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'Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra', mi única patria, la mar

'Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra', mi única patria, la mar
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Elizabeth: “¡Esperad! Tenéis que llevarme a tierra. Según el código…”

Barbossa: “¡Primero!, vuestro regreso a tierra no formaba parte del trato, de modo que no estoy obligado a nada. Segundo, debéis ser pirata para que se os aplique el código, y no lo sois. Y tercero, el código son más unas directrices que verdaderas normas… ¡Bienvenida a bordo de la Perla Negra, señorita Turner!”

De la misma forma que hay un anhelo de calidad, que impide cuestionar a vacas sagradas, como por ejemplo ‘2001, una odisea del espacio’ (‘2001, A Space Odyssey’, Stanley Kubrick, 1968) o ‘Blade Runner’ (id, Ridley Scott, 1982), so pena de que le crucifiquen a uno, también existe, me parece, un anhelo de malditismo, que impide situar a algunas películas en su justa medida porque los prejuicios ya las arrastraron, desde el mismo momento de su estreno en salas, al fango de lo descaradamente comercial, cuando no lo lamentable o lo mediocre. Desde mi punto de vista, tan parcial y subjetivo como cualquier otro, algo de eso sucedió con creaciones tan fabulosas como el ‘Robocop’ (id, 1987) de Verhoeven, y aunque la película que ahora nos ocupa no se sitúa ni por asomo en la misma liga estética que aquella, es una película que siempre vuelvo a ver con gran placer, y que no es desde luego la parida descerebrada que algunos críticos saludaron en su momento, más bien una notable aventura, con un guión brillante y un reparto estupendo, mucho más sólida de lo que algunos quisieron, o pudieron, ver en su momento.

Partiendo de una atracción mecánica de Disneyland, que se llamaba precisamente ‘Piratas del Caribe’, y con otros iconos inevitables como el videojuego ‘The Secret of Monkey Island’ siempre en la recámara de la memoria, este proyecto nació, nadie se engaña, como una superproducción destinada a generar millones de dólares de la taquilla veraniega. La Disney tiró adelante con el proyecto gracias a la insistencia del astuto Jerry Bruckheimer, que ejercería labores de producción y casi de creación, mientras que un artesano de la pericia de Gore Verbinski se encargaría de la dirección. El resto de la historia es por todos conocida: pésimas críticas de los más puristas, que al compararla con clásicos como ‘El temible burlón’ (‘The Crimson Pirate’, Robert Siodmak, 1952) dejan en evidencia lo infantil y estúpido de la cinta, disfrute de los menos puntillosos, grandioso éxito de taquilla en todo el mundo, dos secuelas (y una más para el año que viene)... Pero al margen de todo eso hay muchos detalles muy interesantes, e incluso fascinantes, en esta primera película. Vamos a darles un repaso.

El guión de Ted Elliott y Terry Rossio, dos de los guionistas de mayor éxito de la industria norteamericana, está muy bien trazado, y en él conviven una docena de personajes realmente estupendos, todos ellos muy bien definidos en sus actitudes y objetivos. Estos escritores, que han firmado nada menos que los fabulosos libretos de ‘Aladdin’ (id, John Musker y Ron Clements, 1992) o ‘Shrek’ (id, Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2001), entre otros, saben muy bien lo que se hacen y se zambullen en el Caribe corsario investigando a la perfección sus supersticiones, sus costumbres, sus mitos y sus caracteres, añadiendo a todo ello un toque de fantasía que cuadra a la perfección. De esta forma se trataba de un ejercicio de realismo pirata sumado a eventos sobrenaturales. Una jugada que podía haber salido mal, pero que funcionó. Por su parte, el director Gore Verbinski, que ya había dirigido ‘The Ring’ (id, 2002), una muy digna versión americana de la película japonesa, dirige con algo de irregularidad a un reparto de actores estupendo, pero con mucha solvencia en la puesta en escena y en cuanto a la realización en general, mucho más sólido que un Michael Bay cualquiera.

Mitos y leyendas piratas

El primer tercio del filme, sin duda, es el más flojo. Tarda un poco en arrancar y se detiene en detalles que resultan algo farragosos. Sin embargo, son fundamentales para entender el complejo trenzado de destinos que va a ser la trama del filme. Que Elizabeth, todavía niña, encuentre al náufrago William Turner y se quede con su moneda de oro azteca, es un truco de guión evidente para que ocho años más tarde la historia tenga el sentido que quieren los guionistas. Por supuesto, Elizabeth es la hija del gobernador, y se va a casar con el comodoro Norrington nada más hacerse mayor de edad, aunque está enamorada de William, que ahora es herrero y no quiere saber nada de piratas. Todo esto es lo menos interesante, de lejos, de la película, pero aparece Jack Sparrow y todo empieza a animarse, y poco después llega Barbosssa, y comienza la verdadera película. Hasta entonces, el duelo a espada entre Jack y William es el único momento de acción, y resulta un tanto aburrido y largo, pero todo mejora, por suerte.

