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'El Callejón', mi hermosa lavandería

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Una atractiva joven (Ana de Armas) con aspiraciones de actriz acude a una tenebrosa y sospechosa lavandería para limpiar el vestido con el que pretende presentarse a las pruebas como actriz. La amenaza en la sombra de un seductor y extraño cazador (Diego Cadavid) complicará, paso a paso, las cosas y su propia integridad física y psicológica.

Tras varios guiones en cine, con 'El espinazo del diablo' (id, 2001) firmado junto a David Muñoz como el más destacado y la excelente 'Agnosia' (id, 2010) como el más subestimado, llega la primera película como director del escritor Antonio Trashorras, con una larga carrera televisiva a sus espaldas, primero como guionista y también como cineasta.

El primer cortometraje en solitario de este Trashorras desatado fue 'Dos manos zurdas y un racimo de ojos manchado de gris' (id, 2009) un simpático y sintético giallo maternal, cuyo talento visual y planificación dejaban entrever una más que vigorosa concepción del lenguaje cinematográfico. Antes de ser un muy experimentado director y escritor, Trashorras fue crítico, profesión en la que es conocido por sus textos para la revista Fotogramas donde todavía publica breves reseñas de los estrenos de actualidad.

Escribir crítica es, por supuesto, intervenir en un discurso. Me molesta que la recepción de este debut no haya suscitado una conversación más amplia sobre lo que la película propone y todas las críticas se hayan dividido en dos escenarios: el que han delimitado los más conservadores, de concebir la película en base a ciertos valores y lenguajes que no proponen como la coherencia o la pretensión de resultar verosímil, y el que, con buena intención, trata de rebatir esa postura. Mi compañero Mikel se cuenta entre los detractores.

Sin embargo, de momento, he leído pocas reseñas que se enfrenten a la película. Ese es el reto de la crítica: tomar el pulso a un cineasta. Viendo los primeros minutos de esta película, tuve la sensación de que Antonio Trashorras fue uno de esos espectadores, tal vez secretos, que viendo 'Halloween 2' (id, 1981) imaginó una variante de lo posible en el género fantástico y terrorífico.

La secuela de la película de John Carpenter era, seguramente, la más lograda apropiación del estilo de Dario Argento que ha visto el cine norteamericano. Siendo 'Suspiria' (id, 1976) una influencia reconocible y reconocida por Carpenter en la primera, la película iba al límite y en su delgadez argumental se lograba que otro director (que ni siquiera era Carpenter, aunque rodara algunas escenas) fuera al mismo tiempo Carpenter y Argento.

En aquella variante imaginada, no existía el personaje de Jamie Lee Curtis sino una de las féminas eróticas de las películas que rodó Brian DePalma en los ochenta y aquellas no eran tampoco sino otras, musas italianas de diversas películas, de Mario Bava o también del muy distinto Jess Franco. Esto es una epifanía de quien se dispone a intervenir materiales que le han resultado sugerentes y a construir así su poética.

Así que, partiendo de esas premisas, las intervenciones que propone la película sobre textos fílmicos ajenos son más o menos desiguales. Las más talentosas intervenciones son sobre el estilo de Brian DePalma. El cineasta quería llevar al límite la estética del voyeur, mientras que Trashorras, quien tiene la infrecuente dignidad intelectual de considerar al espectador al menos tan curioso como él, propone repetir esos recursos de esitlo no tanto para crear simetrías (visuales, psicológicas) como para deformar los deseos de su protagonista, atrapada también en la imagen de sí misma.

Por eso, los samplers más psicodélicos del film me parecen el elemento más flojo y desigual de éste. No tanto porque no comprenda cual es la intención original de su cineasta, que es la de expandir la imaginación de su gramática fílmica mediante el rapto de diversas influencias (la epifanía de la que hablaba antes), sino porque todos estos materiales tienen, por supuesto, su propio contexto y su propia función, y rotos de coherencia, el resultado depende de la habilidad de ensamblar y evocar a partir de la disparidad temática y visual convocada.

Así que la propia película, como ha dejado dicho ya John Tones, es un estimulante ejercicio de amor al género (con cada uno de sus tópicos y con algún que otro giro inesperado) pero también de crítica. En la parte crítica, Trashorras navega hacia una dirección opuesta hacia la del cineasta. Con esto, quiero decir que su intención, marcada por la cita inaugural de Gorey y por su delgada trama, de abrazar el terror irracional no puede ser coherente con la poética de por supuesto, vaciar al género de evocaciones mediante el rapto de otras imaginerías de películas bien distintas. Así que esta genuina rareza funciona, también, como bicéfala discusión entre dos personalidades distintas.

El mejor momento de la película, ese en el que el escritor y el director llegan a un acuerdo tácito e inspirado, está en el diálogo de seducción. La esforzada y talentosa Ana de Armas llega a su cima interpretativa y el deliberadamente histriónico villano resulta agradable, seductor. Las palabras de Trashorras se funden con una relajación de su imaginería, logrando un hermoso estilo, singularmente propio.

Y es el anuncio de otra película posible, en la que las relaciones entre lo que vemos y lo que oímos, porque en esos diálogos, brillantes, los personajes de la presa y del cazador no se acercan en lo emocional y lo único que tantean es que sus arquetipos, de repente conscientes a ellos como si fuera la piel que van descubriéndose, liberen su natural energía sexual y por eso dejan a la palabra que sea la que intermedie en la seducción. Es un momento tan altamente inspirado como psicoanalítico que, por desgracia, pasará desaparecibido a los más miopes espectadores, pensando que es solamente un momento en el que la acción se detiene.

Recomendable, extraña, irregular y llena de un arrojo asombroso para un debut, esta película merece ser vista y ser pensada desde lo que es.: un calculado ejercicio de pasión, en el que ninguna de sus dos fuerzas centrífugas (la intelectual y la más intuitiva) domina sobre la otra. Por eso es tan desconcertante y por eso debe ser materia genuina de discusión.

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