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'Paintball', manténgase fuera del alcance de los cinéfilos

'Paintball', manténgase fuera del alcance de los cinéfilos
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Iba a incluir ‘Paintball’ en la sección imaginaria de películas ridículas (sección iniciada a mi modo con ‘La semilla del mal’) que tengo intención de continuar un día de estos con otras perlitas merecedoras de pertenecer a ese selecto grupo. Pero pensando sobre ello, me he dado cuenta de que los films ridículos por muy malos que sean, tienen algo en esa ridiculez que hace que te tomes la película a cachondeo y al menos se pase un buen rato. Evidentemente la intención de la película no es la de hacer reír.

‘Paintball’ está mucho más abajo que muchas de las tonterías que se estrenan. No es ridícula, es simplemente un bodrio. De su penosa calidad no se extrae nada bueno, no hay resquicio alguno al que se le pueda sacar algo de provecho. Mirando que una de sus productoras es Filmax, no sé de que me extraño. Salvo honrosas excepciones, los de esta casa tienen un sentido del entretenimiento muy extraño, ya sea en los films de terror con los que nos torturan de vez en cuando, o en apuestas supuestamente diferentes como la que nos ocupa.

El Paintball del título es un juego en el que participan varias personas formando dos equipos de combatientes que tendrán que hacerse con seis banderas en un basto territorio. Un divertimento con el que la gente libera adrenalina y se olvidan de sus problemas personales. Sin embargo, lo que empieza como un juego se convertirá en algo mucho más serio cuando un miembro del equipo es asesinado con munición real. Pronto todo cambiará, y el juego pasará a ser una dura prueba de supervivencia. El hombre cazando al hombre.

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Una idea que remite a clásicos como ‘El malvado Zaroff’ (‘The Most Dangeorus Game’, 1932, Irvin Pichel y Ernest B. Schoedsack), película versionada un montón de veces en títulos tan dispares como ‘Surviving The Game’ de Ernst Dickerson, o ‘Cazadores de mentes’ de Renny Harlin, con sus respectivos cambios en la trama. Se trata de indagar en uno de los aspectos más oscuros del ser humano: el deseo irrefrenable de hacer daño al prójimo (recordemos que somos la única especie animal que nos matamos entre nosotros simplemente por placer). Por supuesto, la idea es terrible, siempre lo fue, y cargada de un morbo que puede ir en aumento, dependiendo del valor que le eche el director o el guionista. No es el caso.

Mario Schoendorff y Daniel Benmayor debutan en escritura y dirección respectivamente con ‘Paintball’. Desconozco totalmente sus intenciones a la hora de hacer esta película. Los críticos nos pasamos media vida hablando de las intenciones de los autores de un film como si estuviéramos dentro de sus cabezas; incluso hay veces en las que pensamos abiertamente que tenemos razón, pero viendo cosas como la presente, a uno le entran unas ganas irresistibles de dejar de ver cine o marcar en una lista negra a ciertos directores (algo parecido a lo que hacéis vosotros, queridos lectores, con alguno de nosotros). Schoendorff ha realizado un guión pésimo, lleno de incoherencia, planteando algunas situaciones absurdas cuya solución clama al cielo. La puesta en escena de Benmayor no ayuda demasiado. Cambiando cada dos por tres el punto de vista, alejando la cámara, acercándola, convirtiéndola en subjetiva, unas gotitas de Ridley Scott (el operador Juan Miguel Azpiroz queriendo ser Slaewomir Idziak), y absolutamente nada de emoción ni garra.

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El posible interés de la película se acaba a los pocos minutos de su comienzo. En cuanto uno de los personajes es abatido, el espectador ya sabe cómo se desarrollará la historia, y hasta puede aventurarse a adivinar quién quedará con vida en un juego que se sabe mucho antes de lo necesario que sirve para regocijo de mentes millonarias perturbadas que disfrutan con la muerte del prójimo. Se acaba el posible suspense, la sorpresa, el interés, y en el film no ocurre absolutamente nada que despierte nuestra aletargada mente, aburrida de presenciar tópicos y más tópicos servidos sin vergüenza alguna, o momentos en los que uno quisiera salirse del cine (los rezagados en el grupo no tienen perdón de Dios).

Pero el mayor problema que he visto en ‘Paintball’ no es el desfile de insensateces que se produce a lo largo de su metraje (ese final, Dios mío), sino algo fundamental en toda cinta de género de terror o suspense o acción, o de lo que quiera que trate esta película, y que es algo en lo que Alfred Hitchcock hacía hincapié: una película vale lo que vale el malo de la historia. En ‘Paintball’ ese malo no existe, quieren hacerlo invisible, queriendo decir que podríamos ser cualquiera de nosotros (siempre que estemos podridos de dinero, claro). Uno nunca siente la amenaza, ni el más mínimo temor de un enemigo al que no ven, pero él a ellos sí, estando tan seguro de sí mismo que hasta se permite el lujo de echar una meadita entre tanto trabajo (el colmo de los colmos).

‘Paintball’ partió con nada más y nada menos que 175 copias de cara a convertirse en uno de los mayores éxitos del cine español reciente, y lo que ha logrado poco más de un mes después, es que nadie se acuerde de ella. Así que en realidad yo les estoy haciendo un enorme favor empleando mi valioso tiempo hablando de la película. Señores de Filmax, me deben ustedes aproximadamente unas dos horas de vida (si sumamos las de todos los espectadores que han visto la película tampoco debe ser mucho más), pero os lo perdono porque con ‘[Rec] 2’ es muy probable que os redimáis. O no.

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