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Lawrence Kasdan: 'French Kiss', la total concesión
Críticas

Lawrence Kasdan: 'French Kiss', la total concesión

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Tras revisitar por segunda y última vez el género del western con ‘Wyatt Earp’ (id, 1994), y sentir un fracaso de taquilla y crítica verdaderamente importante, Lawrence Kasdan intentó jugar sobre seguro con la siempre aceptada comedia romántica. Para ello contó de nuevo con su actor fetiche, Kevin Kline —en un papel destinado a Gérard Depardieu—, y se asoció con la insufrible Meg Ryan en la que es su primera película como productora. El resultado no puede ser más decepcionante tratándose de un film de Kasdan con un atractivo reparto y con un punto de partida de cierto aroma clásico.

No deja de resultar curioso el hecho de que las únicas películas dirigida por Kasdan en las que él no se ha encargado del guión, son precisamente sus dos comedias más puras. ‘Te amaré hasta que te mate’ (‘I Love You to Death’, 1990) y la presente gozan ambas de ideas muy sugerentes; de puntos de partida si cabe ingeniosos, e incluso atrevidos, pero la taquilla manda, y en el caso que nos ocupa, la productora, protagonista de muchas películas románticas, más aún. ‘French Kiss’ comienza como comedia irreverente, "moderna" y termina cayendo en el conservadurismo más feroz.

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‘French Kiss’ da comienzo con Kate (Ryan) en lo que parece un avión a punto de despegar. En realidad se trata de un simulador con el que la protagonista de la historia intenta superar su miedo a volar. Así se establece uno de los apuntes más interesantes del relato, el de la simulación. Todos los personajes simulan ser, o no ser, hacer, o no hacer, pero ahí se queda el apunte. Kasdan no se atreve a llegar hasta sus últimas consecuencias —el poder de la mentira para llegar a la verdad, por contradictorio que resulte—, convirtiendo la película en un festival de tópicos a cada cual más previsible y ramplón.

Más tarde, cuando Kate descubra que su prometido la deja por otra mujer con la que se ha ido a París —la ciudad del amor, aquella donde todo parece posible en cuestiones sentimentales—, no duda un segundo en tomar un avión para perseguirle e intentar recuperarle. Antes del despegue, conocerá a Luc (Kline), un desaliñado hombre francés de dudosa moral que, manteniendo una conversación con ella, hace que se olvide de su miedo a volar. Bonita idea sobre el papel, forzado y precipitado en imágenes. En realidad Luc se arrima a Kate porque la ve la perfecta víctima para esconder un valioso collar que ha robado y pasarlo por el aeropuerto.

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Simpleza

Una serie de confusiones y hechos inesperados —podemos llamarlos también coincidencias o el destino, tan característico de varios géneros— hacen que Luc y Kate se asocien por un bien común. Él la ayudará a recuperar a su enamorado —Timothy Hutton con cara de perdido—, mientras ella venderá su valioso collar para que Luc pueda cumplir su sueño: ser el dueño de un prometedor viñedo para vender su propio vino. En ese punto cualquiera lo tiene fácil para adivinar cómo se desarrollarán los acontecimientos, pues todo lo que de irreverente —y cañero en determinadas cuestiones sexuales— tiene en un principio, se pierde por completo, para acabar en el redil. Lo de siempre. El amor triunfa porque sí.

Es una enorme decepción el ver a Kevin Kline lucirse, como siempre, con un personaje de enormes posibilidades pero que termina vendido a la demanda del público fácil. Lo mismo sucede con el personaje del policía al que interpreta Jean Reno, y que mantiene con Luc una relación muy especial debido a que éste le salvó la vida hace tiempo. Curiosamente un detalle argumental que suele darse mucho en el tan amado por Kasdan, western, y que aquí sabe a poco, siendo además una de las soluciones al problema legal de Luc por haber robado el collar. La bondad del policía y el amor altruista de Kate arreglarán absolutamente todo.

Muy bonito, muy ñoño, y con doña Meg Ryan controlando cada elemento para lucirse y chupar cámara lo máximo posible, protagonizando numeritos vergonzosos ella solita —por ejemplo, cuando se esconde de su exnovio en el hotel—. Kasdan queda supeditado a ser un mero artesano —de los malos— sin que nada de su personalidad, o ingenio, quede impreso en el film, ni siquiera la decisión de utilizar el formato scope en un film que no lo necesita. Afortunadamente, en su siguiente film, muy poco conocido, volvería el Kasdan más inspirado.

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