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'10.000 noches en ninguna parte', huir para encontrarse

'10.000 noches en ninguna parte', huir para encontrarse
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Que Ramón Salazar es uno de los directores españoles más interesantes y personales cuando se trata de sus propios proyectos nadie lo puede discutir. Hay quedan sus 'Piedras' (2005) o '20 centímetros' (2010). Salazar se lo toma con calma y prepara con mucho mimo cada uno de sus trabajos. Cuatro años después de su extravagante película musical, y una largo periodo de producción y rodaje llega '10.000 noches a ninguna parte'.

El relato de una delicada huída. Una escapada de los traumas de infancia, los traumas familiares, los traumas de vida de un personaje perdido al que no le queda más remedio que escapar. Rozando lo experimental, '10.000 noches a ninguna parte' nos lleva a París, Berlín y Madrid, tres ciudades o ninguna. Lo que si es cierto es que Ramón Salazar sí que sabe donde va y nos lo deja aquí muy claro.

Huir para encontrarse

10.000 noches a ninguna parte

En '10.000 noches en ninguna parte', Ramón Salazar nos presenta a un joven de desconcertante ingenuidad y vida gris, monótona y familia problemática. Con tan sólo cerrar los ojos, escapa para encontrar sus otras vidas: la vida en París, donde tiene un romance con una especie de estrafalaria Amélie y a Berlín, dónde conoce la libertad en todos los snetidos y el dejarse llevar de la mano de Ana, Claudia y León.

El tercer largometraje de Ramón Salazar es muy complejo y puede estar abierto a varias lecturas gracias a esa narración poco precisa —y eso no es algo malo aquí, ¡ojo!— y su aire experimental. Lo que si está claro es que '10.000 noches en ninguna parte' es un viaje, y no sólo físico, sino también psíquico en el que el personaje principal trata de huir para encontrarse ante versiones de él que le gustan más o que, al menos, se le presentan más libres.

No sabemos si los viajes a París y Berlín son reales o simples fantasías del protagonista, recién entrado en la vida adulta. Pero si sabemos que trata de huir de su gris vida en Madrid, la desintegración de su familia y la inestabilidad de su madre alcohólica —fantástica, fantástica Susi Sánchez—, pero ambas ciudades nos muestra, a veces con elementos oníricos y poéticos que nos hace pensar en la ensoñación, dos partes muy diferentes del personaje protagonista.

10.000 noches en ninguna parte

Por una parte, París y sus calles adoquinadas y los largos transbordos del metro, donde volverá a revivir su infancia al reencontrarse con una antigua amiga del colegio —una infantil y naïf Lola Dueñas—, con la que jugará, correrá y aprenderá a superar miedos y temores como un niño. Un regreso al pasado y sus miedos, y también a la diversión e inocencia de la infancia, pero vivida desde un punto de vista adulto.

Por otra Berlín y sus tres habitantes: Ana Claudia y León, representantes de la liberación total, la falta de prejuicios y represión sexual. El protagonista entra en un pequeño universo de amor y sexo libre, donde desarrollará una vida sexual que había estado reprimida hasta ese momento.

Andrés Gertrudix en ninguna parte

andrés gertrudix

O más bien en todas partes. ¿Por qué nadie se había atrevido a darle un protagonista a este chico antes? Visto en películas como 'El idioma imposible' (Rodrigo Rodero, 2010) o 'El Orfanato' (Juan Antonio Bayona, 2007), Andrés Gertrudix construye a el Hijo —su personaje no tiene nombre— con una capacidad asombrosa para dotarlo de un sinfín de matices que van desde la libertad total de alguien que la descubre por primera vez hasta el terror más absoluto. Un trabajo que, sin duda, bien habría merecido más reconocimiento en la temporada de premios pasada.

Junto a Gertrudix, las ya citadas y fantásticas Lola Dueñas y Susi Sánchez —es una de las mejores actores de este país y poca gente lo sabe—, y Najwa Nimri, que a pesar de los susurros consigue emocionar con un plano fijo en el que desvela su secreto o la menos acertada Paula Medina, en el papel de alocada amiga berlinesa.

Es muy díficil hablar de '10.000 noches en ninguna parte' y a veces, puede ser díficil en su dinámica que va de lo onírico a lo experimental rozando, a veces, el cine social. Pero una vez se accede, se convierte en un fascinante, sensible, opresivo —y a la vez liberador— viaje a lo más profundo del ser humano.

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