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Vampiros de verdad: 'Drácula', de George Melford

Vampiros de verdad: 'Drácula', de George Melford
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En este especial de vampiros, en el que no hay orden aparente, intentaremos tratar aquellas películas que no sólo destacan en un subgénero que ha sido siempre del agrado del público de todas las épocas. También lo haremos de títulos que están en la memoria del cinéfilo, rarezas, algunas de ellas convertidas hoy en títulos de culto. Algo así le pasa a la que hoy nos ocupa y que tiene el original título de ‘Drácula’, dirigida por el neoyorquino George Melford y que responde a una necesidad que había en los años 30 con determinadas películas. Por aquel entonces no existía el doblaje y ¿cuál era la forma de hacer llegar una película a la comunidad hispana que no entendía ni jota de inglés? Muy sencillo, se filmaba de nuevo la película en español.

Así pues, la mítica ‘Dracula’ de Tod Bronwning, primer exitazo de la Universal dentro de un género que explotaría hasta la saciedad, se filmaba de día, mientras que la versión hispana lo hacía de noche utilizando los mismos decorados. Lo llamativo del asunto es que no nos encontramos ante una copia exacta del film de Browning como cabría esperar. Sí es cierto que toma como base la misma obra teatral con los mismos diálogos porque tampoco se trata de ofrecer al público una obra totalmente distinta. El Drácula hispano posee algunas novedades de interés aunque es restado por otros elementos que chirrían lo suyo.

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Llama la atención el hecho de que Melford no entendiese ni hablase español pero debió alucinar lo suyo dirigiendo a actores con distintos y marcados acentos. Entre el reparto había españoles, mexicanos, centroamericanos y sudamericanos. Llega a ser bastante molesto el escuchar tantos acentos distintos del mismo idioma para una película en la que el habla de los personajes no tiene especial importancia. Chirría sobre todo esa manía, procedente del teatro, de articular las palabras para que se entiendan, pareciendo que los actores recitan el texto como si de un discurso para las audiencias se tratase.

Así pues, actores como Eduardo Arozamena, que da vida al profesor Van Helshing, o Lupita Tovar, que interpreta a Eva Seward, resultan totalmente histriónicos al igual que muchos de los secundarios en pequeños papeles. Anótese la secuencia en la posada antes de que Renfield llegue al castillo de Dracula; todos los actores que por la escena circulan hacen gala de una exageración interpretativa que hace que los personajes resulten falsos. Sólo dos actores se salvan de la quema: Carlos Villarías, que da vida al milenario vampiro, y que sustituye su marcada articulación vocal por una presencia fascinante y por momentos aterradora. Y Pablo Álvarez Rubio, que interpreta Renfield y a cuyo personaje —un loco— le queda de maravilla cierto histrionismo. Lo bueno es que Rubio logra controlar en todo momento una interpretación que podría haber sido el colmo de la exageración.

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Ver este contraste entre los actores del reparto desconcierta lo suyo, pero si el espectador logra dejar todo esto a un lado —y eso no quiere decir que se obvie— se puede disfrutar de una película que estando a la sombra del clásico de Browning logra tener vida propia gracias a una excelente utilización de los decorados, de la cámara y a la creación de una atmósfera irreal absolutamente terrorífica. Podríamos decir que todos estos elementos ya se encuentran en el film original, pero Melford no se limita a realizar una copia exacta de ellos, sino que arriesga con atrevidos travellings —la primera aparición de Drácula— o el filmar en primer plano los ojos del Conde. Incluso se permite el lujo de ir más lejos que Browning cuando éste filmaba la salida del ataúd de Drácula; lo hacía utilizando muy sabiamente el fuera de campo. Melford realiza una curiosa combinación de truco de cámara y efectos visuales. El ataúd comienza a abrirse, un misterios humo llena el lugar y Dracula aparece como por arte de magia. Sencillo y totalmente efectivo.

Este ‘Drácula’ dura casi media hora más que el de Browning porque se alargan ciertos tramos del relato, dando más importancia a determinados personajes. La irrupción de Van Helshing no resulta tan repentina, y Renfield cobra más protagonismo que el film original. Esto permite a Melford no sólo el dejar que el actor realice todo un tour de force del que sale airoso, sino que además se adentra en el intrincado mundo de la locura a través de un personaje que sostiene él solo buena parte de la función. La pena es que al alargar la película también se cae en el error de tiempos muertos que alcanzan su cenit en las secuencias en las que los actores se quedan mirando los unos a los otros.

Sin llegar a la maestría de Browning, Melford logra una buena e interesante película que intenta apartarse de la teatralidad de la obra. Es una pena que la fama del film protagonizado por Bela Lugosi sea tan grande pues hace que muchos aficionados no quieran acercarse a este ejemplo de reciclaje en unos años en los que el Cine prácticamente estaba empezando y sus códigos narrativos eran totalmente distintos a los de hoy.

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