'Las sesiones', el sexo y el amor

'Las sesiones', el sexo y el amor
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No me gusta nada cuando las películas caen en lo evidente, no aprovechan las posibilidades de la historia que cuentan y se limitan a tirar de lugares comunes para salvar la papeleta. La coletilla ‘basada en hechos reales’ es bastante habitual en ese tipo de cintas —yéndose hasta límites casi inimaginables en el caso de las tv movies—, ya que lo consideran suficiente para atrapar la atención de cierto tipo de público. Por fortuna, son cada vez más las películas basadas en casos reales que se preocupan por ir más allá de la presunta excepcionalidad de la historia de nos quieren contar.

Está comprobado que el sexo vende —y mucho—, y a priori podría parecer a simple vista que ‘Las sesiones’ (‘The Sessions’, Ben Lewin, 2012) es una película que incide de forma excesiva en el componente sexual de la historia que nos quiere contar: Un poeta tetrapléjico de 38 años que decide contratar a una terapeuta sexual para así poder perder su virginidad. Sin embargo, Ben Lewin prefiere centrarse en la parte sentimental —que no sentimentaloide— de un caso real para ofrecer un cálido retrato de la necesidad que todos tenemos de practicar el sexo y, sobre todo, enamorarnos.

La sencillez de ‘Las sesiones’

Imagen de John Hawkes en

Uno de los grandes errores de muchas películas es el querer convertirse en la obra definitiva sobre el tema abordado, cayendo así en tono excesivamente trascendental que crea una marcada separación entre el espectador y lo que sucede en pantalla. No quiero decir que sea algo necesariamente malo, pero sí que en la mayoría de ocasiones acaba volviéndose en contra de la película. Eso no sucede en ‘Las sesiones’, ya que Ben Lewin prefiere relativizar los aspectos que más dudas morales despertarían —el protagonista es bastante religioso y solicita el permiso del cura de su parroquia antes de lanzarse a contratar a una terapeuta sexual— y deja que la historia fluya con naturalidad, dando una gran importancia al trabajo de sus protagonistas.

Se nota que la historia le tocó en lo más hondo a Lewin, ya que llevaba 18 años sin rodar película alguna —en ese tiempo dirigió un documental y un puñado de capítulos de series televisión como ‘Ally McBeal’ (1997-2002) o ‘Tocados por un ángel’ (1994-2003)— y no sólo se encarga de la puesta en escena, ya que también ha escrito el guión. El sexo es algo normal para Lewin, ya que en ningún momento deja la sensación de que haya gratuidad alguna en los numerosos desnudos del personaje de Helen Hunt —pasa más tiempo así que vestida—, pues estamos ante un accesorio más en la odisea personal del protagonista.

Lewin tampoco hace grandes subrayados —sí que hay un casi inevitable tono propio del cine indie, pero mucho menos marcado que en otros casos—, sea la situación cómica o estemos ante lo que parece la crónica de una tragedia anunciada, algo que se agradece sobremanera, ya que ayuda a que ‘Las sesiones’ transmita un mayor realismo al espectador. La única excepción a este punto está en el tramo final de la película, donde la acción se acelera, rompiendo con el tono dominante hasta entonces. Está claro cuál es el objetivo buscado por Lewin con esto, pero, y sin que sirva de precedente ya que es un recurso que odio, bien podría haber echado mano del típico final con texto en pantalla revelándonos el destino posterior de sus protagonistas.

La necesidad de amar

Los protagonistas de

Poco importa la cantidad de veces que nos hayan roto el corazón, ya que el ser humano tiene la necesidad vital de amar, por lo que, salvo que uno se convierta en un ermitaño, más temprano que tarde surgirán sentimientos hacia otra persona. Sin embargo, el caso de Mark O´Brien es especialmente peculiar, ya que se quedó tetrapléjico a una temprana edad y ha sido incapaz de conocer lo que realmente es el amor. En ‘Las sesiones’ se nos muestra lo que parece ser su primera gran tentativa –hay no pocos apuntes a lo largo de la película señalando una obsesión suya por enamorarse, aunque no sea más que una exageración de sus sentimientos reales-, la cual se salda con un fracaso que le hace plantearse que al menos no le gustaría morirse sin haber tenido relaciones sexuales con alguien.

Se ha hablado mucho de la valentía de Helen Hunt por aceptar un personaje tan singular como el de una terapeuta sexual. Hay espacio para explicarnos la diferencia entre su profesión y la prostitución, pero, una vez vista ‘Las sesiones’, queda la sensación de que sus escenas de desnudo han influido mucho en las alabanzas recibidas. Cierto que vuelve a hacer gala de ese talento que se deja ver por la gran pantalla menos de lo deseable, pero también que es John Hawkes quien se come la película con una interpretación maravillosa ante la que uno sólo puede rendirse y limitarse a observar la brillantez de su trabajo.

John Hawkes y Helen Hunt en

Hawkes no echa mano de grandes reacciones gestuales grandilocuentes o de diferentes modulaciones de su voz para manipular los sentimientos del espectador, ya que apuesta por una actuación directa, en la que la naturalidad mostrada en sus reacciones, dudas y experiencias desarme el escepticismo del espectador ante lo que sucede en pantalla. Consigue evitar el patetismo durante sus primeros contactos con el sexo y transmite la sensación de ser una persona que quiere disfrutar la vida en su plenitud pese a sus evidentes limitaciones, y todo ello sin caer en la pena barata habitual en otros casos similares.

El trabajo del resto del reparto también raya a un gran nivel, especialmente un William H. Macy que demuestra una gran química cómica en las escenas que comparte con Hawkes, pero todos ellos son un accesorio para contar el periplo del protagonista. ¿Acaso no todo el mundo merece conocer esa sensación de máxima felicidad que puede proporcionarnos el amor? Es evidente que también es un sentimiento que puede hundirnos en la miseria, pero en ‘Las sesiones’ se consigue que simplemente estemos deseando que eso no suceda. Eso debería ser lo habitual, pero cada vez es más raro que una película realmente nos toque la fibra sensible.

William H. Macy y John Hawkes en

‘Las sesiones’ no es una obra maestra y tampoco una de las mejores aproximaciones cinematográficas a ese sentimiento tan inabarcable como es el amor, pero sí que es una experiencia agradable que no cae en el abuso de lugares comunes o manipulaciones emocionales demasiado evidentes. La gran actuación de John Hawkes y la cercanía que consigue transmitir la convierten en una inusual comedia romántica en cuyo visionado merece la pena emplear nuestro tiempo.

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