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'Mar adentro', abyecto melodrama

'Mar adentro', abyecto melodrama
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Sólo el tiempo y la evolución de las conciencias decidirán si mi petición era razonable o no
  • Ramón Sampedro

Primero que nada hay que decir las cosas como son: Alejandro Amenábar es un grandísimo profesional del arte de hacer películas. Y cuando digo grandísimo profesional me estoy refiriendo a todo lo que comprende el aspecto artesanal y técnico que conlleva una realización audiovisual. Este hombre le da sopas con onda al resto de realizadores españoles con una mano atada a la espalda. Aquí venía de hacer 'Los otros', tres años antes, y todo lo que aprendió de aquella gran producción lo aplica aquí de manera ejemplar, en un producto de un gran acabado formal.

Ahora bien, como espectador, como cinéfilo y como analista, uno tiene sus principios y, más aún, su integridad. Como se suele decir, lo cortés no quita lo valiente. No se puede, simplemente, admirar las virtudes de un filme, olvidando así todos sus terribles defectos, por más que está claro que Amenábar tiene cine en las venas. Ahora bien, este hombre, en cuanto a personalidad y a coraje intelectual, no está a la altura de su pericia técnica. Esto está clarísimo.

Comienza bien la historia, la verdad, con un prólogo que promete algo bueno. Quizá una aproximación lírica de un personaje tan polémico como Ramón Sampedro. Pero todo se diluye muy pronto, pues Amenábar claudica a los cinco minutos, y con la complicidad de su guionista Mateo Gil, construyen un relato que se da todas las facilidades a la hora de ganarse el corazón del espectador de la forma más especulativa posible. Poco importa que quien esto suscribe, jamás haría una historia sobre una persona que existió y sufrió como Ramón Sampedro, lo que más importa es la manera de acercarse a él una vez que se decide entrar en el terreno del melodrama.

El melodrama es un género que sólo en manos de grandes directores (quizá, muchos de ellos, peores realizadores que Amenábar) es un género de gran nobleza, que al sustentarse en grandes pasiones y en una puesta en escena grandilocuente, puede tratar al espectador con dignidad pese a todo, sin manipular sus sentimientos. Para Amenábar esto sencillamente no es posible. Habiendo decidido abandonar el terror o el thriller para abordar su primer drama, se muestra tan brillante como siempre, pero hay muchos factores que terminan por convertir esto en un espectáculo abyecto.

Este director es magistralmente inteligente. Sabe sacar un partido formidable de los ambientes gallegos, así como de un reparto de actores gallegos que queda muy realista. Ahora bien, en su casting de actores principales, exceptuando a Lola Dueñas, que hace un buen trabajo y que destila verdad (como casi siempre esta gran actriz), la decisión de otorgar el papel de Sampedro a un actor de la potencia de Javier Bardem (otra jugada inteligente) y el de la abogada a una actriz tan limitada como Belén Rueda, le hace tambalearse a un reparto que merecía otra cosa.

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Bardem es un gran actor, pero siempre es Bardem, no es posible ver a Sampedro. Su interpretación roza el exhibicionismo moral puro, que añadido al exhibicionismo tendencioso de Amenábar, retrata completamente las intenciones de ambos. Tengo por un principio moral no apreciar dramas basados en vidas de personas reales en los que, cuando esa persona sufre, el director tenga el pésimo gusto, la intención oportunista, de incluir una musica "dramática" debajo, ya sea un piano melancólico o unos violines trágicos. Esto le desautoriza de manera rotunda para acercarse al drama de una persona que él, en ningún momento, llega a entender nada más que para tomar al espectador por bobo.

Porque no hay ningún respeto por el espectador, ni ninguna confianza en el cine, cuando se recurre a la estrategia narrativa a la que acude Amenábar aquí, haciendo un espectáculo lacrimógeno de la decisión de morir de un hombre testarudo que durante dos décadas y media se vio postrado en una cama. No existe el mínimo pudor, y la elegancia visual que sin duda despliega no es suficiente para maquillar la vulgaridad que reviste inventarse una historia de amor tan pueril e innecesaria, tan poco verosímil y tan cobarde, como la que en un principio tiene con el personaje de Rueda, y una tan poco creíble como la que le une con el de Dueñas, que realmente tuvo lugar.

Todo esto son quizá temas en los que hay que hilar muy fino. Pero hay otros en los que no tanto, como un guión que se contenta con quedarse en momentos y diálogos previsibles y en exceso sentimentales, que avanza renqueante y con seversa fisuras de ritmo interno (que por supuesto Amenábar, con su talento artesanal, salva en el ritmo externo), subrayando el mismo tema una y otra vez y convirtiéndose, mal que le pese, en cine político, en puro panfleto anti-clerical que intenta jugar la baza, por el qué dirán, de la ambiguedad moral, pero que se posicioina de manera evidente con Sampedro.

¿Significa que se posicione el hecho de que asuma su punto de vista? Pues no. Al igual que ocurre con su última pelicula, Amenábar no tiene un punto de vista, ni asume el punto de vista de sus personajes. Su imaginación y son conciencia sobrevuelan, inmaculados, lo que cuentan, y a los personajes, como si no pudiera salpicarle lo que cuenta, porque a fin de cuentas, sospecho, no le importa tanto como impresionar, impactar sentimentalmente al espectador, en lugar de acudir a su inteligencia y permitirle ser partícipe en la creación de este drama, que podría haber dado lugar a una hermosa película, pero que se queda en un espectáculo lacrimógeno hollywoodiense.

Eso sí, filmado en España.

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