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Intenciones

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Una lectura sobre cine muy recomendable para esta semana es esta pequeña vindicación de 'Starship Troopers: Las brigadas del espacio' (Starship Troopers, 1997) como una de las películas peor entendidas de toda la historia del cine. Apareció en The Atlantic y su interés está, de manera indudable, solamente en el hilo de comentarios.

El texto que genera tal debate es modesto, una especie de largo anuncio de una pedagógica revisión de la película de Paul Verhoeven que nunca llega. Pero en los comentarios hay una discusión que me ha dejado boquiabierto, incrédulo e incluso con un cierto regusto pesimista: la gente discute sobre si la película es o no es una sátira, y se debaten los límites de representación o de tono de una sátira con un sinfín de comparaciones del más diverso origen y pelaje.

Con gran frecuencia, se usan las comparaciones para olvidar lo específico de un asunto. Cuando se recurren a las comparaciones, se debe tener en cuenta que si no se iluminan aspectos de uno o de los dos objetos comparados, no se dirá nada, así que es importante no usarlas gratuitamente. Miles de nombres son convocados por los comentaristas, para justificar que la película no funciona como sátira.

Más desconcertado me ha dejado la postura de uno. Dice algo así como "el tipo que dirigió 'Showgirls' (id, 1995) no puede ser el autor de una gran sátira". Es obvio que una afirmación así es falaz, usando la afirmación del consecuente. Me ha resultado preocupante por dos motivos, principalmente.

El primero es que la respuesta que ha provocado en otro comentarista, seguramente bienintencionado, ha sido "pero también dirigió 'Robocop' (id, 1987)". El segundo es que creía que en pleno 2013, el cine de Verhoeven ya había encontrado al público audaz, inteligente y librepensador que no encontró en su momento.

Pasemos a la película en si: ¿por qué es una sátira la aventura espacial de los bichos? Bien. Situemos la historia en un contexto: se narra una batalla, de larga duración, entre humanos (todos militarizados) y un grupo de antagonistas repugnantes, llamados "bichos". Los héroes de la película son, además, muy guapos y muy limpios. Sus sueños son arquetípicos. Quieren luchar usando sus distintas capacidades. Emprenden matanzas.

La película usa una estructura mediáticamente contaminada. ¿Desea saber más? oímos, dando a entender, de un modo claro, que se trata de un artefacto de propaganda de las hazañas militares. Con estos sencillos elementos, sin entrar en la cantidad de veces que se recala en Leni Riefenstahl, me cuesta creer que espectadoras y espectadores no se pregunten ¿por qué escoge el director decisiones tan deliberadas? ¿por qué escoge este tipo de diálogos? ¿Por qué quiere que me ría de la matanza de unos bichos?

En el tercer acto, sin ir más lejos, los científicos encuentran el miedo en el cerebro de los enemigos. Y la respuesta natural de los personajes es usarlo para ganar la batalla. Esto sucede de manera clara y obvia en la película, que se cierra con un gracioso spot de propaganda. ¿Cómo se puede dudar de las intenciones del cineasta y llevar el debate a terrenos inconcretos, vacuos y tan evidentemente errados?

Otro tanto sucede con la anterior y denostada película del director, la historia de una joven (Elizabeth Berkley) que busca triunfar y que fue galardonada en su día con un Razzie Award. La película transcurre en el gran páramo del capitalismo tardío, Las Vegas y en ella todas las actitudes que garantizan el triunfo, cuando no la simple supervivencia, son terribles, sórdidas y dolorosas. La película usa, como otras de su director, un montón de recursos melodramáticos y extremos, y nunca busca un pretendido realismo (el realismo es una decisión estética y deliberada, como cualquier otra), pero consigue evocar pavorosidad humana y de un modo efectivo: el final de la película es doloroso, y vemos todo lo que ha pagado su protagonista y en qué fundamentos se sustenta la fama.

Verhoeven se pasó años satirizando de manera inclemente Hollywood o sus alrededores, trabajando dentro del sistema y con una miopía crítica que me cuesta creer que se vea correspondida con la de espectadores. No tengo duda de quienes produjeron la aventura de Alex Murphy/Robocop no estaban muy al corriente de las intenciones del cineasta, pero en la película estas resultaban alarmantemente claras desde el principio: Detroit es una ciudad en manos de mercaderes de diverso pelaje (de armas y drogas, de corruptores y corrompidos) en la que la única solución viable a sus conflictos es violenta y parcial, con la creación, a través de un pobre policía, de un robot destructor que se encargue de agredir al lumpen. De nuevo, en el tercer acto de la película, la más vil y peligrosa amenaza era el empresario armamentístico que jugaba con sus intereses privados en la ciudad.

¿Y qué decir de los villanos de 'Desafío Total' (Total Recall, 1990) y sus empresas controlando Marte y estropeando la naturaleza de las urbes? Pues claro que Verhoeven es un cineasta satírico, lo que nunca ha sido es un cineasta facilón: su sátira no se basa en hacernos sentir mejores, más inteligentes, seguros de que no somos partícipes o de que estamos limpios de esos mundos. Con gran frecuencia, se celebran sátiras que nos recuerdan los tontos que son los demás y que básicamente nos dejan en el lugar en el que comenzamos. Si Verhoeven es un sátiro ejemplar es precisamente por todo lo contrario, pues él satiriza a veces hasta contra si mismo: el final de su epopeya marciana, con Schwarzennegger sugiriendo que todo ha sido una gran parafernalia, una treta definitiva admite ser leído, precisamente, como un gesto de Verhoeven contra sus procedimientos anteriores.

Su sátira se basa, como en sus películas sin estos elementos pero también siniestras y ambiguas como la excelente 'El Libro Negro' (Zwartboek, 2006), en demostrar que el ser humano está lejos, muy lejos, de ser un animal razonable, bondadoso y salubre para la tierra. Cómo encima hemos llegado a un mundo donde nos cuesta entender a uno de los maestros más estupendos de este apocalipsis es, quizás, una ironía última y feroz, propia de Verhoeven.

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