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Vampiros de verdad: 'Drácula vuelve de la tumba' de Freddie Francis

Vampiros de verdad: 'Drácula vuelve de la tumba' de Freddie Francis
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‘Drácula vuelve de la tumba’ (‘Dracula Has Risen from the Grave’, 1968, Freddie Francis) no es sólo la continuación de una saga que empezó Terence Fisher, quien no pudo hacerse cargo de la dirección del presente film debido a un accidente de coche, también es el título más rentable de la productora Hammer Film. Su espectacular éxito derivó que en nuestro país, por ejemplo, es el film de la saga protagonizada por Christopher Lee que más veces se ha emitido por televisión. Servidor recuerda cuando las televisiones sentían respeto por el cine y se tiene tragado a temprana edad muchas de las películas dirigidas por Fisher, Freddie Francis o Roy Ward Baker para después no dormir durante días.

Es muy probable que después de Fisher el director más interesante de la Hammer fuera Freddie Francis, quien empezó como operador de cámara en algunas de las películas de Michael Powell y Emeric Pressburger para luego convertirse en un excelente director de fotografía. Trabajos como la imprescindible ‘Un lugar en la cumbre’ (‘Room at the Top’, 1959, Jack Clayton), ‘Hijos y amantes’ (‘Sons and Lovers’, 1960, Jack Cardiff), por la que recibe su primer Oscar, o ‘Suspense’ (‘The Innocents’, 1961, Jack Clayton), colocan a Francis al frente de los grandes directores de fotografía de la época, y porqué no, de la historia. Le nominaron por segunda vez por la correcta ‘Tiempos de gloria’ (‘Glory’, 1989, Edward Zwick) y de nuevo se llevó la estatuilla a casa.

Resulta curioso que Freddie Francis le cogiese el gustillo a dirigir películas de género fantástico o de terror entre los 60 y los 80, etapa en la que dejó apartadas sus funciones de fotografía. Muy respetado en el ambiente del free cinema, Francis echaba pestes contra un tipo de cine carente de conciencia social, y mucho más si éste era del género por el que brillaron productoras como la Hammer o la Amicus, para la que también realizó algunos trabajos. Francis siempre declaró que hacía esas películas porque le apetecía hacerlas, probablemente la excusa más sincera que un director pueda dar al respecto de sus trabajos. No obstante resulta completamente paradójico que siendo Francis un director que continuamente menospreciaba los mencionados géneros, terminase realizando cintas como la que nos ocupa, o la interesante trilogía de trhiller psicológicos deudores de ‘Psicosis’ (‘Psycho’, 1960, Alfred Hitchcock) conformada por ‘El alucinante mundo de los Ashby’ (‘Paranoiac’, 1963), ‘El abismo del miedo’ (‘Nightmare’, 1964) e ‘Hysteria’ (1965).

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‘Drácula vuelve de la tumba’ da comienzo donde terminaba la fascinante ‘Drácula, príncipe de las tinieblas’ (‘Dracula, Prince of Darkness’, 1966, Terence Fisher) en la que veíamos como el conde acababa sumergido en las heladas aguas que rodeaban su castillo. En los minutos finales era un controvertido fraile quien efectuaba disparos de escopeta hacia el hielo sobre el que se encontraba Drácula haciendo que éste se hundiese, acabando aparentemente así con el Mal. Resulta cuanto menos irónico que sea precisamente un cura el que resucita a Drácula de su letargo, la sangre del mensajero de Dios llega hasta los labios del maligno y un nuevo reinado de terror da comienzo.

En este film se acentúan los componentes eróticos y sangrientos que hasta entonces caracterizaban a la Hammer. Al público le gustaba ver sangre y cómo no, sugerentes escotes, y Francis y John Elder —seudónimo de Anthony Hinds como guionista— hicieron todo lo posible por contentar al espectador. En la película se ve más claramente el paralelismo que hay entre la mordedura del vampiro y un orgasmo, lo que da pie a una rivalidad entre los personajes de María (Verónica Carlson) y Zena (Barbara Ewing), ambas deseosas por su nuevo e inmortal amante, haciendo acto de presencia por primera vez los celos. Cabe señalar apuntes tan interesantes como aquel que se da lugar en uno de los encuentros entre María y Drácula. Aquélla, antes de que el conde acuda a su habitación, tira una de sus muñecas al suelo y posteriormente se entrega a Drácula. Un gesto muy sutil que habla del paso de la niñez a la madurez.

Podemos encontrar una fuerte carga anticlerical en el film, que también caracterizó una buena parte de los films de la Hammer. Primero tenemos al Monseñor Mueller (Rupert Davis), del que Drácula quiere vengarse por haber practicado un exorcismo sobre su castillo, fijando su mirada y colmillos en su sobrina María; será el que ponga en alerta a los protagonistas sobre el resurigir del conde. La otra figura clerical es un sacerdote (Ewan Hooper) que se convertirá por falta de fe, en el lacayo de Drácula, facilitándole todo lo que aquel desee para llevar a cabo su sangrienta venganza. Dicha figura será esencial en los dos momentos más fuertes de la película, aquel en el que se le clava una estaca al conde, y el famoso final en el que Drácula encuentra su fin clavado en una cruz. Pero ojo, se juega con las constantes en el cine de vampiros. En este caso hablamos de que una estaca clavada en el vampiro no tendrá efectividad si el acto no se realiza con la suficiente fe religiosa.

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La decisión es totalmente discutible —hasta ahora no hacía falta más que una buena presión en las manos o un buen martillo—, pero indiscutiblemente impactante. Las escenas tienen su lógica interna dentro de la historia del film; no sólo se crea una especie de nueva regla en la lucha contra el vampirismo, sino que será la principal causa de la destrucción del conde Drácula. Y va mucho más allá al establecer más paralelismos, esta vez entre Drácula y Jesucristo —o lo que es lo mismo, el Diablo y Dios, el Mal y el Bien—. La escena de Drácula atravesado por una cruz sobre la que cae, agonizando mientras el sacerdote con la fe a prueba de balas recita una oración de fuertes y fantasmagóricos ecos, es de una intensidad abrumadora. En ella puede apreciarse además la utilización de la luna como sustituta del sol.

Esta vez Christopher Lee tiene unas pocas frases de diálogo y la verdad es que no resultan demasiado satisfactorias después de experimentar su ausencia de vocablos en el tratamiento de Terence Fisher —si se realiza la operación de ver las dos películas seguidas puede apreciarse con mayor claridad—, pero aún así Lee tiene una presencia única que le permite alzarse como el mejor conde Drácula de toda la historia del cine. La pena es que interpretó demasiadas veces al personaje de Bram Stoker, dejando títulos posteriores de muy dudosa calidad sobre los que ya hablaremos cuando nos centremos en la Hammer.

Francis no era Terence Fisher, eso lo sabemos todos, pero creo que dejó el listón bien alto con esta tercera entrega. Un film a ratos apasionante y con una muy cuidada puesta en escena en la que tal vez Francis abuse un poco de filtros en su parte final, tonos rojizos que subrayan el terror, pero hay que constatar lo cuidada que está la fotografía en esta película, obra de Arthur Grant, uno de los habituales de la Hammer. Instantes como las persecuciones nocturnas por los tejados o Drácula al lado de su ataúd esperando pacientemente culminar su venganza se quedan grabados en la mente de todo buen amante del fantástico.

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