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Cine en el salón: 'El señor de las bestias', el legado de la fantasía heroica ochentera

Cine en el salón: 'El señor de las bestias', el legado de la fantasía heroica ochentera
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Para bien o para mal —mucho más de lo segundo que de lo primero, por desgracia — 'Conan, el bárbaro' ('Conan, the Barbarian', John Millius, 1982) determinó los senderos por los que discurriría gran parte de la cinematografía fantástica de los años ochenta, en ese sub-género de la misma que fue el de "espadas y brujería"; un género que alimentó no pocas horas de visionado doméstico gracias a aquellas carátulas de VHS tan sumamente "molonas" que después nada tenían que ver con el horror que albergaban las cintas.

Con los incontables "clones de combate" que le fueron saliendo a la cinta en el transcurrir de la década, y títulos tan horribles en este sentido como 'Gunan, el guerrero' ('Gunan, il guerriero', Franco Prosperi, 1982), 'La espada salvaje de Krotar' ('Sangraal, la spada di fuoco', Michele Massimo Tarantini, 1982) o las dos entregas de 'Ator', siempre me ha llamado la atención como se tiende a incluir en el mismo saco a 'El señor de las bestias' ('The Beastmaster', Don Coscarelli, 1982), una producción que se estrenaba sólo tres meses después del filme con Arnold Schwarzenegger y que, por lo tanto, en ningún momento pudo pretender hacerse eco del éxito que fue la traslación a la gran pantalla del personaje de Robert E.Howard.

El señor de las bestias 1

No quiere ello decir, no me vayan a malinterpretar, que a la hora de comparar ambas no hayan puntos en común o, muchísimo menos, que en un duelo entre las dos, la cinta que hoy nos ocupa salga vencedora, pero sí quisiera resaltar que, con unos medios tremendamente limitados —se rodó con poco menos de 5 millones de dólares— que implicaban grandes carencias con las que Millius no contaba y el constante encontronazo de Don Coscarelli y Paul Pepperman, los artífices del filme, con unos productores que controlaron en exceso todo el proceso de filmación y pos-producción, el resultado final es un producto digno que, con sus incontables defectos, ha sabido aguantar el paso del tiempo de la misma manera que, como comentaba hace algunas semanas, lo hace 'Krull' (id, Peter Yates, 1983).

Está claro que a la hora de defender tal afirmación, recurrir al concepto de "placer culpable" resulta de todo punto necesario, considerando como hay que considerar la interminable ristra de errores de continuidad, saltos entre escenas resueltos de cualquier manera, intérpretes que hacen de la sobreactuación la norma a seguir y unos efectos ópticos que harían sonrojar hasta al becario menos experimentado de la ILM de aquél entonces. Y, sin embargo, como buen "placer culpable" se apilan como incontables las veces que en los últimos treinta años habré vuelto a revisitar esa particular edad de Bronce que Coscarelli y Pepperman construyeron alrededor de un héroe llamado Dar, un águila, un tigre, un par de simpáticos hurones y los ojazos azules de Tanya Roberts.

El señor de las bestias 2

Cuarta colaboración entre los cineastas, y primera vez que ambos se enfrentaban a una cinta que multiplicaba por diez el presupuesto de cualquiera de sus filmes anteriores, Coscarelli y Pepperman quisieron rodar inicialmente en España, pero los costes de la empresa se dispararon de tal manera que tuvieron que conformarse con hacerlo en un inmenso terreno de 4.000 hectáreas al norte de California durante un frío invierno que pasó factura a la salud de los sufridos intérpretes durante las 12 semanas a lo largo de las cuales se prolongó la filmación.