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Late en el filme de Verbinski una belleza plástica impresionante. Huelga decir que el diseño de sonido y de producción son impecables, así como la dirección artística y el vestuario. El objetivo, claro, era el de construir una verdadera mitología pirata, pero más allá de eso existen imágenes de formidable pegada audiovisual, como las submarinas o las nocturnas, que parecen un cuento gótico de gran densidad conceptual, gracias también a la magnífica labor de fotografía de Dariusz Woslki. A esto se añade que una vez Elizabeth es llevada a la Perla Negra, los buenos diálogos son la norma, envueltos en una atmósfera de sordidez muy conseguida. Está muy bien construido el misterio que rodea toda la historia de Bill ‘El Botas’, de su traición al grupo, y su papel crucial en la maldición del oro azteca. Todo ello se irá desvelando progresivamente, en secuencias magníficas como la llegada de Elizabeth al barco, la posterior conversación con Barbossa (en la que ella descubrirá la maldición a que están sujetos), las explicaciones de Jack a William.

Pero hay más cosas. En este filme los objetos adquieren el rango de totems importantísimos. La espada de Norrington forjada por William, la pistola de Jack (con un único tiro destinado a Barbossa), la brújula que no apunta el norte (fundamental en la segunda parte), la manzana de Barbossa, las cajas de ron de la isla desierta, el ojo de madera del pirata tuerto, la sombrilla, la Perla Negra… Los objetos como figuras dramáticas capitales, como herramientas para conseguir siempre algo más, casi inalcanzable, con el grosero nombre de Libertad. Pero también desea la libertad el propio Barbossa, y su tripulación, hartos de ser muertos vivientes, de que la comida y la bebida no sepan a nada y de que las buenas compañías no satisfagan su lujuria. Todos quieren algo en esta historia, y hay secuencias tan formidables como la del combate marino entre La Perla Negra y el Interceptor, con ese viraje bestial sobre el ancla, o el ritmazo del combate en cubierta. Cierto que el final se hace un poco largo, y que la esgrima entre Barbossa y Sparrow, muy espectacular, también es demasiado larga, pero hay bastantes aspectos notables que la suben muy por encima de la media.

Para el protagonista, el inefable, borracho, parlanchín, un poco patético, Jack Sparrow, se contó con la presencia inestimable de un Johnny Depp en estado de gracia, que no siempre ha recibido parabienes por este personaje, ni mucho menos. Pero hay algo hermoso y carismático en su anarquía, en su búsqueda de libertad absoluta, en sus andares torpes en tierra y en su cerebro alucinado por el calor del Caribe. Depp, según sus propias palabras, basó parte de la caracterización en Keith Richards, al que tanto admira. En comparación, el trabajo de Orlando Bloom resulta muy pobre. Para mí es incomprensible que este limitadísimo actor, que debutó con la trilogía de ‘El señor de los anillos’, sea un actor de tanto éxito, y además considerado atractivo por cierto sector del público. En las sucesivas secuelas piratescas, fue mejorando ligeramente, pero aquí está muy forzado, nunca creíble, abusando de gestos y tics de intérprete de tercera fila, y sin el menor carisma. Algo parecido pasa con Keira Knightley, una muchacha muy fotogénica (y cada vez más), pero con escasa fuerza en pantalla.

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Menos mal que para intepretar a Barbossa fueron inteligentes y contrataron a uno de los mejores actores de su generación, el genial intérprete australiano Geoffrey Rush, que clava sin aparente esfuerzo el precioso y abyecto personaje del capitán pirata, un feroz y artero individuo, que otorga por comparación más fuerza al de Johnny Depp, y que en mi opinión roba la película en cada secuencia en que aparece. Magníficamente caracterizado, por otra parte, con el rostro surcado de cicatrices, la piel quemada por el sol y los ojos amarillos por la privación de fruta y verdura fresca a bordo (como el resto de la tripulación pirata, por supuesto). Es especialmente brillante el uso de su voz, como en el caso de Depp, pues ambos enmascaran su verdadero timbre sonoro, con una variación increíblemente rica en matices, que indica la dureza de la vida en el mar. Un concepto, el del uso de la voz como herramienta narrativa y psicológica, que es asignatura pendiente en la mayoría de los actores españoles, por desgracia. Con la fascinante voz de Rush, su leyenda del oro azteca sobrecoge y fascina todavía más, y a eso vamos al cine a ver películas como esta.

Imposible aburrirse

Un blockbuster perfectamente diseñado, cierto. Pero también una historia muy bien construida, y un espectáculo sólido e inteligente, disfrutable para cualquier persona de cualquier parte del planeta, creo, y lo más importante: a cualquier edad. No es cine de autor, por supuesto, ni cine artístico, ni nada de eso. No hacía falta ni decirlo. Pero es una película muy disfrutable y muy digna, continuada por dos secuelas (no tardará en llegar la tercera), quizá inferiores, pero también muy disfrutables, y con aspectos aislados realmente notables e ingeniosos, y con muchos de los actores de la primera parte, que siguen desarrollando un gran trabajo, como Jack Davenport, Lee Arenberg o Mackenzie Crook. Por una vez, un gran éxito de público posee bastante calidad estética.

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