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'Hijos de los hombres', puñetazo de verdad

'Hijos de los hombres', puñetazo de verdad
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Proyecto Humano… ¿Por qué la gente cree en esa mierda? Sabes, aunque esa gente exista, con sus instalaciones en lugares secretos, no me jodas, ¡es muy fuerte!, aunque hayan descubierto la cura para la infertilidad, ¡no tiene importancia! Demasiado tarde. El mundo se ha ido a la mierda. ¿Sabes qué? Era demasiado tarde antes de que esto de la infertilidad ocurriera, hostias.

-Theo Faron

Hay películas que resultan tan insoportables, tan poco condescendientes con el espectador, que verlas una primera vez resulta un verdadero suplicio, pero que regresar a sus imágenes y volver a resistirlas se convierte en un verdadero calvario. ¿Por qué entonces, en casos como éste, volvemos a insertar el Dvd en el reproductor y damos click al play? En mi caso, y sospecho que en el caso de algunos más, este mazazo nos perturba, pero al mismo tiempo nos hace libres.

Por suerte para los cinéfilos, y para el cine, y para el arte, existen algunos directores muy capaces de olvidarse de lo que espera recibir la mayoría en una sala de cine, y de dedicarse a lo que tienen que hacer. Es decir, de convertir el arte, la cultura, en un instrumento de combate, al mismo tiempo que redefinen y formulan sus límites estéticos. Uno de esos elegidos es, a mi entender, el realizador mexicano Alfonso Cuarón, un tipo que está muy lejos de dormirse en los laureles de su maravilloso ‘Harry Potter y el prisionero de Azkabán’, y al que sólo le preocupa la verdad.

Otros directores pueden preocuparse de arreglarle el fin de semana a la masa de espectadores que acuden al cine a olvidarse de sus problemas, y con ello pueden contribuir a engrosar la cuenta corriente propia y la de otros. Pero dentro de pocos años pasarán justamente al olvido. Sin embargo hay directores que quieren hacer honor a su profesión. Prefieren ofrecerle algo al espectador que no le guste, hablar de cosas valiosas y de una forma auténtica, antes que firmar el enésimo ejercicio de diversión para que el personal se sienta a gusto consigo mismo (¿acaso no han pagado una entrada? tienen derecho por tanto a exigir que el cineasta les divierta).

Ahora bien, ¿hay un exceso de autocomplacencia por parte de Cuarón? ¿Un ego desatado? Nada de eso. Su dirección es asombrosa primeramente por su humildad. La primera y más importante de las decisiones de su puesta en escena es el naturalismo absoluto, y el ascetismo más suicida. Filmada en super 35, haciendo uso de grandes angulares que posibilitan una extraordinaria profundidad de campo, el repetido uso de la cámara en mano da lugar a algunos de los planos secuencias más notables de la historia del cine. Pero el objetivo de Cuarón a la hora de elaborar estos complejísimos planos no produce la sensación de la búsqueda de lucimiento, sino de la búsqueda de la verdad.

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La combinación insuperable de los planos secuencia (por ejemplo, el de la importante muerte de un personaje que creíamos esencial en el futuro del relato), la coreografía de los actores y de los técnicos, convoca una tensión psíquica que no se logra por otros medios. Con estos planos secuencia Cuarón se erige como uno de los dos o tres directores con más pericia y talento de su generación. Y los lleva a cabo como si fueran fáciles. Imposible imaginar el inmenso trabajo de preproducción que requieren, y el esfuerzo de un equipo fabuloso perfectamente orquestado.

Cuarón, de este modo, aprovecha el gran éxito y poder que le supuso llevar a buen puerto la tercera aventura del niño mago para viajar a Londres, y allí y en sus alrededores filmar esta adaptación de la talentosa escritora (casi nonagenaria) de novelas policiacas P.D. James, cuyo relato ‘Children of men’ fascinó a Cuarón lo suficiente como para embarcarse en este proyecto que, hasta la fecha, tan poco dinero ha reportado, y que a pesar de que goza de cierto prestigio crítico, no es un película ni por asomo famosa. Aunque eso a quién le importa.

No creo que sea justo quedarse con su anécdota principal, la que narra que en el mundo ya no nacen niños y que la humanidad se enfrenta a su final. La película no se centra sólo en ello, y esa es una de las razones de su grandeza. Otras películas sí se quedan en la superficie y no llegan más allá, pero en ‘Hijos de los hombres’ esto no es más que una excusa para trazar un exacto y tenebroso retrato no de la cloaca de mundo del futuro, sino de la cloaca de mundo infecto que nos ha tocado vivir. El espectador, me temo, no siente, aunque se trate de una ficción futurista, que le instalen en un mundo futuro. No, en realidad sentimos que alguien ha bajado a los infiernos de este mundo, este y no otro.

De ahí su poderosísima verdad, y su brutal impacto. Observamos los guettos y confinamientos (en realidad, fortalezas del horror para inmigrantes) que existen por todo el mundo. Asistimos, estupefactos, a la hipocresía y violencia salvaje de los que se llaman nuestros gobernantes o nuestros salvadores de las barbaridades de estos gobernantes. Somos testigos de la cárcel del mundo moderno, de su suciedad, su demencia y corrupción. No hay esperanza, y Cuarón no está dispuesto a proporcionarnos paños calientes. Y en medio de todo este horror (que es el mundo tal cual, queramos o no verlo), aún hay espacio para rayos de esperanza.

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Esa esperanza es la que alguna que otra vez puede disfrutar en su itinerario al filo de la muerte el desengañado Theo (interpretado con gran humanidad y sobriedad por el estupendo intérprete Clive Owen), y que toma cuerpo con las apariciones maravillosas de Julianne Moore o Michael Caine, dos de los mejores intérpretes vivos. Theo es un hombre, por lo demás, superado absolutamente por las circunstancias, y que apenas puede lidiar con la situación que le ha tocado vivir, a la que le han llevado una mezcla de principios e instinto de supervivencia.

Con una selección de canciones magnífica, que sin cargar las tintas en sus códigos genéricos, sino ecléctica pero igualmente devastadora, y con la formidable dirección de fotografía de Emmanuel Lubezki (sin duda, el operador más dotado de su generación), la vorágine de ‘Hijos de los hombres’ nos repele y nos atrae al mismo tiempo.

Apenas hay, por tanto, momentos para la risa o la relajación, sumidos además en ese mundo grisaceo y decolorado, espantoso de puro real. Los diseñadores de ese futuro se plantearon, de hecho, una solución muy alejada a la que llevó a Ridley Scott a construir su ‘Blade Runner’. Todo lo que allí es poesía impostada, aquí es una verdad dolorosa y fugaz; lo que allí es una atmósfera como verdadero protagonista, aquí es un elemento más de la narración y un apoyo anímico a los personajes. Lo que allí es un final feliz anticlimático aquí es un final ambiguo y descarnado, que nos deja el corazón en un puño y nos empuja a pensar, a cambiar y a mejorar. No lo haremos, pues somos personas. Pero quizá seamos un poco más lúcidos.

‘Hijos de los hombres’ es, junto a ‘La joven del agua’, la mejor y más bella película estrenada en el mundo en 2006. Creo esto tan firmemente como que el mundo se va a la mierda y que no se merece maravillas como la última película, hasta la fecha, de Alfonso Cuarón.

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