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Western: 'Los que no perdonan' de John Huston

Western: 'Los que no perdonan' de John Huston
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El pasado día 2 Burt Lancaster habría cumplido cien años. A modo de recordatorio vamos a centrarnos en este ciclo del western en dos de las películas protagonizadas por él, dos trabajos que no se encuentran entre los más citados a la hora de hablar de un actor que intervino en películas imprescindibles en la historia del séptimo arte. Como suena, basta con echar un vistazo a la filmografía de alguien a la que el término intensidad le iba como anillo al dedo. 'Los que no perdonan' ('The Unforgiven', John Huston ,1959) es un extraño western que tampoco suele citarse cuando se quieren destacar las mejores obras de su director, uno de los más grandes de Hollywood y también uno de los más incomprendidos, con una carrera que abarca desde el tiempo del sistema de estudios hasta finales de los ochenta cuando el cine parece ya otra cosa. Un realizador todo terreno con una fuerte personalidad y cierto espíritu rebelde en casi todas sus cintas.

Nos encontramos ante un rara avis que sufrió lo suyo en la fase de post-producción, auténtica etapa de pesadilla para muchos directores. En este caso la productora cortó numerosas secuencias quedando algunos personajes secundarios algo incompletos en una historia que versa sobre las relaciones interraciales y que se aparta de la épica de muchos de los westerns de aquellos años y también del habitual retrato de perdedores al que nos acostumbró Huston a lo largo y ancho de su filmografía, al menos en los roles protagonistas. Se trata también de una de las dos veces que el director se sumergió en el mundo del western al lado de la también extraña 'El juez de la horca' ('The Life and Times of Judge Roy Bean', 1972) —que trataremos en el especial de Paul Newman— y que a su vez cuenta con la única inmersión en el género de esa bella actriz que fue Audrey Hepburn.

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(From here to the end, Spoilers) La historia y personajes de 'Los que no perdonan' recuerdan en algunos de sus puntos cardinales a films previos como 'Centauros del desierto' ('The Searchers', John Ford, 1956) —esa atemporal obra maestra que trataremos en el futuro especial sobre un director que sólo se entiende y disfruta en su totalidad cuando uno se hace mayor—, y en la ya comentada 'El rastro de la pantera' ('Track of the Cat', William A. Wellman, 1954). De la primera cambia su premisa; si en aquella teníamos la búsqueda de una niña blanca raptada por los indios, aquí es el hombre blanco quien ha raptado una niña india, y de la segunda un retrato familiar formado por una madre con carácter y tres hermanos muy distintos entre sí, y también cierto toque fantastique que aquí recae en un misterioso personaje interpretado por Joseph Wiseman, una especie de espíritu errante que conoce la verdad sobre el pasado de la familia Zachary y su hija adoptada, la causa directa o indirecta de las decisiones de todos los personajes del film.

El desarraigo, la identidad y la convivencia son temas a tratar en una película cuya primera media hora parece ocultar sus cartas mientras propone un dibujo de personajes de lo más extraño. Diálogos punzantes, algunos de una sutileza increíble y que se encuentran entre lo mejor que ha salido de la pluma de Ben Maddow, que adapta una novela de Alan Le May, no por coincidencia el autor del material base del film de Ford antes mencionado. Baste citar los diálogos entre Lancaster y Hepburn, trasunto de relación incestuosa en medio de un mundo de envidias, celos, secretos de familia y enfrentamientos entre vecinos sólo por defender lo que cada uno piensa, cree y siente ser. En pocas películas, y hay que reconocer que un western se presta a ello como ningún otro género, se ha visto con tanta intensidad a clanes familiares enfrentados por diferencias raciales. Huston no se corta un pelo y lleva su películas hasta sus últimas consecuencias. Como en muchas de sus obras la muerte domina el tramo final del film.

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'Los que no perdonan' es una película que empieza de forma muy vitalista y alegre; poco a poco se va oscureciendo sin dejar de ser el gran espectáculo que proponen alguna de sus imágenes. Esos grandes espacios abiertos cobran todo su sentido en una espléndida persecución filmada a base de sorprendentes tomas cenitales que al lado del fantasmagórico pasaje a través del polvo y la niebla tras el misterioso personaje de Ben (Wiseman), choca con toda esa parte final introspectiva en la que Huston no da nada por sentado. La verdad sale a flote y cada uno deberá enfrentarse a ello como mejor puede subrayado por ese oscurecimiento de situaciones y personajes a los que Huston trata con una dureza casi extrema. El ataque al hogar de los Zachary está mostrado con una violencia sin concesiones y con cierto suspense —esa munición que poco a poco se va acabando—.

A la vitalidad de Lancaster, actor cuya excelente forma física se proyectaba sobre sus interpretaciones, hay que sumar la delicadeza/dureza de una Hepburn muy cómoda con un personaje nada fácil y sobre el que recae el mayor cambio dramático. Aunque no lo parezca y aún tratándose de Huston, 'Los que no perdonan' simula por momentos una película en la que las mujeres dominan la trama. La mítica Lillian Gish se adueña varias veces la función con uno de los poco personajes que conocen la verdad sobre el pasado que tan fuerte marca el futuro de los Zachary. Si algo merece la pena recordarse por encima de los demás valores del film es esa bella secuencia de Gish tocando el piano, de un lirismo arrebatador, de una belleza anómala en un mundo salvaje en el que se enfrentan la naturaleza y la identidad de cada uno. A eso sumemos su participación en el salvaje ajusticiamiento de Ben, en el que la calma de alguien que tiene la sensibilidad para interpretar a Mozart, se vuelve juez, jurado y ejecutor con un simple golpe al caballo que sostiene a Ben bajo la soga, y en cierto modo marca su propio destino también.

Una magnífica película que no debería caer en el olvido a pesar de la coincidencia en título, menos el artículo, con cierta obra maestra de Clint Eastwood, actor/director por cierto de aire hustoniano a veces. Existe, eso sí, un paralelismo entre ambas que llama la atención, esa forma de mostrar al personaje central bebiendo como preámbulo al infierno que está por venir.

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