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Ciencia-ficción: 'Éstos son los condenados', de Joseph Losey

Ciencia-ficción: 'Éstos son los condenados', de Joseph Losey
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Ya me sorprendió sobremanera encontrarme, mientras recopilaba los títulos que están formando parte del especial de Cómic en cine, que 'Modesty Blaise, superagente femenino' ('Modesty Blaise', 1966), la adaptación de la famosa espía de los cómics británicos a la gran pantalla, había sido firmada por Joseph Losey, un cineasta cuyo perfil, determinado por sus dos obras maestras —'El sirviente' ('The Servant', 1963) y 'Rey y patria' ('King and Country', 1964)— distaba mucho de casar con la ligereza de un filme como el de la citada Blaise. Pero aún mayor fue mi asombro cuando, indagando sobre qué cintas podía traer a este Ciclo de Ciencia-Ficción, descubrí 'Estos son los condenados' ('The Damned', 1963), una producción de la Hammer que, ante todo, sirve para demostrar la enorme versatilidad del cineasta estadounidense, estableciéndose al tiempo como uno de los primeros pasos en la configuración de nuevos modos dentro del género que se alejan ya, y de qué manera, de lo que habíamos visto durante los años 50.

Pero hasta que la cinta muestra sus cartas y comienzan a colocarse los mimbres que constituyen la vertiente del género que justifica su inclusión en este ciclo, 'Estos son los condenados' discurre por terrenos tan extraños como alejados de lo que entendemos por ciencia-ficción, y para ello nada sirve de mejor ejemplo que la secuencia que abre la cinta, con un turista recorriendo las calles de la ciudad costera de Weymouth sin saber que va a recibir una paliza de mano de una pandilla de moteros encabezados por un perturbador —y perturbado— Oliver Reed, un personaje de aparente irrelevancia más allá de servir de catalizador inicial a los acontecimientos que se irán desplegando pero que termina siendo fundamental en la recta final de la cinta.

Estos son los condenados 1

Sin querer desvelar mucho de la trama de ésta, resumamos la misma de forma escueta. De una parte tenemos al turista que recibe la paliza y que, recuperado, huye con la hermana de Reed en su barco para terminar yendo a parar a una caverna de una isla en la que hay un extraño grupo de niños de once años cuyo comportamiento resulta bastante singular. De la otra tenemos a Bernard, un científico que conduce un proyecto secreto en dicha isla y a Freya —soberbia Viveca Lindfords aunque, ¿cuándo no lo estuvo la desaparecida actriz?—, una escultora que habita en ella y desconoce por completo lo que su amigo desarrolla allí.

(Desde aquí, spoilers) Como decía, si sólo atendiéramos al inicio de la cinta, marcado por una canción rockera que llega a hacerse insoportable y por la presencia de esos pandilleros que parecen prefigurar a los que Kubrick mostrará años más tarde en 'La naranja mecánica' ('A Clockwork Orange', 1971) —tanto es así que mucho hay en el personaje de Oliver Reed que nos recuerda al Alex de Malcom McDowell—, no podríamos afirmar que estamos ante un filme de ciencia-ficción. Bien es cierto que el ambiente que dibuja Losey, marcado a lo largo de todo el metraje por sus composiciones, lentas panorámicas, sesgadas angulaciones y singulares planos lejanos, delimitan un tono surrealista que incomoda al espectador sin que éste pueda precisar el motivo. Pero más allá de lo que la dirección del cineasta concreta, la ciencia-ficción, tal y cómo la habíamos entendido hasta entonces, brilla por su ausencia.

Estos son los condenados 2

Sin prisa pero sin pausa, la cinta va hilvanando a través del guión de Evan Jones un discurso que, trascendido su ecuador, comienza a apuntar hacia los elementos que hacen que éste filme adquiera tanta relevancia dentro del género como para haberlo elegido de cara al ciclo: toda vez que la acción se traslada a la isla y los niños que en ella habitan adquieren protagonismo, empieza a insinuarse un panorama aún más extraño, apuntalado por frases sueltas y situaciones en apariencia sin importancia que, consideradas en su totalidad conforman un escenario aterrador que parece salido de las páginas del '1984' de Orwell, con los infantes viviendo aislados en un búnker que está controlado en su totalidad por cámaras y gobernado por un Gran Hermano —Bernard— que todos los días imparte lecciones a los chavales a través de la frialdad de una pantalla.

Éstos, que desconocen por completo otra realidad que no sea la que se les ha mostrado desde que eran unos bebés, se antojan partícipes de un experimento que parecería querer poner en práctica las ideas del mito de la caverna de Platón cuando, una vez revelado el pilar de la trama —que no voy a desvelar—, ante lo que nos encontramos es una espléndida vuelta de tuerca acerca de los peligros de la energía atómica que tanto marcaron a la ciencia-ficción de la década anterior: trastocando por completo la manera en que el miedo a la bomba era contemplado pocos años antes, los planteamientos que hace aquí 'Estos son los condenados' resultan terroríficos, si bien su fuerte matiz de inocencia bajo una óptica contemporánea les resta algo de efectividad.

Estos son los condenados 3

Considerando las circunstancias que envolvieron el exilio de Joseph Losey a Inglaterra tras ser perseguido por la caza de brujas en su país natal, la adecuación del cineasta a lo que debe ir desgranando a lo largo del metraje no podría ser mayor y la frialdad a la hora de plasmar la acción que vemos en pantalla es de una elocuencia tremenda —hablando de esas lentas panorámicas, atención a una de las que cierra la cinta—, no siendo el filme tanto una exposición de la paranoia de la Guerra Fría —que también— como un grito ahogado sobre la imposibilidad de evitar las consecuencias que de ella se derivan.

Un grito que se torna en acongojante en los últimos planos del filme, que alejan por completo de 'Estos son los condenados' la sombra de ese otro filme de ciencia-ficción británico con niños que fue 'El pueblo de los malditos' ('Village of the Damned', Wolf Rilla, 1960) y posiciona a esta singular producción como uno de los descubrimientos más interesantes de cuántos he hecho hasta el momento en un ciclo que, con suerte, todavía me tendrá reservadas muchas y muy agradables sorpresas.

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