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'Byzantium', crónica de dos vampiresas

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Cuando me acerco a una película del cineasta irlandés Neil Jordan nunca sé con qué me voy a encontrar. A veces con un relato fascinante de cuidad puesta en escena —‘En compañía de lobos’ (‘The Company of Wolves’, 1984) o ‘El fin del romance’ (‘The End of the Affair’, 1999)—, otras todo lo contrario —‘Dentro de mis sueños’ (‘In Dreams’, 1999) o ‘La mujer que vino del mar’ (‘Ondine’, 2009)—, y algunas que se quedan a medio camino, como precisamente sus dos incursiones vampíricas.

‘Byzantium’ (id, 2012) es el regreso de Jordan al tan de moda género de vampiros. De la famosa adaptación dela novela de Anne Rice a la menos conocida Moira Buffini que aquí escribe el guión partiendo de su propia obra teatral ‘A Vampire Story’. Jordan la ha adaptado con su exquisito gusto para la puesta en escena, al menos esta vez, mezcla de intimismo y elegancia, pero sufriendo un mal que afecta un poco al film: su lamentable labor actoral.

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Gemma Arterton, que ya había protagonizado un guión de Buffini a las órdenes de Stephen Frears, da vida a Clara, una vampiresa inmortal que viaja junto a su hija Eleanor, a la que da vida con su eterna cara de pena Saoirse Ronan. No hay entre las dos, muy limitadas actrices, el más mínimo feeling como madre e hija encarceladas a una inmortalidad primero buscada y luego obligada por sentir soledad. Lo mismo ocurre con el resto del reparto, en el que sobresale, pero por debajo, Caleb Landry Jones.

Ni si quiera un personaje tan interesante, por perverso, como el de Ruthven encuentra su justa medida en la sobreactuada interpretación de Jonny Lee Miller, el más insoportable de todo el reparto, donde incluso el singular rostro de Sam Riley parece totalmente desubicado. O tal vez, Jordan lo hizo adrede para sentir a ratos un desprecio malsano hacia los personajes de ‘Byzantium’, todos ellos criaturas solitarias que reclaman poder, anonimato, vida eterna y amor.

Renovación y respeto por el mito

Lo mejor de la película de Jordan es su reinterpretación del universo vampírico, ofreciendo algo novedoso hasta cierto punto, y mostrando un gran respeto por la tradición. Así se deduce de los nombres utilizados por algún personaje, caso de Clara usando el de Camilla, como nada disimulada referencia a la obra ‘Carmilla’ de Sheridan Le Fanu, el primer relato con mujeres vampiro. Y la inclusión de un fragmento de ‘Drácula, príncipe de las tinieblas’ (‘Dracula: Prince of Darkness’, Terence Fisher, 1966) va más allá del homenaje.

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De la magistral obra de Fisher se elige el poderoso instante de la muerte de Barbara Shelley, convertida ya en vampiro, en una secuencia antológica que semeja una violación pura y dura. En un film como 'Byzantium’, en el que las mujeres vampiro son rechazadas precisamente por su género, dicha secuencia tiene un sentido narrativo concreto. Es como reconocer el origen, coger el testigo del relevo y seguir explorando el siempre fascinante mundo vampírico en un ejercicio que además pasa por cambiar por completo el ritual de vampirización, e incluso la idea de los sempiternos colmillos.

Más cercana a films como ‘Déjame entrar’ (‘Låt den rätte komma in’, Thomas Alfredson, 2008) que de chorradas crepusculares y similares, atentados contra la inteligencia del ser humano, ‘Byzantium’ y su preciosista puesta en escena, que alcanza momentos deslumbrantes como el retrato del lugar donde “tu otro yo” se encuentra contigo, avanza compaginando dos épocas diferentes en las que la mirada masculina sobre lo femenino siempre ha estado llena de recelo, justificando así otro relato de Jordan sobre solitarios aislados del mundo. Con una maldición: vivir para siempre.

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