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'Luna de papel', sólido ejercicio de cine "retro"

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-Addie Loggins

‘Luna de papel’ (‘Paper Moon’, Peter Bogdanovich, 1973) será siempre recordada por el personaje de Addie Loggins, interpretado por una fenomenal Tatum O´Neal, que acabaría llevándose el Oscar, con lo que pasaría a ser la actriz más joven en poseer la estatuilla —no superada ni por Anna Paquin—. Pero no es ésta la única virtud de una película entrañable situada en la época de la Gran depresión americana y en la que seguimos las desventuras de un par de timadores —que quizá son padre e hija o quizá no— de poca monta en una suerte de road movie por el profundo sur americano.

Al igual que en ‘La huérfana’, también tenemos aquí a una niña como protagonista, aunque con notables diferencias: estamos en el terreno de la comedia clásica, concretamente, una revisión nostálgica de la misma. En la década de los 70 surge una generación desencantada tras los años de paz y amor y el fracaso de los ideales de mayo del 68. En las postrimerías de la guerra de Vietnam, la juventud americana comienza a cuestionarse todo. Atrás queda el optimismo sin límites de la década anterior, y el cine político y de denuncia vive un verdadero apogeo con cintas como ‘La conversación’ (‘The Conversation’, Francis Ford Coppola, 1974) ‘El último testigo’ (The Parallax View’, Alan J. Pakula, 1974) o ‘Los tres días del Cóndor’ (‘Three Days Of The Condor’, Sidney Pollack, 1975). Pero también en ese contexto se puso de moda el cine “retro”: una manera de retroceder a tiempos anteriores como refugio ante la situación actual. Destacaba éste por un cierto conservadurismo y una rigidez en la representación que significaba una vuelta a valores cinematográficos más canónicos frente a la oleada de nuevos cineastas que renegaban del legado anterior. Hablamos de películas como ‘El golpe’ (‘The Sting’, George Roy Hill, 1973), ‘El gran Gatsby’ (‘The Great Gatsby’, Jack Clayton, 1974) o ‘Fiesta salvaje’ (‘The Wild Party’, James Ivory, 1975). Es dentro de este cine donde surge un cineasta a la contra como Peter Bogdanovich.

Afamado crítico de cine, autor de un estupendo documental sobre John Ford y de un no menos interesante libro de entrevistas con Orson Welles, debuta en el cine ya había realizado un nostálgico y maravilloso film: ‘La última película’ (‘The Last Picture Show’, 1971), canto fúnebre al fin de un pasado idílico que ya no lo será más. Posteriormente realiza ‘¿Qué me pasa, doctor?’ (‘What’s Up, Doc?’, 1972), una divertidísima comedia con aroma clásico que bebe de Howard Hawks, George Cukor y demás representantes de la screwball comedy de la época dorada de Hollywood. Cinéfilo empedernido, quizás el alma gemela de Bogdanovich en España sea José Luis Garci, pero las diferencias entre ellos son profundas: Garci, apasionado estudioso del séptimo arte en su vertiente más clásica y firme defensor del “cualquier tiempo pasado fue mejor” obliga a sus criaturas a encerrarse en prisiones de décadas pasadas, donde no se permite que el presente contamine el aire, y en su afán por conseguir actuaciones clásicas y películas “como las de antes”, lo único que logra son declamaciones teatrales y un anquilosamiento narrativo que hiere de muerte a su cine. En cambio, Peter Bogdanovich crea cine clásico siempre desde el presente, no evoca como un médium a los fantasmas de tiempos pretéritos, sino que emplea herramientas actuales para fabricar un cine de factura clásica que no excluye la ironía, aunque no llegue a los niveles de, pongamos, un Todd Haynes en ‘Lejos del cielo’ (‘Far From Heaven’, 2002).

La película podría encuadrarse dentro de las buddy movies, subdivisión niños, y tiene como compañeras de viaje a títulos recientes como ‘El Profesional’ (‘Leon’, Luc Besson, 1994) o ‘Un mundo perfecto’ (‘A Perfect World’, Clint Eastwood, 1993). El timador Moses Pray se encontrará con la horma de su zapato en la figura de su supuesta hija, un retaco de diez años que fuma, jura en arameo y estafa como una consumada experta. La química entre ellos dos funciona de maravilla, y a ello no puede ser ajeno que Ryan O´Neal y Tatum sean padre e hija en la vida real. Con espíritu lúdico y anclando en una tradición de la picaresca que comienza con “El lazarillo de Tormes”, ‘Luna de Papel’ se propone como un viaje iniciático del que padre e hija saldrán más sabios, con la particularidad de que en este caso será la figura paterna la que gozará de un aprendizaje mayor.

A través de un país en una profunda crisis económica, el tándem de timadores sobrevive vendiendo biblias a fallecidos, robando alcohol o realizando pequeñas estafas con billetes, todos ellos timos de guante blanco. Por el camino se irán encontrando a unos personajes que definirán la época por la que se mueven y a ellos mismos. Es el comienzo del “New Deal” de Franklin D. Roosevelt, el cómico Jack Benny arrasa en la radio y la ley seca impera en el horizonte. Todo ello se nos muestra con mano maestra y gracias a la sutilidad de buen artesano de Bogdganovich. Notable es el de la buscavidas interpretada por Madeline Kahn , propietaria del diálogo más memorable del film, en el que en un arranque de sinceridad, ruega a la pequeña Auggie que le permita permanecer unos días más con su padre, ya que “al final, todos se cansan y me abandonan. No tendrás que esperar mucho”. El estilo retro alcanza hasta los más pequeños detalles, y una persecución por las desérticas y polvorientas carreteras de Kansas se parece sobre todo a las de los “Keystone Cops” de Charles Chaplin. El tono siempre es suave, y hasta en los momentos en que parece que la tragedia va a aflorar definitivamente, el director pisa el pedal del freno y da una nueva oportunidad a sus protagonistas.

La brillante fotografía en blanco y negro —obra de László Kovács— le sienta como un guante a esta historia de aprendizaje en unos tiempos que, aunque duros, Bogdanovich embellece dándoles una pátina de nostalgia que convierte la historia en agridulce. Reconforta pensar que personajes como los de la pareja protagonista saldrán adelante pese a las dificultades y seguirán buscando su lugar en el sol. Cine para todos los públicos, del que a veces apetece echar mano. Si hay una película que se ajuste a la definición de verla “con una sonrisa en la cara”, es ésta.

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