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'Instinto Básico', un thriller magistral

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“¿Qué debería haber dicho? ‘¡Eh, chicos, no soy gay, pero me follé a la sospechosa!’”

- Dra. Beth Garner

Hay directores-autores, que sólo salen de su casa a dirigir las películas que llevan dentro, y que mueven los proyectos en base a su nombre, su astucia, su dinero o sus contactos. Por ejemplo, David Lynch. Hay directores mercenarios, que se esperan en su casa a que les lluevan las ofertas, y entonces deciden qué producto llevar a cabo. Por ejemplo, Ridley Scott. Y luego hay directores que ni una cosa ni la otra. Ni están en su casa esperando, ni sólo se dedican a firmar proyectos personales, pero que, sin embargo, terminan firmando proyectos muy personales escritos y urdidos por otros, que ellos llevan a su terreno de una forma casi milagrosa. Este es el caso de Paul Verhoeven, holandés que se afincó en EEUU a finales de los ochenta (ahora ha regresado al viejo continente a enfrentarse a la recta final de su carrera), y que es responsable de una de las carreras más apasionantes de un extranjero en Hollywood, y seguramente el director holandés más estimulante de la historia.

¿Cómo Joe Eszterhas (que cobró una millonada por el libreto) escribió un relato con tantas abundantes y nítidas conexiones con aquella joya morbosa titulada ‘El cuarto hombre’ dirigida por Verhoeven con habilidad de alquimista? Es probable que la tuviera en mente, pero el guión no fue escrito pensando en que la haría Verhoeven, sino en que podría hacerlo cualquiera. Por supuesto que fue en él en quien primero pensaron, pero entre ambas se establece una unidad, no solo temática, sino sobre todo narrativa, que no se observaba desde los tiempos en los que los grandes autores del Hollywood clásico compraban, o encargaban, los guiones que mejor se adecuaban a su particular universo. ‘Instinto Básico’ creó una absurda polémica durante su rodaje y en el momento de su estreno (polémica de la que se beneficiaron, listos son ellos, los colectivos de gays y lesbianas de EEUU), lo que sumado a su éxito en taquilla y a su aura de sexualmente explícita, originó el prejuicio de que era un producto de marketing sin nada dentro. Nada más lejos de la verdad.

Porque ‘Instinto Básico’ es un thriller (ya que está por encima del suspense, en una formulación de la monstruosidad del asesinato como objeto a estudio) magistral, que en ningún momento, pese a lo truculento de su trama, adolece de falta de elegancia, sino que es un derroche de ella; que cuenta una enrevesada trama criminal y lo hace con una sencillez y una claridad admirables; que se la juega en cada giro argumental, pero que a pesar de tambalearse en el vacío, nunca llega a caer. La mejor película, con mucho, dirigida por Verhoeven en EEUU, y su más redonda obra junto a ‘El cuarto hombre’.

La coartada perfecta

Joe Eszterhas se ganaba la vida muy bien en Hollywood, y se había labrado una reputación de guionista sólido y comercial, con los libretos de ‘La caja de música’ o ‘Flashdance’. Era algo así como un todoterreno, pero con ambición de convertirse en algo importante. Este es, con toda probabilidad, su trabajo más logrado. Después aún logró embolsarse buenas cantidades de dinero por sus escrituras para ‘Sliver’ o ‘Jade’ (dos películas mediocres, por cierto), pero nunca más regresó con algo tan brillante. En su historia hay mucho sexo, mucha violencia, relaciones homosexuales, celos, locura, asesinatos, investigaciones, literatura, sangre. Una trama de la que resultaba muy difícil extraer una película equilibrada. Y Verhoeven lo logró como si fuera fácil.

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Unos elegantes títulos de crédito dan lugar a una escena de sexo que es toda una coreografía de la muerte en el momento del orgasmo. De manera muy habilidosa, no vemos el rostro de la asesina, oculto por su pelo rubio. Hay morbo pero también una palpitante sensualidad en esa secuencia…rota en mil pedazos por el estallido de una violencia salvaje: el picahielos clavándose en la cara de la víctima, y después perforándole varias veces el cuerpo. Desde el mismo inicio, Verhoeven nos sitúa en una atmósfera hiperviolenta y casi despiadada, con ese grupo de policías riéndose en la escena del crimen por la abundancia de esperma rociado en las sábanas (“se corrió antes de que lo corrieran” bromea uno). Nick Curran (un buen, sólido Michael Douglas) y su colega Gus (el excelente intérprete George Dzundza) son los encargados del caso, y visitarán a la novia del rockero asesinado, una tal Catherine Tramell.

