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Proyecto X, todo en una noche

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Debo confesar que a mis veinticuatro años YO no entiendo a los adolescentes.

Todo el puto día grabándose. Twitteando. Posteando. Siendo virales. Como yo, exacto. Pero me refiero a esa necesidad de documentarlo todo con audiovisual chungo y de amplificar la comunicación. Ese lapso generacional es para mí importante. Cuando yo era un adolescente de plena potestad, de catorce a dieciséis años, todo me aterrorizaba y lo que realmente me preocupaban eran las mujeres, gustarle, y descubrir qué diantres hacer. Exponerse es un cambio de lenguaje, todos los nuevos medios lo son. Lo que uno descubre en los Facebook y Twitter de los muchachos es que los adolescentes son aburridos. En sus murmullos, cuchicheos y gestos de amor. Nada novedoso, pues.

Un adolescente es interesante si lo mides en la tragedia y a esto voy a volver luego, que os conozco, diablillos. El caso es que la industria del cine norteamericana ha descubierto una industria lucrativa en la adolescencia. En la adolescencia norteamericana, que es bastante distinta a la española. Es una adolescencia de clase media, de un país en el que existe realmente la clase media, y en el que irse a la universidad es algo importante. Esencialmente porque el país es tan vasto, tan ancho y tan grande que irse a la universidad es irse de casa por vez primera.


En España irse a la universidad es irse a por el autobús o el coche, con un poco de suerte irse a una urbe que te pilla lejos y de verdad irse de casa. Pero la distancia es menor, no hablemos ya de la cantidad (de clase media) que existe, claro. En todo caso, la adolescencia, española y hasta norteamericana, es, como os decía, un poco aburrida.

El sexo, regular, mal. Se piensa peor. Se recuerda con nostalgia absurda. Se come sin gusto y con felicidad en subidones y bajones. Se pretende escuchar y atender y se aficiona uno a cualquiera de las diversas y esquivas formas de la pedantería. Se empeña en identificarse uno con cualquier tribu – con la desgracia de que a muchos adultos les funciona todavía ese relato.

Sentimentalmente es todo muy curioso, porque hemos llegado al punto en el que la estupenda ‘Todo en un día’ (Ferris Bueller’s Day Off, 1986) ha marcado a espectadores también españoles. Es una película particularmente norteamericana, como también lo es ‘Dieciséis velas’ (Sixteen candles, 1984), del mismo director. Me refiero a esa vida en casitas residenciales, a esa apología de los ordenadores que parece ser un eco de una generación que ya entonces cambiaba Sillicon Valley. Y la resonancia de los espectadores españoles es, fabuloso, la nostalgia.

La nostalgia por el momento en el que vieron la película, porque todo en ella no se corresponde con los atisbos de una experiencia humana que les resulta comprensible. Está todo resumido, y bien que lo recuerda Eloy Fernández Porta, en la escena de ‘American Splendor’ (id, 2004)en el que el amigo del protagonista cree que ‘La revancha de los novatos’ (Revenge of the nerds, 1984) habla para él mientras que el Harvey Pekar ficticio, el que encarna Paul Giamatti, insiste con bastante inteligencia en que no es el mismo nerd un tipo corriente con aficiones parecidas que otro de una família de clase alta y una previsible educación superior en Harvard.

Con frecuencia me pregunto en qué momento fuimos decidiendo que la ideología iba a quedar fuera de la ecuación y descontextualizar las cosas por el puro placer de hacerlas nuestras. No digo yo que no sintiera un subidón increíble al ver la película y a Matthew Broderick cantando con doce años, pero cada vez ha sido mejor comprobar hasta qué punto me parece una película estupenda de fantasía en la que nada se parece remotamente a una experiencia.

Entonces, los mejores relatos adolescentes son las tragedias hemos dicho. Y en ese aspecto, ‘Chronicle’ (id, 2012) es ejemplar. También es una película que habla del dolor y de la desgracia, lo cual es una muy buena noticia, pero de ella hablaremos otro día, porque usa, como este ‘Project X’ (id, 2012), la técnica del found footage, el manuscrito encontrado,.

O las fiestas. Las épicas están descritas con humor magnífico en ‘Desmadre a la americana’ (Animal House, 1978). La épica es una solución, por cojones, la misma que emplean todos aquí, porque el ridículo desborda pero la posibilidad de gustar a las mujeres convierte el relato en, automáticamente, épico. La perspectiva de estas películas, adivináis, es masculina.

En ‘Supersalidos’ (Superbad, 2007) había una escena desoladora y verdadera: aquél fiestón que termina con dos mejores amigos confesando su afecto. En esas películas, sobrepasamos los lugares idílicos locales para introducirnos, de nuevo, en algo más común.: la adolescencia como el lugar de las hostias, el entusiasmo y los rechazos y las pequeñas batallitas.

Esta película que nos ocupa es esencialmente eso. Una película de Hughes para la generación que ha crecido aplaudiendo ‘Resacón en las Vegas’ (The Hangover, 2009) y grabándose todo el tiempo. Os puedo asegurar que estos chavales me dan pavor, pero que la película contiene gags, como ese enano que sale del horno, que no olvidaremos.

Los pringados tienen el caserón de uno de ellos, montan un fiestón y todo termina en llamas. ¿Es eso todo? Parece que, de momento, sí. Muchachitas en bikini, hipérboles visuales mientras la cámara al hombro tiembla y los chicos no se lo creen. Para Todd Philips, cada etapa de nuestra vida es un espectáculo de coches rodando, parece.

La película es tan profundamente amoral y nihilista que termina siendo muy divertida. Y todo eso está bien, también ver que el mayor espectáculo de desorden al que hemos asistido en una película mainstream es considerado aceptable siempre que sea por el fiestón. En tiempos tan altamente politizados, con los muchachitos del IES Lluis Vives recibiendo hostias, me pregunto si habrá cineastas que coserán otro relato de otros adolescentes en un tiempo de crisis y derrota.

De momento, risa floja y a gosar.

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