Adam Wingard ha conseguido abrirse paso en las élites de Hollywood gracias a los dos crossovers entre Godzilla y Kong, pero para conseguirlo lleva desde 2014 (cuando hizo la estupenda ‘The Guest’) vendido al infierno de las propiedades intelectuales, desde aquella ‘Death Note’ para Netflix hasta una ‘Blair Witch’ que pasó sin pena ni gloria. 12 años después de su última película original, con el apoyo de la industria, Wingard ha decidido poner en valor lo que vale y mostrar su evolución como cineasta. Ojalá le hubiera salido bien la jugada.
A tiros por la vida
Los títulos de crédito de ‘Aniquilación’ prometen una película que nunca llegaremos a ver: son emocionantes, misteriosos y prometen que la siguiente hora y media estará repleta de emociones y enigmas por resolver. No es así, tristemente: Wingard hace todo lo posible por insuflar rareza y cierto grado de locura visual a una cinta cuyo guion no da más de sí, y presenta un mundo de nazis, fetichismo, asesinos y motosierras que suena mucho mejor de lo que realmente es capaz de dar.
La primera escena de la película presenta a un científico nazi aficionado a la dominación femenina que ha creado tres super-soldados con el cuerpo y la mente de psicópatas enfermizos, pero este aire de serie B es solo estético, buscado y artificial. Ni hay verdad ni propósito en estas escenas creadas con el único objetivo de escandalizar a parte del público y hacer que otro se prepare para una fiesta ultra-violenta y fetichista que nunca llega. Al final, la cinta se encalla en un enfrentamiento entre los asesinos y los habitantes de un parque de caravanas (ese concepto tan estadounidense) que tarda en cumplir su promesa.
Cuando lo hace, y todas las subtramas encajan como por arte de magia, ya es demasiado tarde: lo más probable es que hayamos desconectado en algún momento del intento de crear profundidad en unos personajes que, en lugar de dar pistas, explican su historia directamente a quien quiera escucharla, en el truco de guion más barato posible. Sí, ‘Aniquilación’ tiene alguna que otra escena que consigue exactamente el efecto chocante que busca, pero la mayoría cae en saco roto produciendo una apatía inusual para una obra que pretende ser radical y distinta a todas las demás.
Any Kill, ¡acción!
Si eres de los que busca películas rápidas de ver y no te importa tanto que estén bien elaboradas, estás de enhorabuena, porque ‘Aniquilación’ dura tan solo 92 minutos. Pero para conseguir esta cifra casi récord en estos días aprieta el acelerador y quema a toda velocidad los acontecimientos clave del guion, olvidándose de hacer que algo de lo que ocurre en pantalla llegue a importarnos lo más mínimo. Hay maña tras la cámara, y Wingard es capaz de montar planos grotescos, divertidos y diferentes, pero más allá del ejercicio visual no tienen ningún objetivo real más allá de pretender ser lo que no es.
‘Aniquilación’ podría haber sido una película increíble, divertidísima y muy macarra. Es lo que quiere ser, de hecho, con todas sus fuerzas. Sin embargo, se queda en un ejemplo de cómo el tono, el ritmo y un guion más pendiente de hacer franquicia que de centrarse en lo que está contando pueden hacer que cualquier buena intención se vaya al garete. Wingard ha vuelto al universo de ‘The Guest’ pero ya no es el mismo: el riesgo y la diversión de sus inicios se ha evaporado y solo queda la mera cosmética y las ganas de reclamar su lugar sin saber cómo hacerlo.
Me gustaría decir que ‘Aniquilación’ consigue crear un Grindhouse de 2026 con un estilo propio y un atrevimiento demencial, pero realmente parece desganada, como si más allá de un par de escenas realmente impactantes y que homenajean a la serie B actualizándola el resto fuera un simple embalaje vacío. No hay una idea o un objetivo en la película, que se limita a tirar conceptos a la cara del espectador con la esperanza de que, de alguna manera, puedan armar un argumento lo suficientemente coherente y divertido como para justificar una secuela. Quizá en la siguiente.
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