Antes de ser una de las actrices más polémicas de su generación, Sydney Sweeney nos robó el corazón en esta tierna serie de Netflix sobre encontrar tu identidad

Antes de ser una de las actrices más polémicas de su generación, Sydney Sweeney nos robó el corazón en esta tierna serie de Netflix sobre encontrar tu identidad

Me hubiera encantado saber cómo continuaba

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'Todo es una mierda'
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Belén Prieto

Editora

Mucho antes de convertirse en una de las actrices más polémicas de su generación, Sydney Sweeney ya apuntaba maneras desde un rincón bastante inesperado del catálogo de Netflix. Fue en 'Todo es una mierda', una serie que pasó algo desapercibida en su estreno pero que escondía más de lo que parecía.

Ambientada en 1996 y construida a partir de clichés reconocibles del cine adolescente de los noventa, la ficción arrancaba como una parodia nostálgica de la década, pero poco a poco iba encontrando su propia identidad. Y lo que empezó como un juego de guiños terminaba convirtiéndose en un retrato sobre crecer, encajar y descubrir quién eres.

A partir de aquí, cuesta abajo y sin frenos

Uno de los mayores aciertos de esta serie es cómo arranca como una comedia nostálgica bastante evidente -llena de referencias, música icónica y situaciones exageradas- para luego ir transformándose en algo completamente distinto y sincero.

Ese cambio se percibe sobre todo en el personaje de Kate (Peyton Kennedy), cuya historia de autodescubrimiento se convierte en el verdadero corazón de la serie. Su despertar emocional y sexual rompe con el típico relato adolescente y aporta una sensibilidad poco habitual en este tipo de ficciones.

Pero es en el entorno del club de teatro donde aparece Sydney Sweeney como Emaline, un personaje que mezcla arrogancia, inseguridad y una necesidad constante de atención. Su presencia, a medio camino entre lo magnético y lo vulnerable, es la que acaba robando gran parte de las escenas y es una de las razones por las que merece la pena revisitar la serie, que fue injustamente cancelada poco después.

Además, la ficción también destaca por su retrato de las relaciones adolescentes, con amistades intensas, dinámicas de dependencia y esa sensación de que todo puede ser absolutamente definitivo.

Escena de 'Todo es una mierda'

'Todo es una mierda' no es perfecta, pero gana fuerza a medida que avanza, dejando de ser solo un ejercicio de nostalgia para convertirse en una historia sobre crecer y descubrir quién eres. Y es especialmente conmovedora si, como yo, te cruzas con ella cuando aún lo estás descubriendo también como persona LGTBIQ+.

Y ahí es donde realmente funciona, cuando deja de intentar imitar a otras ficciones juveniles y apuesta por algo sencillo pero muy potente, esa idea de que incluso en medio del caos del instituto hay momentos pequeños -como una canción, una escena o una conexión inesperada- que se quedan contigo para siempre. 

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