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Cine mudo: 'Avaricia' de Erich von Stroheim
Críticas

Cine mudo: 'Avaricia' de Erich von Stroheim

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‘Avaricia’ (‘Greed’, Eric von Stroheim, 1924) supone una de las muestras de la megalomanía de uno de los cineastas más salvajes y viscerales que ha dado el séptimo arte en toda su existencia. El director vienés que deserta del ejército huyendo a Estados Unidos empieza como figurante y llega a ser ayudante de directores como Allan Dwan o D.W. Griffith, con quien trabajó en la imprescindible ‘El nacimiento de una nación’ (‘The Birth of Nation’, 1915), inmejorables nombres para aprender un oficio que, años más tarde, siendo director le provocaría auténticos dolores de cabeza.

Tras el fracaso de ‘Esposas frívolas’ (‘Foolish Wives’, 1922), que supuso el primer enfrentamiento grave con el productor Irving G. Thalberg, quien también sustituyó a Stroheim en la dirección de ‘Merry-Go-Round’ (1923) por Rupert Julian, el director se puso a adaptar la novela ‘McTeague’ de Frank Morris. Stroheim vería como el trabajo de su vida se vería afectado al encontrarse de nuevo con Thalberg, y ya se sabe qué pasa cuando el que te odia tiene cierto poder sobre ti. ‘Avaricia’ es, probablemente, el caso de película más destrozada de la historia.

Terminado el rodaje, que les llevó a escenarios naturales –de hecho, el film pasa por ser también el primero que se rodó íntegramente en escenarios naturales, incluyendo la ciudad de San Francisco, el interior de las casas y finalmente el Valle de la Muerte−, llegó la laboriosa fase de montaje a partir de cien horas de material –caso similar en el cine de hoy día es James Cameron, que coincide con Stroheim en más de un punto−, quedando un primer montaje de nueve horas, que debió hacer frotar las manos a Thalberg para que proyectase su odio contra el director, obligándole a recortar.

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Una obra maestra mutilada

La película pasó así a las cuatro horas –más de la mitad del montaje anterior, y que sin duda, ya debía estar muy alejado de lo que Stroheim tenía en cabeza−, y de ahí el productor, sin consultar al director, encarga a June Mathis, que había colaborado en el guion, un nuevo montaje, quedando el film en poco más de dos horas, causando, cómo no, la ira de Stroheim. En cualquier caso, el film no se resiente de su fuerza expresiva, del salvajismo y grandeza de muchas de sus secuencias, y del retrato tan visceral sobre la condición humana en cuanto a la avaricia del título.

‘Avaricia’ es un descenso a los infiernos de sus protagonistas centrales, dos amigos separados en cierto modo por una mujer –la historia más vieja de la humanidad−, y cómo un premio importante en la lotería hará que los celos y la avaricia hagan acto de presencia hasta límites tan del gusto de su director, siempre amante no del exceso gratuito, sino de la amplificación de sentimientos a través de una puesta en escena excelsa, y un trabajo interpretativo que exageraba, por razones obvias, gestos y miradas, transmitiendo a la perfección pensamientos y emociones de unos personajes para nada ejemplares.

‘Avaricia’ es una enorme odisea, la del matrimonio formado por McTeague (Gibson Gowland), realmente el verdadero protagonista del relato, y Trina (Zasu Pitts), anterior novia de Marcus (Jean Hersholt), el mejor amigo de McTeague. Éste trabajará como dentista cuidando de su joven amada –la secuencia en la que la conoce, en su consulta, contiene el subtexto sexual más atrevido de la época, con un maravilloso trabajo en la elipsis−, mientras que Marcus anda de aquí para allá. Trina recibe, para sorpresa de todo el mundo, un premio de lotería de 5.000 dólares, todo un dineral en aquellos años. Y el conflicto se crea a lo Stroheim, esto es, a lo bestia.

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No hay concesiones

Mientras Marcus se lamenta de haber “cedido” a Trina a su amigo, y McTeague no reacciona especialmente diferente a como era antes, esto es un buenazo con mal carácter cuando le tocan las cosquillas con las cosas menos esperadas –en una escena Marcus romperá su pipa de tabaco e intentará asesinarle, siendo el detalle de la pipa lo que mosquea a McTeague−. En cambio, el viaje de Trina hacia la tacañería estará poderosamente marcado por Stroheim, sobre todo a partir de la portentosa interpretación de Pitts, que logra hacer odioso un personaje que, en el primer tercio del film, era todo dulzura y amor.

En ocasiones Stroheim utiliza escenas alegóricas, alejadas de la narración, a modo de metáforas visuales sobre el pecado capital, como esa imagen de unos brazos desnudos, esqueléticos y retorcidos que juegan con monedas. Eso ayuda a realzar el carácter del personaje femenino y como éste llega a extremos impensables sólo para no tener que usar ni una sola de las monedas que ha ganado, y con el que Stroheim consigue captar la maldad que todo ser humano puede tener en su interior, lo mismo que hace con el resto de personajes. También con alusiones dentro de la propia narración, como el gato que intenta atrapar a los pájaros enjaulados, representaciones del trío protagonista y su relación.

‘Avaricia’ es cine realista, muchos años antes de que apareciese la Nouvelle Vague, con Stroheim hurgando en el alma humana, como sólo él sabía hacer, sacando lo peor, también lo mejor, de las personas, abocadas a sus propios sentimientos, cayendo en la depravación tan característica en los films de su autor. Ambivalencia pura y dura en un director que gustaba de contrastes visuales de primer orden: una boda y un entierro en el mismo plano. Y un tramo final, filmado en el Valle de la muerte –teniendo que ser hospitalizado alguno de los actores, debido a las altas temperaturas−, marcado por la posesión de 5.000 dólares y la falta de agua.

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