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'Dallas Buyers Club', la lucha por la vida

'Dallas Buyers Club', la lucha por la vida
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‘Dallas Buyers Club' (id, Jean-Marc Vallée, 2013) fue una de las triunfadoras en la pasada ceremonia de los Oscars, al alzarse con tres estatuillas, una de esas consideradas menores al mejor maquillaje —cuyo presupuesto en el film fue de 250 dólares— y dos correspondientes a las interpretaciones masculinas, principal y secundaria, a Matthew MaConaughey y Jared Leto, respectivamente, quinto film en la historia que consigue los dos galardones juntos.

El interesante Jean-Marc Vallée, firmante de la estupenda ‘C.R.A.Z.Y.’ (id, 2005), entre otras, filma con muchas licencias la lucha contra el SIDA que mantuvo a finales de los ochenta y principios de los noventa Ron Woodroof, un cowboy consumidor de drogas y sexo a diestro y siniestro, que un día le diagnostican la enfermedad y le dan treinta días de vida. El guión de Craig Borten y Melisa Wallack aporta personajes ficticios a la dramatización de la historia, de ahí las licencias.

‘Dallas Buyers Club’ es casi una película tardía dentro del tema que trata, el cual bañó el cine estadounidense a principios de los noventa con películas presumiblemente comprometidas como ‘Philadelphia’ (id, Jonathan Demme, 1993), pero muy actual por narrar la historia de un hombre que lucha contra el podrido sistema, en este caso una empresa farmacéutica que aconseja un medicamento que en realidad no es bueno para la enfermedad, pero lo que importan son los millones de dólares, no las muertes.

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La lucha contra el sistema

En un contexto actual, condenado por la actual crisis, la historia de la lucha de Woodroof viene a cuento por suponer la lucha del hombre de clase media baja contra un gigante que prácticamente tiene la sartén por el mango. David contra Goliath, donde el primero es un cowboy crápula y homófobo, y el segundo las empresas farmacéuticas, pero bien podría ser cualquier otro símbolo del poder que mantiene presionado y ahogado al de abajo. En este caso el precio a pagar en dicha lucha es la vida.

El director rehúsa caer por completo en el excesivo dramatismo de la historia, eligiendo centrarse más en el lado divertido, o llamativo, que llevó a Woodroof a ingeniárselas para probar medicamentos no aprobados y traficar con ellos auspiciado bajo trampas legales. El todopoderoso gigante flaqueado por un don nadie que conoce la vida mejor que él, conocedor de trucos y con un incentivo: no tener miedo más que de la muerte que le diagnosticaron. Arrojo, valentía y dignidad para enfrentarse a quien sea. Por vivir.

Es evidente que ‘Dallas Buyers Club’ se apoya sobre todo en las dos impresionantes composiciones de Matthew MaConaughey y Jared Leto, a los que el director deja libres pero sin permitir el exceso que muchas veces lleva a la parodia involuntaria. Así pues el actor texano, con un enorme control sobre su físico, compone un personaje lleno de dolor, conservador a ratos, y enormemente coherente con su lucha, para la que reniega de todos sus vicios.

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La rabia de vivir

Leto, que llevaba cinco años sin interpretar por estar ocupado con ser el vocalista de su grupo moja bragas, sorprende con la que muy probablemente sea su mejor actuación. Un travestí también con la enfermedad del sida y que se asocia con Woodroof para distribuir los medicamentos no aprobados. También con un gran control sobre su físico —ambos adelgazaron bastante para los papeles— Leto posee un reto mayor al componer un personaje cuya magistral entrada en escena va degradándose hacia el inevitable final con esa terrible frase tan familiar: “No quiero morir”.

En precisamente ese grito angustiado, mezcla de rabia, dolor y aceptación, donde ‘Dallas Buyers Club’ brilla a gran altura, incluso dentro de su lectura socio política del hombre moderno y su lucha. Porque dentro del horror de una muerte anunciada, del dolor angustioso y el rechazo de tus semejantes, la valentía de plantarse y gritar: “así no” o “moriré con las botas puestas”, de retardar el instante final, se encuentra una desesperada alegría por vivir.

‘Dallas Buyers Club’ no es una película perfecta, pero su impronta se queda en la memoria. Juega sus cartas limpiamente, sin manipulaciones emocionales de ningún tipo, y antes de transmitir el inevitable dolor de sus personajes refleja la satisfacción de una guerra con las mismas trampas que el contrincante, y el haber hecho lo correcto, esa inmejorable sensación que está más allá de cualquier trapicheo y argucia legal que no te permite luchar por tu propia vida.

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