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'Autómata', nuestro futuro

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‘Autómata’ (id, Gabe Ibáñez, 2014) se ha estrenado entre nosotros precedida de mala crítica en sus pases por Estados Unidos, donde tuvo un estreno limitado, o por los festivales de San Sebastián y Sitges. Una co-producción entre varios países, entre ellos USA y España, de donde es su director, Gabe Ibáñez, de quien habíamos visto la fallida ‘Hierro’ (2009). Ahora, con un presupuesto mayor aumenta sus intenciones al dejar su grano de arena al tan explorado terreno de la ciencia-ficción, en lo que para algunos es una oportunidad perdida en la historia del cine español.

Con el apoyo de Banderas en labores de producción, reservándose el personaje principal –hasta un punto en el que el film parece un vehículo para su lucimiento y el de varios robots, que terminan adueñándose de la función−, el mérito de Ibáñez está en reunir un montón de referencias dentro del género, sin intención de ocultarlas, procurando cumplir con eficacia dentro de un género en el que todo parece dicho, sobre todo cuando se habla sobre el futuro de la humanidad y su relación con la inteligencia artificial.

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En ‘Autómata’ el ser humano ha sido diezmado a unos pocos millones que interactúan con robots construidos para su entero servicio y con dos protocolos de seguridad: ningún robot puede poner en peligro la vida de un ser humano, y ningún robot puede manipular a otro robot o a sí mismo, dos curiosas leyes que evocan sin disimulo a Isaac Asimov. Banderas da vida a Jacq Vaucan, un agente de seguros que deberá resolver un rutinario caso de desobediencia robótica, y terminará siendo testigo de la conciencia que los robots están tomando, algo que supondrá un cambio para la completa humanidad.

Ibáñez no disimula su influencia más clara, la influencia de todos, ‘Blade Runner’ (id, Ridley Scott, 1982), sobre todo en ese aspecto de la ciudad hiperpoblada, llena de oscuridad y anuncios publicitarios gigantescos, simplemente cambia el plano para que la copia no sea total y listo. Pero no molesta, sino que, yo al menos, lo veo como una evocación respetuosa sin ninguna pretensión más. Lo mismo sucede con todos esos fragmentos que, por sus localizaciones, pueden recordar a la saga ‘Mad Max’, o en el diseño de los robots, a ‘Yo, robot’ (‘I Robot’, Alex Proyas, 2004). Pero no es suficiente.

Pastiche sin pasión, ideas interesantes

La falta de arrojo, tal vez más pasión en secuencias supuestamente épicas o trascendentales, hace que el film se quede en poca cosa por su nada arriesgada narración, a lo que hay que sumar un reparto de caras conocidas pasadas totalmente desaprovechadas. Robert Forster, a quien Tarantino rescató hace veinte años, no es más que una presencia anecdótica; Melanie Griffith, que puede presumir de haber aparecido en unas cuantas películas importantes, parece más autómata que los propios robots, y su participación es vista y no vista –aunque con un interesante detalle sobre la infancia y su uso para los asesinatos−; y por último Dylan McDermott, nunca un actor demasiado serio, convertido en caricatura pura y dura, sin gracia.

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Pero hay apuntes más que interesantes dentro de la trama y algunas secuencias dignas de elogio, al menos por lo que sugieren. A lo terrible que resulta, incluso por estúpido, el crear máquinas que ayuden al ser humano en tareas de lo más sencillas, hay que sumar esa integración total y absoluta del robot en la vida humana –ese robot mutilado que cruza la calle, el que mendiga en nombre de su dueño, etc−. También esa progresiva búsqueda de identidad por parte de los robtos, y que se subraya en el personaje de Cleo, un robot prostituta que irá despojándose de sus atributos humanos, peluca, rostro, para desvelar su verdadera esencia.

Mientras, en el subtexto, lo que en cierto momento se señala y que representa uno de los grandes miedos en robótica, que las creaciones alcancen más inteligencia que sus creadores, con lo que la palabra “vida” tendría una acepción aún mayor de la que posee, mientras el ser humano ya no estaría a la cabeza de la evolución. Ese nuevo ser, creado por los robots, a partir de su propia mente, que es capaz incluso de respirar, símbolo perfecto del nuevo mundo que aguarda a la vuelta de la esquina y en el que el hombre será sólo un recuerdo.

Uno como esas huellas de manos humanas, observadas por un robot, y que parecen momentos que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Si uno puede simplemente quedarse con esos detalles, que despiertan el debate, se puede disfrutar, en su justa medida, de un film como ‘Autómata’, tan intrascendente como inofensivo.

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