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'Murder in the First', una investigación muy genérica

'Murder in the First', una investigación muy genérica
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Steven Bochco tiene 70 años pero se niega a jubilarse. Marcó la televisión de los ochenta y los noventa con clásicos como ‘Canción triste de Hill Street’ o ‘La Ley de Los Angeles’, pero hace tiempo que no es relevante. ‘Commander in chief’ y ‘Raising the bar’ fueron sus últimos proyectos y ninguno tuvo suerte. Pero ni tan siquiera estos fracasos le quitan de la cabeza la idea de volver y este verano lo vuelve a intentar con ‘Murder in the First’.

El razonamiento detrás de esta serie es cristalino. ¿Qué está de moda estos dos últimos años? Pues las series de asesinatos que centran toda una temporada en un mismo caso. La ficción danesa ‘Forbrydelsen’ fue la precursora con el remake ‘The Killing’, después se adaptó ‘The Bridge’, está pendiente de estreno ‘Gracepoint’ que imita la británica ‘Broadchurch’ y HBO obsesionó a la crítica con ‘True Detective’. ¿Así que por qué no subirse al carro?

Todas las modas tienen rémoras y este caso precisamente no apunta maneras
El canal de cable básico TNT tiene ya unas cuantas series policíacas que funcionan bien de audiencia. ‘Rizzoli and Isles’ y ‘Major Crimes’, con quien comparte noche, tienen un cojín sustancioso de público, así que a priori tiene cabida en la programación. Pero todas las modas tienen rémoras, series que no aportan absolutamente nada interesante, y ‘Murder in the First’ no apunta precisamente maneras.

Como obliga el género, arranca con un asesinato: un delincuente de poca monta aparece muerto y los inspectores Terry English y Hildy Mulligan son los encargados de investigar el crimen. Una pista les lleva a Erich Blunt, un prodigio del Silicon Valley que resulta ser el hijo biológico del fallecido y que no tiene parece que esté relacionado con el caso. Pero pronto comenzarán a sospechar cuando aparezca otro cadáver. ¿Puede ser casualidad que dos personas relacionadas con el millonario mueran la misma semana?

Todo caso tiene sus detectives

Otro principio del género, el de marcar rápidamente el carácter de los protagonistas, también se cumple de forma automática. Hildy (Kathleen Robertson) es una madre soltera muy desorganizada y Terry (Taye Diggs) tiene a su mujer en fase terminal. Esto le convierte en una bomba de relojería mientras hace su trabajo y en el primer episodio estalla ya un par de veces.

¿Por qué nadie asume el riesgo que contrae tenerle en activo y le obligan a cogerse la baja? ¿Por qué no se inventan una excusa más convincente para que siga trabajando, más allá de una conversación forzada con su mujer, que le dice que prefiere tenerle en el trabajo que a su lado cuando puede morir en cualquier instante? Este es el otro gran misterio que deja abierto la serie y todavía no tiene respuesta, por lo menos dos episodios después (y en el segundo todavía es menos verosímil).

Tom Felton en
Draco Malfoy otra vez haciendo de las suyas.
El problema del perfil de los protagonistas no es que los hayamos visto cincuenta veces antes. Sarah Lund o Martin Rohde no eran originales pero tenían matices que les hacían frescos, creíbles y redondos. Pero les ocurre lo mismo que a toda la serie: les falta brillo, les falta ser orgánicos, les falta tener algo que los haga especiales. Y no me refiero a que sean autistas y se les mueran parientes sino que tengan buenas líneas.

Pero ‘Murder in the First’ no está por la tarea. Es lo menos característico que he visto en mucho tiempo y no consigue tener una atmósfera propia y diferenciadora, lo que suele distinguir todos los ‘whodunnits’ que pasan por la televisión. La fotografía no tiene ningún tipo de tratamiento (o no lo parece), los diálogos son funcionales, los secundarios tienen cero presencia y las circunstancias personales parecen trámites necesarios para imprimirles carácter a los protagonistas.

Se trata de un experimento sobre cómo hacer el 'whodunnit' más genérico de la TV
Procuran, por ejemplo, que Erich Blunt (Tom ‘Draco Malfoy’ Felton) sea inquietante. Es el principal sospechoso, da la impresión que puede ocultar algún dato y que es muy listo, pero no transmite temor en ningún momento. No tiene porqué ser culpa del actor (¡ni culparía a Taye Diggs por mediocre que sea!) porque con esa ambientación es imposible que nada transmita suspense.

Y, como también manda el género, al final de cada capítulo hay un pequeño atisbo de avance, de giro o de confirmación. Pero, de momento, ninguno suscita el más mínimo interés: como espectador es imposible sentir que se presencia una investigación, que hay algo en juego. Se trata más bien de un experimento sobre cómo hacer el ‘whodunnit’ más genérico de la televisión. En este aspecto se sale, sí, pero no creo que este debiera ser el objetivo.

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