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'Melinda y Melinda', las dos caras de la misma moneda

'Melinda y Melinda', las dos caras de la misma moneda
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'Melinda y Melinda' es el particular título de la trigésimo tercera película de Woody Allen, cineasta por el que, ya sabéis, tengo especial debilidad, y es que su 'Cuentos sin Plumas' y su 'Annie Hall' son dos de esas obras a las que he recurrido infinidad de veces para recuperar el buen humor. De hecho, éste fue el motivo por el que cierta deliciosa persona me regaló la película hace poco menos de un mes, dándome la oportunidad de revisarla tranquilamente y en versión original. En 'Melinda y Melinda' Allen no se decide por contar una historia dramática o cómica, sino que se permite el lujo de contar (casi) la misma desde dos enfoques diferentes. Ahora, que parte del público (y me refiero al público reducidísimo que vemos su cine) reclama dramas y desprecia comedias, resulta interesante ver cómo Allen se muestra tan hábil en un terreno como en el otro. El experimento, sin embargo, no le sale del todo redondo.

'Melinda y Melinda' ('Melinda and Melinda', 2004) parte de una reunión de amigos en un restaurante para desplegar una historia que se nos muestra dividida en dos. Melinda irrumpe por sorpresa en casa de unos amigos, cuando éstos celebraban una cena con invitados. Esta anécdota servirá a dos escritores para desarrollar sus opuestos puntos de vista: por un lado, un drama, que nos enfrente a la realidad de la vida, y por el otro, una comedia con la que poder evadirnos, precisamente de ese lado trágico.

Y es que ambos géneros, en el fondo, están muy unidos. Me acuerdo de Takeshi Kitano cuando reveló en una entrevista (puede verse en el disco de extras de 'Zatoichi') que le encantaría rodar una película dramática y luego una comedia con el mismo argumento y actores. ¿No os ha pasado que tras un momento de gran dramatismo, de pronto ocurre algo o se dice algo y, acto seguido, estallan unas risas antológicas? Allen ha buscado especialmente durante toda su carrera las risas en el drama, la comedia en lo triste del ser humano; pero como fanático de Ingmar Bergman, no puede reprimir sentir placer al narrarnos dramas puros, donde esa risa se transforma en una mueca de desesperación por lo absurdo de la existencia humana.

Pero lo que diferencia a esta película del resto de su filmografía, ese mecanismo artificioso para reflejar la misma historia en otro espejo, es precisamente lo que la perjudica. Habría sido preferible que Allen se hubiese decantado por una de las dos, o que fueran totalmente por separado a partir del inicio común. Llega un momento en que se asiste con un aire de cierta indiferencia a la película y diría que se debe por la reiteración de los mismos esquemas y las mismas situaciones. Allen no ha necesitado este juego tan obvio para mostrarnos anteriormente cómo la narración de una historia puede resultar tan triste como cómica. De hecho, en este mismo film que nos ocupa, hay partes de la supuesta comedia que son tristes y viceversa. Porque la vida, como se dice en 'Melinda y Melinda', no es siempre de un color. Allen quiere decirnos algo que ya sabemos y se muestra un poco torpe, o evidente, en el cómo. Pero sobre todo sigue siendo él, nos narra desde su posición, la de un realizador brillante, imaginativo y aún muy fresco a pesar de su elevada edad.

Decía, allá por 2005, mi compañera Teresa en su crítica de esta película, que Radha Mitchell estaba estupenda en ambas historias, y es cierto, la actriz está muy bien en la comedia y en el drama, demostrando una versatilidad poco común. Claro que con Woody Allen como director, tendría que ser muy mala actriz para no destacar. Allen es un genio para lograr sacar lo mejor de todos sus intérpretes. Sus películas suelen tener repartos muy extensos (y con nombres muy conocidos) y es casi imposible encontrarse con malas interpretaciones, o actores mal escogidos o en mal momento; todo lo contrario, los actores suelen tener en Allen una excelente vía para promocionar su (supuesto) talento. Mitchell, por ejemplo, no ha estado, hasta ahora, mejor que en este film. No es casualidad.

Mitchell interpreta en general a la habitual neurótica del cine de Allen, y a éste lo encarna el cómico Will Ferrell. El actor logra ser el mejor alter ego del cineasta, que aunque a todos nos encanta verlo en sus películas, ha repetido hasta la saciedad que eso sólo lo contempla como última y desesperada opción. Por otra parte, Ferrell aprovecha 'Melinda y Melinda' para reivindicar lo que decía antes, su talento como intérprete, al margen de la comedia. Poco después sorprendería a muchos con su trabajo en 'Más Extraño que la Ficción'. A los que lo conocemos no nos extrañó, sólo deseamos que no se acomode en comedias comerciales para su lucimiento. Tiene un gran talento y debería aprovecharlo; como hizo Jim Carrey en algunos títulos, aunque, desgraciadamente, parece no acompañarle la suerte estos últimos años.

Al margen de Mitchell y Ferrell, tienen su ración de protagonismo actores como Johnny Lee Miller, Amanda Peet, Clöe Sevigny, Chiwetel Ejiofor o Josh Brolin, que últimamente está en todas partes. Como digo, todos están bastante bien, aunque no todos tienen personajes de relevancia con los que lucirse. Destacar también la presencia de un por entonces desconocido Steve Carell, en un papel muy breve, como amigo del personaje de Ferrell. Da la impresión, en films como el que nos ocupa, que se podría haber dado más cancha a algunos personajes, con lo que la película habría ganado en interés, en lugar de ir tanto de uno para otro, contando básicamente lo mismo. Esto se acentúa con el final de las dos historias, que llega demasiado bruscamente (el de la parte cómica está muy forzado), acabando en pocos minutos con ese abanico de roles y posibilidades tan amplio. Pero ya sabemos que al cineasta no le gusta (o no le dejan) que sus películas duren más de 90 minutos. Y como se supone que siempre rueda la misma, sólo hay que esperar unos meses para ver más. Esperemos que por muchos más años.

'Melinda y Melinda' forma parte de ese bloque de buenas películas de Woody Allen, entretenidas, inteligentes, con buenos diálogos e interpretaciones, pero a las que les falta el toque genial que tienen 'La Rosa Púrpura del Cairo' o 'Delitos y Faltas' o la reciente 'Cassandra´s Dream'. El juego de espejos no está del todo logrado, quizá habría sido necesario mayor contraste, pero se agradece mucho el intento.

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