Con el gran operador (luego director de ficciones muy pobres) Jan de Bont de aliado, Verhoeven crea planos de gran densidad formal y pericia técnica, como ese en el que observamos un plano general de San Francisco, que panoramiza en descenso y que se encuentra primero con la mansión de Tramell y luego con los dos policías acercándose casi como dos hormigas. O justo el siguiente a ese, en el que observa a ambos agentes subidos a la plataforma circular de entrada, y realizando un movimiento también circular en torno a ellos. Esto es una producción con todo el poderío de Hollywood, pero también con gran gusto en cuanto a los ambientes y los personajes. De un vistazo nos hacemos a la idea de las personalidades de Curran o Gus, pero también de Roxy (la novia de Catherine, a la que da vida una también sensual Leilani Sarelle), la psicóloga Beth Garner (la estupenda y siempre guapa Jeanne Tripplehorn), y sobre todo el complejo y fascinante personaje de Sharon Stone, mucho más difícil de interpretar de lo que parece para no caer en el exceso o la parodia.

Sin más dilación, y a parte de conocer algo del pasado turbulento de Curran, se nos da a conocer la ingeniosísima coartada de Tramell. Al haber escrito un libro en el que ya se escenificaba con ritual y detalle exacto el asesinato por el que la acusan, no hay muchas posibilidades de encausarla sin pruebas directas, teniendo en cuenta además su fortuna. Sin móvil, y con la coartada del libro, finalmente es la sospechosa número uno, pero esto llevará a Curran a una aventura peligrosa e intensísima, y a una relación tempestuosa, que es, al menos para quien esto escribe, una cumbre del género.

Rasgos de estilo: suspensión de incredulidad

Sin duda la obra maestra que representa en sí misma la música de Jerry Goldsmith, sube varios enteros a la puesta en escena de Verhoeven. Pero eso no le quita méritos a un trabajo brillante, con varias secuencias antológicas. Por ejemplo la del famoso interrogatorio, en el que la mayoría de espectadores (yo a veces también) sólo se fijan en el famoso cruce de piernas (mil veces parodiado). Ya cuando van a buscar a Tramell, Verhoeven cierra la secuencia con ese plano elegantísimo que presenta a los tres de espaldas caminando hacia la puerta. Pero la secuencia en sí ya comienza con un cruce de planos que es como una danza entre los actores, todo ello bajo un ambiente de luces azules muy elaborado. Toda ella es verdaderamente una lección de planificación soberbia.

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Con grandes angulares, con contrapicados en los que a menudo se ven los techos (tal como dicta el género), el interrogatorio está dividido entre partes sutilmente diferenciadas entre sí, y que constituye un ritual de deseo hacia algo (aparente: la verdad del caso, oculto: la propia Tramell) no satisfecho. Rodeada de hombres, es Tramell (una soberbia Stone) la que controla la situación en todo momento. Empieza con la broma del tabaco, y con el velocísimo juego de primeros planos que comienza con el ¿mató usted a Johnnie Boz? pasamos a la segunda parte del interrogatorio, que tiene al cruce de piernas como protagonista absoluto. Es la parte más larga, en la que se establece una relación entre Curran y Trammell. La tercera parte comienza con un corte brusco de montaje, un movimiento en travelling de retroceso hasta coger la escena en plano general y un cambio en el tema musical.

La formidable secuencia de la persecución también es digna de un maestro en la realización de películas, que comienza con un plano aéreo desde un helicóptero y con un montaje perfecto alterna planos generales y cortos, desde una cámara lapa en el lateral del coche, hasta otra pegada al frontal del mismo y rozando el asfalto. Una escena que tardó varias semanas en rodarse y que también cuenta con presentación, nudo intenso y desenlace, que es el segundo coitus interruptus. El mismo juego de seducción, pero esta vez explícito, ocurre en la secuencia de la discoteca, y finalmente obtiene como recompensa el largamente ansiado e interrumpido orgasmo.

Pero también hay suspense, y hay pasión devoradora, y un crescendo imparable, como si fuera una predestinación, en esta historia que se van rizando y complicando, pero de la que Verhoeven jamás pierde el control, centrándose sobre todo en sus actores y en su cámara, siempre a la altura de la mirada humana, sin aspavientos, sin énfasis, con una secuencia muy contenida pero muy astuta, adentrándose por los meandros de una ciudad que late sexo por los cuatro costados, como San Francisco, a la que erige un monumento. El sexo como una adicción al peligro, al dolor de la posible pérdida futura, compensada por el placer del presente. El crimen como la otra cara de la moneda, como el complemento perfecto a la pasión, con el que sublimarla o simplemente acallarla para siempre…

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