcanza el poder pesadillesco de Welles o Polanski, pero comulga en tono con la versión de Kurosawa, a la que se asemeja en su tramo final, quizá algo carente de ímpetu para cerrar el conjunto con el alto nivel con el que funciona durante casi todo el metraje. Mucho más interesante que la visión de Justin Kurzel, supone un nuevo vértice en la carrera de Joel Coen, que de momento ha sustituido la ausencia en el guion de su hermano jugando sobre seguro con la ayuda de una pluma invitada que difícilmente puede fallar.

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