'El callejón de las almas perdidas': un largo y fascinante noir de Guillermo del Toro que funciona mejor cuando quiere ser como 'Carnivàle'
Críticas

'El callejón de las almas perdidas': un largo y fascinante noir de Guillermo del Toro que funciona mejor cuando quiere ser como 'Carnivàle'

Guillermo del Toro dirige una nueva versión de ‘El callejón de las almas perdidas’ (Nightmare Alley, 1947) en un guion coescrito con Kim Morgan adaptando una novela de 1946 de William Lindsay Gresham, que ya fue llevada al cine en 1947, aunque esta vez la traslación tiene menos cambios sobre la historia, el viaje vital de un vividor llamado Stanton Carlisle (Bradley Cooper), desde una feria de fenómenos a una vida por el mundo de la estafa.

La mayor diferencia de ambas versiones es que Del Toro se deshace de la sensación temporal de las historias de calamidad del cine negro clásico como ‘Perdición’ (1944), que la versión con Tyrone Power compartía hasta cierto punto, para hacer un viaje más episódico y escalonado, una especie de estructura a lo ‘El precio del poder’ (Scarface, 1983) pero sobre las peripecias de un timador, de modo que el camino que recorre adquiere un aspecto más épico y el conjunto adquiere un matiz discursivo más explícito.

‘El callejón de las almas perdidas’ comienza con un primer acto en el que Del Toro se encuentra en su salsa. Los primeros pasos del personaje en una feria ambulante son la excusa perfecta para el director y sus filias, pasando por toda una galería de escenarios grotescos, personajes extravagantes y detalles que podrían conectar con el imaginario del director, desde los habitantes del lugar, cuya interacción recuerda a la de un episodio cualquiera de ‘Carnivale’ (2003) a los detalles con su propio sello, como esa galería de fetos dentro de tarros de formol.

La parada de los estafadores

Un detalle que en ‘El espinazo del diablo’ (2000) remaba mano a mano con el carácter fantástico de la historia y que aquí recuerda también a momentos de ‘El otro’ (1972). Sin embargo, el tono de la parte más realista de su película de la Guerra civil Española se convierte aquí en el modo general en el que los personajes, llenos de secretos y vidas extraviadas se relacionan entre sí. Aquí tenemos a una mujer llamada Zeena (Toni Collette) y su esposo, Pete (David Strathairn), un alcohólico que estropea su espectáculo, con los que interacciona el protagonista.

El papel de Stan va tomando un cariz de condenado sin salida conforme sus engaños y planes van haciendo que consiga más confianza, hasta empezar una nueva fase con Molly (Rooney Mara), en clubes nocturnos, donde se anuncia a sí mismo como un espiritualista que puede comunicarse con los muertos, para engañar a ricos. Así comienza un nuevo plan en el que conoce a la Dra. Lilith Ritter (Cate Blanchett), una psiquiatra con un gabinete lleno de grabaciones de sus pacientes que llevará sus planes de engaño.

Nightmare2

Esto crea una división muy marcada entre dos películas, y lo cierto es que esta segunda mitad sufre un reinicio drástico que deja al director en un lugar donde no acaba de coger la medida. Por una parte enfatiza los elementos de thriller de los 40 y por otra se rompe su aura de historia moral, buceando en el fango de un melodrama denso sin necesidad, anémico de momentos clave y con exceso de conversaciones en divanes que no avanzan en el conflicto general, ‘El callejón de las almas perdidas’ se estanca.

Un tramo central innecesariamente denso

La diferencia más notoria con la original son cuarenta minutos más. Hay un cambio del primer acto que añade interés, todo lo relacionado con la fascinación por el freak de la feria y el director del carnaval (Willem Dafoe), que convierte a alcohólicos desesperados en espectáculo que conecta con la naturaleza circular del relato, y amplía su coherencia con los mundos de Tod Browning, de una forma muy similar a lo que hacía ‘La mosca 2’ (1988). Sin embargo, las conexiones de Stan con el mundo secreto de los ricos se alargan creando una sensación interminable.

La película se permite volver a puntos de la novela que fueron eliminados de la primera adaptación por la autocensura de Hollywood como el adulterio, el aborto, y los salvajes estallidos de violencia, pero también elimina algunos mecanismos narrativos sencillos que daban agilidad a la primera, afloja los engranajes y dando la impresión de rellenar la historia con detalles que le drenan la fuerza, tanto que solo se nos recuerda el cariz inevitable de la historia con pequeños y breves recuerdos y pesadillas que devuelven momentáneamente a la película a su consistencia casi de ‘Corazón delator’ de Allan Poe.

William Dafoe Nightmare Alley

Las representaciones de sangre son brutales, gráficas, recordando a los momentos más duros de ‘El laberinto del fauno’ y ‘La forma del agua’, pero fuera de esos momentos llamativos los puntos de giro y golpes de compás de la historia son inertes. La dirección de arte es extremadamente elaborada, no muy realista, y transmite el escenario decadente de la historia pero no representan nada en particular para los personajes, empezando a crear la sensación de que es un cascarón vacío y realmente Del Toro está funcionando más como esteta que como director.

Un relato moral arquetípico

En ocasiones recuerda a ‘Shutter Island’ de Martin Scorsese, que funcionaba con su intriga perversa en los años cincuenta, o ‘El hombre que nunca estuvo allí’ de los Cohen, pero en ambos casos, la grandiosidad y las imágenes poseen un carácter que parecía que iban más allá de lucir el trabajo de producción. Salvo la de Cate Blanchett, las interpretaciones tienen una expresividad genérica que no sugiere nada de la época que retrata, y el esfuerzo de la película por decir algo serio sobre la sociedad actual, empuja un poco a Del Toro a imitar a un director solemne que no se lo pasa tan bien como el que nos presenta a una araña con cabeza de mujer en su primera parte.

Su forma de tocar el tema de la mentira como forma de intoxicar es loable, derivada de la época de Trump, que ya quiso incluir como subtexto en ‘Historias de miedo para contar en la oscuridad’, pero en esta ocasión su elemento didáctico deriva en un dramatismo postizo que le quita tensión, energía y espontaneidad hasta que la película encuentra de nuevo su vía de salida en el tramo final, en donde regresa el Del Toro director a lo grande. Este final cierra un arco circular, que da una consistencia a la película, que funciona mejor en sus detalles premonitorios.

Nightmarealley

Del Toro nunca deja de ser cuidadoso en los detalles, y las referencias al infierno, carteles de neón con mensajes ocultos y los pequeños mensajes sobre el alcoholismo y el destino de Stan desde el principio le dan a ‘El callejón de las almas perdidas’ el mismo carácter de un tenebroso episodio de crimen de la serie ‘Historias de la cripta’, con su moraleja macabra y la misma puesta en escena barroca, pero el tramo central más noir es dañado por su tono monocorde y una duración exagerada, aunque nunca llega a arruinar una película que siempre se preocupa en vivir en el universo de su autor.

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