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'Arma letal', el poli como superhéroe

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Cuando tenía 19 años, acerté a un tipo en Laos a más de un kilómetro. Un tiro de rifle con viento en contra. Puede que haya ocho o diez personas en el mundo capaces de hacerlo. Es lo único que sse me da bien. Te veré mañana.”

- Martin Riggs

Cuando hace poco, a tenor de otro tema, comenté el bajón de calidad en el cine norteamericano en los años ochenta, después de unos setenta muy estimulantes, algunos lectores dejaron clara su devoción por muchas películas icónicas de esa década. Por supuesto que los ochenta trajeron unas cuantas películas maravillosas del otro lado del Atlántico, pero también conllevaron una degradación de ciertos géneros o formas narrativas, una sumisión al público adolescente, y una simplificación conceptual que ha generado, en gran medida, el aluvión de cine basura comercial de los años noventa y de la pasada década, en una caída libre de imaginación, de ingenio y de artesanía incontestable. Es lo que pasa cuando los estudios se convierten en sucursales bancarias y los productores en traficantes de drogas. Uno de los títulos más famosos de aquellos años es, qué duda cabe, ‘Arma letal’ (‘Lethal Weapon’, Richard Donner, 1987), que durante muchos tiempo ha sido un referente comercial de las “películas de polis”, y que pasaron hace un par de noches (no tuve ocasión de verla una vez más, excepto las últimas escenas) por televisión.

Contemplándola sin innecesarias nostalgias, creo que hoy día se le ven las costuras con mayor facilidad que hace veinte años. Que no se eche las manos a la cabeza el lector: no voy a destrozarla, pero sí creo que va siendo hora de ponerla en su justo lugar, confirmando sus virtudes, que las tiene, pero también sus zonas grises y sus arritmias, que no son pocas. Donner empieza con ella, sin duda, una nueva etapa en su carrera como director, después de filmar pequeñas joyas como ‘Los Goonies’ (‘The Goonies’, 1985), ‘Lady Halcón’ (‘Ladyhawke’, 1985) o la maravillosa ‘Superman’ (id, 1978). Una etapa mucho menos interesante, aunque sin duda llena de éxitos comerciales, con Mel Gibson de estrella en la mayoría de ellas, pues son grandes amigos. Quién sabe las buenas películas que nos hemos perdido de Donner, un estupendo artesano, por el hecho de haber atendido a los cantos de sirena de las sucursales bancarias.

La verdad es que si atendemos a su guión, la trama es bastante simplona, y hasta llega a preguntarse uno cómo es que Shane Black, que ese mismo año tendría un papel bastante importane en ‘Depredador’ (‘Predator’, John McTiernan, 1987), llegó a ser un guionista tan cotizado. A los quince minutos te da exactamente igual la investigación criminal, pues lo más importante es el choque entre dos personalidades bien distintas: la del “pirado-encantador” Martin Riggs, interpretado por un Mel Gibson asalvajado por completo, y la del “maduro-responsable” Roger Murtaugh, al que da vida un estupendo (como casi siempre) Danny Glover. No pueden ser más opuestos, y deberán trabajar juntos en un supuestamente complicado caso, que luego de complicado no tiene nada, con unos mercenarios que se han pasado a traficantes, y que asesinaron a la hija de uno de sus compinches, casualmente colega de Murtaugh en Vietnam. Al final todo eso, a parte de sostenerse bastante mal, es lo de menos, y con lo que más nos quedamos, creo, es con ciertos momentos aislados que elevan un poco una película que avanza como a trompicones.

Tiros y amistad

Más allá de Murtaugh y Riggs, me parece indiscutible que hay poca cosa, y es una suerte que Gibson y Glover hagan una pareja con tanta chispa. Hay tensión, pero también hay humor, y en sus diálogos y desencuentros está lo mejor de la película. En el plano de la acción, lo cierto es que no hay demasiada, salvo un par de secuencias que están bastante bien, como la del intercambio de la hija secuestrada, y el climax final. La pena es que toda historia podría haber dado bastante más de sí, y todo queda muy superficial, muy conservador, cine para adolescentes en fin de semana. El torturado personaje de Riggs, la oscura trama de mercenarios traficantes de heroína, la sombra del Vietnam detrás de todo. Ahí había puro cine negro, una historia realmente dura. Pero hubiera dado mucho menos dinero, seguramente, que un espectacular blockbuster de polis. Lo malo es que viéndola ahora, su acción no impresiona demasiado, y no hay nada en esta película verdaderamente notable.

