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'Scott Pilgrim contra el mundo', Ser joven

'Scott Pilgrim contra el mundo', Ser joven
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“Ser joven” nos enseña Ryan Adams “es estar colocado, es estar triste”. ¡Y quién puede decir lo contrario! El blues, incluido en el disco/emblema generacional Heartbreaker, promete una vigencia duradera y miles de contextos, pero además conviene decir que ‘Scott Pilgrim’, esos siete volúmenes de tebeos escritos y dibujados por Bryan Lee O’Malley, proponen un retrato más ajustado a estas costumbres de finales de los noventa, principios de los noughties que se han dado entre lo que viene siendo, snif, la gente joven.

El tebeo narra las andanzas de un vago, uno casi literal, obsesionado con triunfar con su grupo local de rock indie, Sex-o-Bomb, y enamorado, casi de manera onírica, de Ramona Flowers. Deberá vencer a sus siete ex-novios y también a una inmadurez recalcitrante y hasta cierto punto encantadora que permite el enfrentamiento. Porque la vida de Scott Pilgrim es la vida de un chico alejado de cualquier otra metafísica que no sea la de la cultura popular y su mapa emocional no está guiado por otro dilema que no se pueda explicar usando retórica del videojuego.

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¿Y saben? Las buenas noticias no terminan aquí porque su adaptación cinematográfica, escrupulosamente simplificada en el guión, pierde todo el punch surreal del tebeo, que mezclaba con gran inteligencia secuencias oníricas, recuerdos adolescentes del protagonista y costumbrismo desarmante, pero gana en sabor generacional. Su fracaso en cines no debería llevar a nadie al engaño: esta es la película de una generación con un pie en la xbox y otra en los Strokes, la misma que lo flipó con los primeros discos de los New Pornographers.

Tan incomprendida en su día como lo fue ‘Speed Racer’, una propuesta capaz de hacer del remix de géneros algo arriesgado y divertido, pero también tan consciente de estar hablando para un tiempo y para una duración, muchos especularon con la posibilidad de que sensibilidad indie y sensibilidad geek no fueran lo mismo, en un giro ciertamente interesante, los asuntos de clase que subyacen en toda propuesta dirigida a ciertas corrientes de la moda, pero incorrecto, pues la cultura popular de los ochenta es fácilmente combinada por esta estética. En este sentido, solamente cabe ver algún videoclip de los Strokes para entenderlo.

El reparto brilla con aciertos de cásting de pleno. Nadie ha reivindicado lo suficiente el maravilloso sentido del humor de Brandon Routh y Chris Evans que dotan de un bienvenido histrionismo a sus ex-novios, ni la belleza subyugante y rara de Mary Elizabeth Winstead, deudora de la Kate Winslet imaginada por Michel Gondry, aunque resulta fácil rendirse al carisma de un resurgido Kieran Culkin mientras Michael Cera se consagra como definitivo actor indie, tras el éxito de ‘Juno’ y su forja en la serie de culto ‘Arrested Development’.

La virulencia de la puesta de escena de Edgar Wright está llena de frescura contagia a todos sus actores y la película está llena de humor, imaginación intertextualidad. Todo lo que debemos aprender sobre ella está, en cierta medida, escrito en la pantalla. De ahí gran parte de sus aciertos, de ahí la mayor parte de sus virtudes.

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