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Gran Cine de Aventuras: 'El halcón y la flecha', alegría de vivir

Gran Cine de Aventuras: 'El halcón y la flecha', alegría de vivir
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“Ahora, marqués, estamos en la oscuridad, donde una espada sólo es un cuchillo largo”

En este apasionado Ciclo de Gran Cine de Aventuras que estamos haciendo en Blogdecine (aunque ya he hablado de grandes películas de aventuras en muchas ocasiones, que le redimen a uno de este mundo gris que nos ha tocado vivir), toca hablar, después de irnos a mundos tenebrosos en mitad de la jungla (ya sea en la naturaleza agreste o de asfalto), y de viajar con la imaginación a países que nunca existieron del más exótico Medio Oriente, toca irnos ahora a una Europa de cuento recreada completamente en estudio, concretamente a la Italia de Lombardía en el siglo XII, para volver a zambullirnos en una aventura imposible que quisiéramos que fuera muy real, dirigida por uno de los más grandes directores franceses y norteamericanos de todos los tiempos, protagonizada por uno de los actores más legendarios de la llamada época dorada de Hollywood, y que nos cuenta una historia apasionante que puede servir de parábola para cualquier situación de tiranía en el mundo, pues ese es su propósito.

‘El halcón y la flecha’ (‘The Flame and the Arrow’, Jacques Tourneur, 1950) es una de las películas de aventuras más imitadas de todos los tiempos, y eso que en sí misma representa la cristalización de las corrientes aventureras más importantes de los años treinta y cuarenta, para regresar a un cine casi arcaico, con sabor a algo imperecedero de la memoria, pero que asombrosamente parece un cine renovador incluso hoy día, pues del vértigo y la tensión vivísimas de esta película aún aprenden algunos buenos directores que saben que lo sencillo y lo humano no tiene nada que ver con lo simple y lo ingenuo. Y mucho menos en el cine de aventuras, considerado demasiado a menudo como un género menor, cuando en realidad es el género de géneros (que abarca desde el western hasta el bélico, desde el terror hasta el histórico), y que propone, cuando merece la pena, una vida paralela a la nuestra con la que poder expresar nuestros más profundos anhelos.

En este caso, el de la búsqueda de la libertad, pues pocas películas hay que logren expresar esa emoción con tanta nitidez como ésta. Y lo hace articulando unos caracteres de vitalidad pura, y una puesta en escena de una sensualidad que, cuando la vi por primera vez a los ocho o nueve años me pareció enorme, y ahora, un par de décadas más tarde, creo que permanece intacta. Los grandes directores son directores sensuales, creo, y Tourneur lo era, apreciando siempre la fogosidad y el temperamento de los cuerpos, llevando a sus actores al paroxismo físico en sus más sublimes películas, exacerbando sus posturas, sus gestos, como estatuas dinámicas. Y esto se aplica en modo superlativo, por supuesto, a Burt Lancaster, pero también a su compinche Nick Cravat, a Virginia Mayo, a Robert Douglas, a Frank Allenby. Para ser un proyecto de encargo, como tantas veces dijo el cineasta, nos encontramos ante un cine de inusitada fuerza expresiva, majestuosa precisión, potenciando lo lúdico como forma de arte supremo.

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La sonrisa de la aventura

Dardo Bartoli, una suerte de Robin Hood mucho más anárquico e individualista, que cree más en su libre albedrío que en ayudar a los demás, se convertirá en adalid de la lucha contra la opresión por motivos absolutamente egoístas, y en compañía de su inseparable y mudo Piccolo, se enfrentará a los dos grandes villanos de la función como un niño que cree con fe ciega en sus actos y sin preocuparse de las consecuencias. Es, por tanto, un héroe clásico al que afectará emocionalmente mucho más lo erótico (su relación con Anne de Hesse) y lo sentimental (el peligro que corre su familia) que los motivos ideológicos de sus actos. Y si Dardo es frívolo y jovial, Piccolo va más allá, en su gusto por el humor chabacano. Pero Dardo tocará, en sus andanzas, todos los palos de la aventura clásico: lo romántico, lo humorístico y lo físico. Y nosotros, espectadores, querríamos ser él en su libérrima existencia y en su forja como héroe de leyenda, en su sentido de la familia, y en su seductora presencia.

Hay grandes combates a espada (el que transcurre entre las sombras, absolutamente magistral en su planificación, en el sonido y en el guión), y grandes persecuciones, y grandes peleas, además de, claro, grandes momentos circenses, pues Lancaster y Cravat fueron compañeros circenses y aquí reverden antiguas glorias, casi como dos dibujos animados colgando de techos y lámparas, en una bastante erótica amistad capaz de producir las secuencias más divertidas e inverosímiles. Hay mucho aquí del estilo aventurero de Gene Kelly, potenciado hacia los malabarismos reales que dejan con la boca abierta, y con Tourneur entregado a ellos con delirio juvenil. Pero Tourneur es capaz de extraer de cada paisaje, de cada encuadre, de cada mixtura de colores, una emoción profunda, que se instala en la retina y te hace caer embobado de su buen gusto, de su pericia visual inimitable, que convierte el flamear de una llama en un puro deleite.

Y Burt Lancaster, con su sonrisa maravillosa y blanquísima, encarna la aventura infinita en su cuerpo de atleta y en sus ojos melancólicos, perfectamente corporeizado en Dardo. Productor de la película, supo construir un vehículo a mayor gloria de sí mismo y, al mismo tiempo, contratar a uno de los directores con mayor sentido visual (y sonoro) de la historia del cine (aunque creo que las peleas entre ambos se sucedieron en el set) para que construyera esta joya del cine de los años cincuenta, con fenomenales decorados de Lyle B. Reifsnider y no menos fenomenal fotografía de todo un icono de aquellos tiempos, el operador Ernest Haller, capaz de entender a la perfección la indescriptible sensibilidad de Tourneur con los colores y los espacios, su sentido del ritmo interno con la cámara, su necesidad de convertir una película más de acción en una obra de arte pictórica, humana, transgresora, rebelde.

Conclusiones: miles de momentos

Las piernas de Mayo bañándose en el río, la flecha que alcanza el hombro de Dardo, los gestos simpatiquísimos de Piccolo, las peleas, los diálogos como dagas envenadas… Imposible comprimirlos. Cine para ver mil veces y no cansarse. Si existe una estirpe gloriosa en el cada vez más devaluado cine de aventuras, no cabe duda de que esta maravilla se encuentra en un lugar privilegiado.

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Ciclo Gran Cine de Aventuras

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