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'En un lugar sin ley', en otro tiempo, en otro lugar

'En un lugar sin ley', en otro tiempo, en otro lugar
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‘En un lugar sin ley’ es el título que ha recibido en nuestro país ‘Ain’t Them Bodies Saints’ (David Lowery, 2013), cuyo título original, según Casey Affleck, es una cita errónea del director sobre una canción y que no tiene sentido alguno. Segunda película en solitario de David Lowery, de quien recientemente hemos podido ver su talento como montador en la infumable ‘Upstream Color’ (id, Shane Carruth, 2013), cometido que aquí deja a Jane Rizzo y Craig McKay —montador durante mucho tiempo de Jonathan Demme—, centrándose en el guión y la dirección.

El nombre de Terrence Malick no ha dejado de sonar desde que la película se empezó a ver, y ciertamente puede ser su influencia más evidente, para mí con una diferencia enormemente sustancial: Lowery puede presumir de capacidad de síntesis, aunque por supuesto sus intenciones son otras, acercarse al género del western para narrar una historia de amor imposible, evocando las odiseas de fugitivos de la justicia, yendo directo al grano. Triste y lírica a partes iguales, aunque no perfecta.

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Una de las mayores virtudes del relato es su brevedad, no porque resulte corta, sino porque en hora y media Lowery se las arregla para contar todo lo que quiere contar, sin andarse por las ramas, e incluso sobrándole tiempo. Desde luego un ejercicio prácticamente suicida en estos tiempos que corren, en los que lo evidente y los subrayados son los elementos más preciados de cara a una buena taquilla. Y sin embargo, algunos innecesarios subrayados empeñan un poco ‘En un lugar sin ley’.

Es más que evidente la relación entre Ruth (Rooney Mara) y Bob (Casey Affleck), ya conocemos su terrible historia de amor, sus desesperados sentimiento del uno por el otro. No son necesarios esos flashbacks que recuerdan instantes de ellos juntos —¿no pueden transmitirlo los actores sin necesidad de ello?—, ni siquiera como contraste con su actual situación: él, un fugado de la cárcel, y ella, una madre sin futuro a su lado. Por otro lado la química entre Mara, que está soberbia, y Affleck, que muchas veces es tan malo como su hermano, es prácticamente inexistente.

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La belleza de lo imposible

Pero la inexpresividad de Affleck y los citados subrayados no impiden la belleza del film en muchos de sus instantes, una belleza tanto fílmica como temática, e impregnada de una desoladora tristeza, la de los personajes que reconocen su destino, como en los westerns crepusculares de Sam Peckinpah, pero manteniendo una sabia distancia. Ahí están la propia Ruth, cuyas palabras finales son toda una dolorosa verdad, o Keith Carradine, como lejana conexión con una época más libre y visceral.

Y al lado de la veteranía del mejor de los hijos de John Carradine hay que sumar el buen hacer de un actor como Ben Foster, que casi siempre está al servicio del histrionismo más molesto, pero aquí da una lección de contención con un personaje carismático y con más cosas que decir que lo que aparenta a simple vista. Un sheriff como antagonista que comprende más allá de los hechos y tiene su momento de lucimiento con un discurso lleno de una coherencia asombrosa, y que casi es un personaje fuera de un tiempo que la película parece querer evocar, aquel en el que se vive otra vida que se soñó, otra felicidad.

Una historia de amor, que como todas las grandes historias, se pierde en medio de un mundo lleno de violencia —la poca que hay en el film, es expositiva y contundente—, y en el que las decisiones tomadas en nombre del amor condenan a las almas gemelas para siempre. ‘En un lugar sin ley’ parece describir esa vida en sólo hora y media, parando el tiempo y deteniéndose, siendo cruel mientras en el subtexto vemos lo que pudo haber sido y no fue.

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