A la cabeza de ellos, Marc Singer, primo de Bryan Singer y recordado Mike Donovan de la mítica serie 'V' (id, 1984-1985) que, al igual que en ésta, sobreactúa todo lo que puede y más para encarnar a Dar, un héroe con la capacidad de comunicarse con los animales, que buscará venganza contra Maax, fanático sacerdote de un sanguinario culto al que pone adecuadísimo rostro Rip Torn, responsable de que su personaje llevara esa ridícula nariz falsa tan característica. Junto a ellos, John Amos como un fornido guerrero a las órdenes de un depuesto rey y, ya lo había dicho, Tanya Roberts, una actriz de belleza sin par que Coscarelli y Pepperman consiguieron poner en la portada del 'Playboy' en una fallida maniobra publicitaria que poco ayudó a la recaudación de la cinta —el número para el que la actriz posó fue el de octubre de 1982, mientras que el filme se estrenó en agosto de dicho año—.

El señor de las bestias 3

Poseedora de un guión extraño que, sinceramente, se podía haber contado con menos duración eliminando algunas de las varias secuencias que no llevan a nada —y me estoy acordando de aquella rodada desde helicóptero en la que Dar entrena, es un decir, con un enorme tronco a modo de espada— las virtudes de este filme se cuentan en tres frentes: pequeños fulgores de la dirección de Coscarelli, la espléndida labor que realiza John Alcott en la fotografía y, por supuesto, la soberbia banda sonora que compone para la ocasión un inspiradísimo Lee Holdridge.

Coscarelli, que venía de demostrar que con pocos medios y muchísima imaginación se podía rodar uno de los filmes de terror de culto más queridos de la década de los ochenta —vale, 'Phantasma' ('Phantasm') es de 1979, pero espero me permitáis la licencia—, hace gala aquí de una tremenda voluntad por reinventarse allí donde puede —esas tomas de espacios abiertos tan propias del género— sin que ello signifique perder la fuerte personalidad que siempre ha arrastrado su forma de dirigir, algo que su última incursión en la gran pantalla, la esperpéntica 'John Dies at the End' (id, 2012), sigue demostrando sin atisbo de duda y que aquí queda plasmada en las secuencias en el interior de la pirámide.

El señor de las bestias 4

Director de fotografía naturalista hasta la médula, John Alcott había ganado el Oscar en 1975 gracias a la magnífica labor desarrollada 'Barry Lindon' (id, Stanley Kubrick, 1975) —famosa es, por méritos propios, la recordada escena de las velas—, segunda de las tres películas que lo llevarían a colaborar con Stanley Kubrick, siendo las otras dos 'La naranja mecánica' ('A clockwork orange', 1971) y 'El resplandor' ('The Shining', 1980).

Poder colaborar con Alcott fue una especie de sueño para Coscarelli, aunque la intención del primero de rodar en anamórfico trajo no pocos problemas a la producción, teniendo que desechar la idea tras unos primeros días de filmación en los que las lentes no funcionaban como debían y que quedaron en el filme en la secuencia del encuentro con el oso. Sea como fuere, el trabajo de Alcott, tanto en esos interiores iluminados con antorchas como en los cálidos exteriores, quizás no sea tan ejemplar como lo que le vimos hacer junto a Kubrick, pero ello no debería desmerecer uno de los aspectos más cuidados de la cinta.

Superando a los dos anteriores encontramos, no obstante, a un Lee Holdridge responsable, como ya lo fuera James Horner con 'Krull', de que la cinta termine transmitiendo más épica de la que las imágenes por si mismas hubieran sido capaces: partitura clásica que respondía a la voluntad de Coscarelli y Pepperman de tener un score sinfónico a la manera del cine de la época dorada de Hollywood, la banda sonora de Holdridge se apoya en el uso del leïtmotiv para construir pequeños temas asociados a Kiri, los tres animales y, cómo no, Dar, en el que supone el mayor hallazgo musical del filme con ese espléndido tema principal que grita épica con gran autoridad y que, a la postre, termina por conseguir que el regusto que deja la cinta mucho más agradable que cualquiera de los infumables subproductos que, como afirmaba más arriba, poblaron el género de fantasía heroica hace seis lustros.

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