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'Trainspotting', la épica salvaje de los yonquis

'Trainspotting', la épica salvaje de los yonquis
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Antes de meterme en faena, he de decir que con esta película me pasa un poco como con ‘Amélie’ (id., Jeunet, 2001), filme francés con el que me lo paso bomba, pero que después de sus veinte primeros minutos me acostumbro demasiado al estilo (extremo) con el que me cuenta las cosas, y no es que acabe harto de él, pero pierdo el entusiasmo inicial, pues le es imposible a Jeunet mantener la sorpresa y el interés inicial. Con ‘Trainspotting’ (id., Boyle, 1996) me ocurre algo parecido, sin llegar a cansarme tan deprisa. Pero es el problema de una narrativa tan extrema y tan radical, que es imposible que la seducción de los primeros minutos pueda compararse con la de los últimos. Aún así, y a pesar de que su estilo no es el cine que más me emociona, he de confesar la absoluta debilidad, un tanto adictiva (nunca mejor dicho), que siento por esta película.

‘Trainspotting’ fue un fenómeno social y cinematográfico similar al de ‘Pulp Fiction’, y no creo exagerar un pelo. Desde que apareció, han surgido cientos de imitadores tratando de emular esta barrabasada absoluta de película. Sin embargo, ninguno ha logrado esta afortunada mezcla de comedia gamberra y búsqueda existencial, narrada con el pulso de un adrenalítico salvaje, sin complejos y sin miedo por caer en el ridículo. Porque de manera asombrosa, durante todo el metraje, la caída en el ridículo se vislumbra cercana, y no se sabe cómo pero en lugar de venirse abajo, se sostiene por no sé qué milagro. ¿Será el reparto, será su historia, será su audacia? Ni la menor idea, pero nos mantenemos pegados a la butaca, o al sillón, hasta que termina, preocupados por el destino de ese a ratos patético a ratos mezquino Renton, rodeado de la panda de chavales perdedores más lúgubres en muchos años de cine.

Adaptación de la novela homónima de Irvine Welsh, llevada a cabo de manera brillante por John Hodge, el relato condensa en sus noventa y cuatro minutos de metraje las desventuras de un yonqui que ya ni recuerda la cantidad de veces que ha tratado de dejar la heroína, pero que a pesar de ello, al comenzar, declara en una brillante voz en off las razones por las que está enganchado y lo innecesario de preocuparse por los miles de detalles mundanos por los que se deja la vida la sociedad burguesa. Toda una declaración de principios: “Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compacdiscs y abrelatas eléctricos. Elige la salud: colesterol bajo y seguros dentales, elige pagar hipotecas a intéres fijo, elige un piso piloto, elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige el bricolage y pregúntate quien coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el puto sofa a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima ,en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoistas y hechos polvo que has engendrado para reeemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida. Pero, ¿por qué iba a querer hacer algo así?. Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa, y las razones: No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”.

Una puesta en escena colocada de caballo

No me extraña la conmoción que supuso este estreno hace ya catorce años. Sobre todo porque a pesar de su escatología y de su ausencia de complejos, mantiene un raro equilibrio. Y cuando hablo de escatología, me refiero a escatología de la buena, que sobrepasa los terrenos de la sordidez (de esa también hay bastante, ciertamente) para adentrarse en el de la suciedad moral y emocional más profunda. La tronchante secuencia en la que Spud (Ewn Bremner) se despierta y se da cuenta de que se ha cagado encima por su colocón de la noche anterior, provoca un asco inmenso…pero no podemos parar de reir. En cuanto a la ausencia de complejos, es de agradecer que Boyle ignore con descaro las más elementales normas de la prudencia narrativa y acelere la imagen para describir el estado interior de un Renton en rehabilitación. Quizá esa sea la clave: poner la puesta en escena, por colocada de caballo que esté, al servicio de la verdad anímica de los personajes.

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Pero hay mucho más: algo así como una épica sorprendente en torno a la existencia de criaturas tan dantescas, a las que se consigue (tampoco se sabe muy bien cómo) otorgar de una extraña dignidad que los hace dignos de toda conmiseración. Todos menos Begbie (un sensacional Robert Carlyle), claro, un ser abyecto y cruel hasta límites inimaginables, cuya caída final celebramos aún sospechando que su posterior venganza será terrible. Y Ewan McGregor, por supuesto, como si no fuera él, en un papel en el que se mete hasta el punto de que no parece interpretar en ningún momento. No es un actor al que quien esto firma considere un grande, propenso a darse facilidades, pero es cierto que de vez en cuando lo clava, y este es uno de esos casos. A su lado Johnny Lee Miller o Kevin McKidd no desmerecen. Todos ellos conforman el retrato sin concesiones de una juventud perdida, de una derrota asumida pero no por ello menos digna.

Sorprende que este relato de perdedores drogadictos en un Reino Unido (concretamente los suburbios de Edimburgo en Escocia) siempre dispuesto a que nadie le enseñe sus vergüenzas, triunfara de la manera en que lo hizo, y se erigiera casi en un hito generacional. Y sorprende mucho que Danny Boyle esté tan pendiente de sus criaturas, cuando en general está más preocupado por demostrar su audacia pirotécnica (realmente brillante, sin duda, pero muchas veces opaca), la cual le hizo ganar un calvo dorado al mejor director hace pocos meses. Dudo mucho que vuelva a repetir esta hazaña, pues ya es película mítica, y no creo que sea un gran director. Eso sí, puede estar bien satisfecho de haberla hecho, de habernos hecho reir mientras ponemos cara de asco, o de conseguir que nos preocupamos tanto por un yonqui de sonrisa pícara.

En conclusión

Notable filme, pese a sus acusadas arritmias, que aunque parezca mentira no ha envejecido casi nada, y que tiene el valor y la importancia de retratar a una galería de personajes veraces y llenos de vida (y de sustancias adictivas…), con una excelente selección de canciones y un diseño de producción realmente imaginativo. Divertida y arrolladora, tétrica y alocada, su fama permanece intacta hoy día. Para ver una madrugada insomne con ganas de derrapar por este viaje lisérgico. La secuencia: Renton siendo engullido por el asqueroso retrete, y buceando en pos de sus valiosos supositorios.

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