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Era cuestión de tiempo, claro, que Mel Gibson triunfase en Estados Unidos, una vez terminada su trilogía de Mad Max (1979-81-85) y después de haber triunfado con Peter Weir en la estupenda ‘Gallipoli’ (id, 1981). Le sirvieron un bandeja un papel a su medida exacta, y pocas veces se le ha visto tan desatado. Su papel pierde fuelle en algunos momentos, y queda poco creíble cuando pasa de ser un suicida en potencia a un pirado de gatillo fácil. A su desastrosa vida familiar, su mujer murió y vive en una caravana, se opone la confortable de Murtaugh, que vive en una casa enorme (vaya sueldos tienen los policías americanos, ejem…), con una mujer siempre dispuesta a cocinar la cena, y tres hijos estupendos, guapos y sonrientes. El terrible tigre Riggs se convierte en un gatito una vez entra en esa casa, y los violentos encontronazos entre los dos polis desaparecen como por arte de magia, y se convierten en chistes de humor grueso.

Pero lo que más llama la atención es que con ésta película el cine americano cristaliza por fin su querencia de policías que son casi superhéroes, o sin el casi. Luego, claro, llegarían títulos imprescindibles como la sublime serie ‘The Wire’ (id, David Simon, 2002-2008), que se encargarían de mostrarnos a policías de verdad. Pero aquí Riggs, ex-miembro de las fuerzas especiales del ejército, chuleta, melenas, que igual dispara a un helicóptero que se lía a tiros en una carretera atestada de coches, está más cerca de un Chuck Norris que del Glenn Ford de la obra maestra ‘Los sobornados’ (‘The Big Heat’, Fritz Lang, 1953), por nombrar a un personaje que también perdía a su mujer en trágicas circunstancias. Pero durante casi veinte años hemos visto docenas de policiacos, con agentes improbables, y a un paso del fascismo puro. Antológica la frase de Riggs: “esta vez lo haremos a mi manera: a matar, a matar a todos los que podamos”.

El director, Donner, no es un cualquiera, y se nota. A sus cincuenta y siete años, y con una larga experiencia en cine y televisión, estaba ya pertrechado con buenas herramientas de su oficio. Filma con mucha inteligencia y hasta con buen gusto, y en colaboración con el excelente operador Stephen Goldblatt obtenemos una uso dinámico y hábil de la cámara. Por supuesto, está a años luz del McTiernan de ‘Jungla de cristal’ (‘Die Hard’, 1988), en la que el uso de los espacios y del movimiento es algo magistral (y con un guión muchísimo más elaborado, y con un policía muchísimo más creíble…), pero Donner es contenido (en las sucesivas secuelas ya no lo será) y sobrio, y se agradece. También es astuto como pocos, y sabe que con un poco de morbo en la historia criminal (la joven asesinada, sus vídeos eróticos…), y con la música del mítico Eric Clapton y del tristemente fallecido Michael Kamen (que también pondría música para ‘Jungla de cristal’), además de la pareja de protagonistas, tiene ya bastante a su favor.

Conclusión

Ha envejecido bastante, ‘Arma letal’, aunque se ve mucho mejor que sus tres secuelas, aún con más años a sus espaldas. Divierte y crea tensión, pero no es gran cine, bajo mi punto de vista. Tampoco malo, desde luego. Su tercio final está bastante bien, si aceptamos a un poli liquidando a los malos y vanagloriando la violencia como un juego lúdico, pero de vez en cuando tampoco pasa nada. Películas de acción hay cientos muy superiores a esta, y películas de humor para qué decir nada. Pero, para bien o para mal, su visionado es obligado si se quiere entender el devenir de Hollywood en las últimas décadas, y teniendo en cuenta muchos títulos posteriores a ella, hasta parece mejor de lo que es.

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